Opinión

Julian Assange, erre que erre

Lunes 20 de agosto de 2012


La aparición de Julian Assange en una ventana de la embajada ecuatoriana en Londres, donde se recluyó el pasado junio, demuestra en primer lugar, una vez más, el imparable deseo del hácker australiano de convertirse en una “estrella”. La manera en que fue anunciada esta comparecencia buscaba asegurarse una gran expectación mediática y contar con un buen número de seguidores en la puerta de la embajada –como así ha sucedido-, que le jaleasen. Triste ejemplo de los desnortados tiempos en que vivimos es que un personaje como Assange sea un “héroe”.

Pese a esa expectación, como era de esperar, el fundador de Wikileaks, echó balones fuera, pidiendo a Obama que renuncie a la “caza de brujas” contra él y Wikileaks, a la vez que quiso mostrarse como víctima de una persecución en toda regla. Assange sigue erre que erre, sin hacer frente al juicio que le espera en Suecia, como presunto autor de varios delitos de naturaleza sexual.

Con su enclaustramiento en la embajada de Ecuador y la decisión de este país de concederle asilo político se ha producido una crisis diplomática entre Reino Unido y Ecuador que cada día se complica más, pues el presidente ecuatoriano Rafael Correa ha buscado –y obtenido- el apoyo de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de las Américas (ALBA), que se suma al despropósito de otorgar a Assange la condición de asilado político, en una monumental tergiversación de ese estatuto –que no está hecho precisamente para amparar a presuntos delincuentes-, que es una burla a quienes verdaderamente son acreedores a él.

En esta farsa, resulta curioso cómo Rafael Correa se ha proclamado paladín de Assange, cuando en su país le llueven las acusaciones de limitar la libertad de prensa, y no parece que países como Venezuela o Cuba, impulsores de ALBA, sean precisamente los más indicados para poner en cuestión el sistema judicial de Suecia, cuyo primer ministro, Fredrik Reinfeldt, calificó de inaceptable, con toda razón, la visión que quieren dar de la Justicia sueca.

Están cuando menos fuera de lugar, asimismo, las palabras del abogado defensor del señor Assange, Baltasar Garzón –una figura tan atraída por la proyección mediática como su defendido – de que Assange, a quien considera un perseguido, sólo irá a Suecia si se le ofrecen garantías suficientes. Dadas las características del ex-juez no es descabellado aventurar que haya podido desempeñar cierto papel de muñidor en todo este pulso a la Justicia, en el que se pretende, aun a costa de provocar una crisis diplomática, la politización de un caso que corresponde a los tribunales.

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