Irina Bulgákova | Lunes 20 de agosto de 2012
Es cierto que todos coleccionamos algo. También es indudable que la imaginación humana no tiene límites, y por eso los objetos de coleccionismo son muy diversos. Unos son especialistas en “objetos de poca importancia” como bolígrafos, tazas o imanes, otros encuentran el placer en tener en su casa las “cosas de más valor”, entre las cuales los discos de vinilo, sellos o moneda extranjera. Hay personas que se entretienen acumulando objetos curiosos: el marido de mi conocida, por ejemplo, tiene una gran colección de patitos de goma.
Sin embargo, creo que entre los coleccionistas de las “cosas” más extraordinarias destaca mi amigo ruso que me confesó, que hace un año se puso a coleccionar... sus acciones. Se refiere a los actos buenos y malos que él hace todos los días. Además, él califica todos sus hechos, poniendo después en su agenda el signo más si ha hecho algo bueno o el signo menos si ha sido algo malo. Él me explicó, que intenta que los actos buenos (como, por ejemplo, saber pedir perdón si ofendes a alguien, llegar a una cita a tiempo o ser más humilde) predominen en sus relaciones interpersonales, y esta práctica le hace ser una persona organizada y más consciente de los acontecimientos de su propia vida.
Estoy segura de que todos nosotros estamos genéticamente predispuestos a acumular y almacenar las cosas, incluso las que dejamos de usar o que ya no tienen importancia para nosotros, y nos cuesta levantar la mano para tirarlas: nos asociamos a ellas. Incluso, si nosotros no tenemos la inclinación por coleccionar algo, tendemos a llenar nuestro escritorio, armario o estanterías, tanto en casa como en el despacho, de los distintos objetos que jamás utilizamos. La cantidad de estas cosas innecesarias suele crecer con tanta rapidez que, en efecto, combertimos nuestro espacio de vida y de trabajo en un auténtico almacén de “cosas muertas”.
Uno de los lugares más populares de almacenar las cosas son los balcones y terrazas, que se han vuelto sitios favoritos, sobre todo para los trastos que ya no se utilizan. Tengo que contarles, que justo frente a mi casa hay otro edificio de viviendas con amplias terrazas. Como ustedes imaginarán, la mayoría de ellas están llenas de cosas, expuestas a la observación de todo el mundo, y cada terraza tiene su propia “colección” formando un museo de antigüedades. Montañas de sillas (algunas, incluso sin patas), bolsas y maletas llenas, restos de bicicletas, trozos de madera, hierros, macetas rotas, revistas apiladas son, entre otras, las muestras de esta exposición de cosas inútiles. Recuerdo que en Rusia, también era muy típico almacenar en el balcón todo lo que ya no cabía en los armarios de casa, empezando por las estanterías, llenas de polvo, con las cintas de música hasta los esquís infantiles, que no se tiraban porque se usaban, con todo el cariño, en la escuela primaria.
El otro día me puse a pensar, que a nuestro estado emocional y anímico le influye mucho nuestro entorno. En efecto, creo que toda esta acumulación de cosas no usadas es abrumadora y puede trastornar nuestra armonía. Así, ocupando el espacio, ellas impiden la aparición de algo nuevo y de más utilidad en nuestra vida actual. Con todo esto no quiero decir que no hay que hacerse coleccionista y guardar las cosas que realmente nos hacen falta. Me refiero, que hay que ser honestos con nosotros mismos y respondernos, ¿realmente vale la pena coinvivir con este conjunto de cosas que no hacen más que estorbar?
¿Quizás, es el momento de, como mi amigo ruso, empezar a coleccionar las acciones, limpiar nuestro armario y dejar el espacio libre para que venga a nuestra vida todo aquello que realmente queremos ahora?