Opinión

Estado ausente, Estado evanescente

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 20 de agosto de 2012
Hace justamente un cuarto de siglo, el 21 de agosto de 1987, con el mismo título que encabeza este artículo, publiqué una columna en el ABC que dirigía Luis María Anson y que, encontrado casi por casualidad entre mis papeles, me parece que sigue teniendo plena actualidad. Como hemos reiterado en muchas ocasiones, la idea del Estado autonómico fue un acierto y, en buena medida, una necesidad pero, desde sus orígenes, estuvo lastrada por fallos de concepción y realización que, como muestra este texto, pueden considerarse genéticos. Mi artículo estaba escrito desde Suiza, que siempre me ha parecido un modelo para España y para Europa, pero, desgraciadamente, un modelo que no ha sido muy imitado. Transcribo a continuación aquel texto, en mi opinión tan viejo como actual. Se inicia con una alusión a la entonces llamada “guerra de las banderas”, que ya no es igual que en aquel momento pero que no ha desaparecido sino que ha adoptado formas nuevas: los ayuntamientos y otros centros públicos que siguen negándose a exhibir la bandera nacional, algo exigido por el más elemental patriotismo y que, además, está prescrito en las leyes. Pero patriotismo y cumplimiento de la ley son en España prácticas más bien poco usuales.

“Contemplar desde más allá de nuestras fronteras la edición anual de la “guerra de las banderas” es un deprimente espectáculo que suscita la incredulidad. Esa Europa a la que, según solemos decir, pertenecemos culturalmente desde siempre y a la que acabamos de incorporarnos de un modo oficial, es incapaz de entender esa manifestación de tribalismo barato de quienes se empecinan en no reconocer el símbolo del Estado del que son parte integrante desde hace un milenio. La timidez con que se ha tratado aquí, hasta ahora, este problema contrasta, por ejemplo, con la contundencia con que Francia mantiene, en gestos y símbolos, la pertenencia de Córcega a la República, aun cuando solo hace doscientos años que se produjo esa integración. Algunos –muy pocos- dicen allí que la política de dureza –mantener a ultranza la legalidad establecida- puede ser negativa. El tiempo dirá si aciertan, pero lo que sí sabemos en nuestro país es adónde lleva la política de concesiones y blanduras, tantas veces en contra de la misma ley.

La actitud ante el tema de las banderas de los etarra-batasunos y de algunos otros nacionalistas, cómplices objetivos suyos, el cerrilismo de los unos y la hipocresía de los otros, es una apodíctica demostración de su radical incapacidad para la convivencia civilizada. Su odio a España, simbolizada en su bandera, muestra su ineptitud para integrarse en ningún otro ámbito político más amplio que el de la propia tribu. Porque la llamada “Europa de los pueblos”, bandera de todas estas gentes, además de un enorme camelo, es un proyecto imposible. La Europa de mañana solo podrá hacerse superando todos los nacionalismos grandes y pequeños. Pero quienes no tienen otra identidad política que su nacionalismo, basado siempre en la manipulación histórica y en el odio enanil al otro, están en absoluta disonancia con lo que Europa significa.

Es estimulante ver cómo en la pequeña Suiza –paradigma de una Europa futura sin nacionalismos enfrentados y con una efectiva convivencia de culturas y tradiciones diversas- los diferentes cantones engalanan las calles de sus ciudades no solo con su propia bandera, sino con las de los restantes cantones hermanos. Y, por supuesto, la bandera de la Confederación ocupa siempre el lugar de honor que le corresponde. La unidad suiza no ha sido fácil y todavía a mediados del siglo XIX una guerra civil estuvo a punto de dar al traste con la experiencia helvética. No es seguramente ajeno al éxito alcanzado el hecho de que las diversas comunidades lingüísticas no son ni se sienten nacionalidades diferentes: son culturalmente distintas, pero políticamente todos son suizos. Ni más, ni menos. Y eso que, también allí, la integración de algunos cantones en la Confederación se produjo hace solo algo más de un siglo.

La “guerra de las banderas” demuestra también que el propósito de quienes la promueven no es lograr determinadas cotas de autogobierno sino, sencillamente, hacer la guerra por todos los medios a un Estado del que se proyecta la separación. Existe un decidido propósito de acabar con toda señal de presencia del Estado en el País Vasco, como fase obligada del proyecto separatista. Ningún Estado normal puede permanecer impasible ante esta maniobra. El Estado ausente, que no es concebible ni en una situación federal, es un Estado evanescente. Además es un hecho demostrado que, en política, la debilidad nunca es rentable. Como decía recientemente Brzezinski, a propósito de la crisis del Golfo, el único modo de ser considerado como un poder es actuar como tal.”

Hasta aquí el artículo del lejano verano de 1987. Muchas cosas han cambiado en España en estos veinticinco años, pero los problemas que entonces se percibían ya en el naciente Estado autonómico (todavía no estaban aprobados los estatutos de autonomía) no han hecho más que aumentar, hasta unos extremos inaceptables y siempre en contra de la Ley. Lo que en aquel artículo se decía del País Vasco es, por supuesto, plenamente aplicable también a Cataluña. Todavía no se hablaba entonces de “soberanismo”, pero ya Arzalluz pedía establecer una relación con el Estado “de tú a tú”, como ahora Mas y sus escuderos piden una relación “de igual a igual” y se niegan a toda situación “subordinada”, que es la que constitucionalmente les corresponde. ¿Acaso en los Estados Unidos son iguales Washington D.C., en cuanto capital federal, y Sacramento o Albany, capitales respectivas de los estados de California y Nueva York? Tampoco en Alemania es lo mismo Berlín que Munich o en Suiza Berna que Ginebra.

Si esas actitudes son siempre peligrosas, además de patéticas, adquieren especial gravedad en el contexto de crisis en que estamos. Ciertas regiones españolas están subvirtiendo el esfuerzo nacional para salir de la crisis, no solo por su negativa a aceptar los límites de déficit a que están legalmente obligadas, sino porque están proyectando en el exterior –y sobre todo en las instituciones europeas de las que depende nuestra recuperación- una deplorable imagen de la gran Nación que es España, pero que parece que ha decidido dejar de serlo porque se presenta dividida en diecisiete ridículos miniestados. ¿Cómo se nos va a tomar en serio?

Mucho antes de que yo escribiera el artículo transcrito, hace más de ochenta años, la aguda percepción de Ortega y Gasset ya advertía de este problema con una enorme clarividencia, casi profética. Aunque creo que se puede afirmar que si pudiera contemplar el espectáculo de esta España tribal se frotaría, incrédulo, los ojos, porque pensaría que se había quedado corto. “Es deplorable el frívolo espectáculo que los pueblos menores ofrecen –escribía-…cada nación y nacioncita brinca, gesticula, se pone cabeza abajo o se engalla y estira, dándose aires de persona mayor que rige sus propios destinos. De aquí el vibriónico panorama de ‘nacionalismos’ que se nos ofrece por todas partes”. Parece que está describiendo esta España de principios del siglo XXI.

Termino con una reflexión personal. “Naciones sin Estado”, se autodenominan todos los nacionalismos, al tiempo que se asignan raíces milenarias (¿hay algún pueblo que no las tenga?). Sus historias, tal y como ellos mismos las relatan y sin entrar en las frecuentes falsificaciones, ¿no son, en sí mismas, contundentes veredictos? Roza lo ridículo que, a estas alturas de la historia, algunos sigan hablando de “la construcción del Estado”. ¡Ni las catedrales medievales tardaban tanto en construirse!