Lourdes García del Portillo | Lunes 20 de agosto de 2012
En uno de sus famosos relatos, Borges convertía el universo en La biblioteca de Babel. Muchos hombres habían viajado por aquel espacio inabarcable en busca del catálogo de catálogos. Debe de existir –decía– “un libro que sea la cifra y compendio de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios”; y continuaba: “La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.”
Tengo que reconocer que esa elegante esperanza es también la mía; por eso, me he convertido en lo que comúnmente se denomina un ratón de biblioteca y vago de una a otra, en busca de un orden que me permita saber a qué atenerme. De ahí mi fascinación por los libros. Cada vez que entro por primera vez en una biblioteca me detengo en sus estanterías; leo los títulos, me fijo en las encuadernaciones, en las ilustraciones, o las fotos si las hay. Como las personas, todos ellos tienen una historia que contar, una biografía, una fisonomía, un olor particular. Me pregunto qué esconderán, qué me podrían enseñar; cuáles leeré algún día y cuáles continuarán siendo arcanos para mí. En seguida me cuestiono también quién los escribió, por qué y para qué. Cuáles serán una joya y cuáles un armatoste especializado en hacer perder el tiempo. En estos años en que la circunstancia española no nos deja vivir tranquilos; en los que es difícil desarrollar nuestros proyectos personales sin sentirnos atropellados por las consecuencias de la crisis, mis días transcurren así, tranquilos e inquietos a la vez, a la espera de encontrar, si no ese catálogo de catálogos, que veo tan lejano, al menos algunas razones en las que asentar el mundo y comprender mi vida.
Pues bien, en medio de esa peregrinación bibliotecaria, ha sucedido algo que me ha dejado pensando. En principio, se trata de una gota de agua más en el torrente de contratiempos; sin embargo, una frase de Ortega se repite una y otra vez en mi cabeza: “Cuando topamos con algo, sea lo que sea, aún lo más diminuto y subalterno, en su realidad nos pone en contacto con todas las demás realidades, nos sitúa como en el centro del mundo y nos descubre en todas las direcciones, las perspectivas ilimitadas del universo.” Alentada por esas palabras, he aquí mi humilde intento de comprender un poco la realidad española desde lo que mi punto de vista me permite ver.
Mi historia comienza en una biblioteca de Caja Madrid hará cosa de un mes. Cuando me acerqué al mostrador para sacar unos libros, mi amigo, el bibliotecario, me comentó con pesadumbre que tras la quiebra de Bankia, iban a cerrar. La noticia me dejó paralizada. A pesar de estar a estas alturas inmunizada contra los discursos que demonizan los bancos por el mero hecho de serlo, no pude remediar pensar en la capacidad que está teniendo esta recesión para arremeter contra lo público. Poco después, sin embargo, otro hecho me invitó a una reflexión más intensa. Tuvo lugar cuando fui a pasar unos días a Ciudad Real y mis pasos me llevaron a conocer la recién inaugurada biblioteca del Estado. La entrada me asombró; grandes cristaleras, espacios enormes, techos altos; su aspecto de escaparate de centro comercial, tan distinto de las desvencijadas bibliotecas a las que estoy acostumbrada, hizo que me vinieran a la cabeza las faraónicas obras públicas de los años anteriores, pero sobre la marcha me corregí y destaqué el privilegio y fortuna de los ciudadrealeños. Mi alegría duró poco. Tras mirar en el catálogo los libros que necesitaba fui a buscarlos en las estanterías pero no había ni rastro de ellos. Desesperada, me acerqué a uno de los bibliotecarios que me reveló que toda la segunda planta estaba cerrada porque no había fondos, así que sólo estaban a disposición del público los más populares; si quería otros títulos, los tenía que pedir y tardaban dos días en dármelos. Ahora ya no era sólo una cuestión de banqueros despiadados; también el gobierno, con sus recortes, está arramplando con uno de los pocos medios que puede sacarnos del atolladero. Y al ser los poderes públicos un mero caparazón que gesta la sociedad para articular su vida en comunidad, si no me equivoco, el problema de fondo de esta crisis, no radica ni las empresas privadas, ni las instituciones políticas, sino en la sociedad en su conjunto.
Decía Platón que los libros son decires escritos. Ahora bien, no decires cualquiera, sino en principio, sólo aquéllos que, por desvelar ideas brillantes, merece la pena recordar. Tienen, por tanto, una función viviente al acumular las vidas de nuestros antepasados para que nosotros proyectemos las nuestras desde ellas y mejoremos nuestra propia existencia. Sin embargo, a pesar de haber sido siempre un utensilio benéfico no fue hasta el Renacimiento, a medida que las cabezas se afinaban y la fe en la razón emergía frente a los poderes tradicionales, cuando el libro, poco a poco, pasó a ser una necesidad, una vigencia social. Y aún así, la aspiración de divulgar a las masas el conocimiento no llegaría hasta unos siglos después.
La Revolución Francesa convirtió a la cultura en una razón de Estado, en una función pública. Ya no era una ilusión, ni una vaga esperanza. En sociedades de tan densa población y con un nivel de vida tan alto, las ciencias y las letras se convertían en la única salvación para que la civilización no sucumbiera. Autores como Comte, Saint Simon o Tocqueville se hicieron eco también de su importancia moral. Si el vulgo no accedía a la cultura, la democracia no prosperaría. En los años treinta del siglo pasado, sin embargo, la situación había cambiado tanto que, según Ortega, se pasó de la selva primigenia a una selva de libros. Había tantos, y algunos tan irrelevantes, que el hombre medio se sentía perdido sin poder abarcar un conocimiento que, además, era cada vez más especializado. A eso se sumaba, que se leía a los autores sin conocer su circunstancia, y por tanto, sin entender las razones que les llevó a escribir. Y así, entre la erudición inconexa y la fragmentación de la cultura, Europa cayó en el irracionalismo de la Segunda Guerra Mundial. Tras ella, la recién recuperada cordura gestó la Unión Europea y cada vez más potentes Estados del Bienestar. Hoy, ante la presión de las facilidades de los últimos años, ante la cantidad ingente de textos escritos o cibernéticos, ¿no será que Europa está recayendo en el mismo error?
Lo público, aquello que los griegos llamaban synoikismo y los romanos civis, es decir, la voluntad de convivencia, ha surgido siempre de la razón, eso sí, de la razón vital. Se trata de aunar fuerzas, de cooperar para emprender proyectos mayores, para el engrandecimiento de todos. Actualmente, sin embargo, la razón parece destensarse y en Europa amenaza la barbarie de la disociación.
En su relato, Borges, sospechaba que la especie humana acabaría por extinguirse y perduraría solo la Biblioteca “solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.” Mientras deambulo intranquila por las bibliotecas que aún permanecen abiertas, me pregunto angustiada si realmente pereceremos al deshumanizarnos de nuevo, o si sabremos encontrar un orden, que nos permita encender las luces no sólo de las bibliotecas, sino también las de la razón.