Opinión

Abortar en España, abortar en Etiopía

Antonio Hualde | Miércoles 22 de agosto de 2012
A finales de los años 80, la terrible hambruna que padeció Etiopía dio la vuelta al mundo. Imágenes de niños desnutridos y con la carita llena de moscas sobrecogían al más pintado, sin que al régimen comunista de Mengistu -principal responsable de todo aquello- le importase lo más mínimo. Hoy, por suerte, las cosas han mejorado, aunque tampoco mucho. Pasear por las calles de la capital, Addis Abeba, equivale a ir sorteando cuerpos de indigentes que viven en el fango -no hay casi aceras- con un trozo de tela de saco como única posesión. Piénsese que allí, cuando llueve lo hace a conciencia, y además hace frío.

Se venden bolsas de plástico usadas, ropa y zapatos de “segundísima mano”, el papel higiénico por trozos, y la cinta de embalar se recicla para convertirla en escobas; salvo en cuatro tiendas VIP -que en España equivaldrían al puesto más cutre de mercadillo que se pueda imaginar-, eso es todo lo que uno puede comprar. Y sin embargo, la gente destila una amabilidad y una forma de sonreír fuera de lo común. Parte de “culpa” la tienen las Misioneras de la Caridad, la orden creada por Madre Teresa de Calcuta y que hoy cuenta con 17 casas a lo largo y ancho del país.

¿A quién se acoge allí? Básicamente, a los que nadie quiere. Ancianos, mujeres maltratadas, seropositivos, ciegos, sordos y en general, disminuidos físicos y psíquicos. Puede parecer un panorama desolador, cuando la realidad es bien otra. Cuesta entenderlo desde nuestra óptica de primer mundo, pero puedo asegurar que allí se respira amor con mayúsculas, el que reparten las sisters of Teresa de Calcuta a mansalva y el que regalan a manos llenas todos los “desheredados” a los que tenemos la suerte de caer por allí.

He conocido casos de niños con síndrome de Down abandonados por sus padres al nacer; a algunos de ellos, los envolvían en una toalla y los arrojaban al otro lado de la verja, con las consiguientes -y, en su mayoría, perpetuas- lesiones. Y otro tanto con quienes venían al mundo con algún tipo de minusvalía, siendo por ello rechazados. En el primer mundo, muchos de esos niños no llegan a nacer por ese desliz semántico del asesinato al que llaman aborto. Allí sí llegan a ver la luz; quizá por eso luego la irradian tanto. Y de qué manera. Sus progenitores y los del desliz semámtico no saben lo que se pierden.

El tema viene de lejos. En la Grecia clásica, los espartanos despeñaban monte abajo a los bebés que no nacían lo bastante sanos. Y a mediados del siglo pasado, un tal Hitler quiso emularles con la patochada aquella de la raza aria; los débiles no merecían vivir. Yo me acuerdo ahora de Meteku, de Kalamu, de Joseph y de tantos niños “especiales”, y me pregunto quiénes son realmente los débiles. O mejor dicho, somos. La libertad de la que gozo me permite escribir estas líneas, igual que a otras cosas tales como “sacad nuestros rosarios de nuestros ovarios”. Yo rezaré dos, uno por todos los niños especiales del mundo, y otro por quienes por pobreza de corazón, cobardía o resquemor quieren acabar con ellos.