Opinión

Ferragosto inclemente en el mediterráneo oriental (II)

Víctor Morales Lezcano | Jueves 23 de agosto de 2012
No sabemos si al final de los tiempos se habrá alcanzado un desenlace feliz o trágico, que logre desatar el nudo que comprime el Oriente Próximo. Puesto que en esta columna de EL IMPARCIAL no se suele apostar por la futurología, más congruente con su línea de desarrollo será que se incida ahora en el capítulo de la frontera en la Región de marras. Es decir, en las fronteras que se han venido trazando desde la disolución del imperio turco-otomano (1918-1923) y la implantación de los mandatos franco-británicos (tras el fin de la primera guerra mundial) en Oriente Próximo. Procede recordar que las tierras y las gentes que se han dado cita en tal conglomerado histórico, han sufrido una mutación cualitativa considerable.

Veámoslo, que de algo servirá un flashback para esclarecer los acontecimientos de este ferragosto que se encamina a su terminación.

Dos transformaciones mayores se han sucedido -y solapado- en el escenario, como sigue. La primera consistió en la erosión gradual de la convivencia multiétnica y multiconfesional que había caracterizado el Levante bizantino y otomano durante quince siglos. Todo lo que de fecundamente complejo fue cristalizando en metrópolis como Estambul y Salónica, Damasco y Alepo, Jerusalén, Bagdad y Alejndría, terminó por disolverse para dar paso al nacionalismo de injerto. Oriente Próximo fue incorporando la noción de que la nación-estado defendida con las armas de la guerra, militar y religiosa, o nacional-ista, habría de prevalecer sobre los previos intentos turco-otomanos e imperial-colonialistas de Gran Bretaña y Francia, para materializar el sueño del objetivo supremo: poseer, ser, una Nación. Los agentes del proceso fueron los Jóvenes Turcos, los conversos al Panarabismo, el Sionismo de contextura asquenazi, el Islam político (y su brote yihadí) y algunos ingredientes menores.

Runciman, Toynbee y Durrell nos han legado cientos de páginas ilustres sobre la transformación cualitativa de las sensibilidades multiétnicas y multiconfesionales heredadas del pasado, pero incitadas hacia una mutación predispuesta a la defensa de la delimitación territorial outrancière; en la que, como estamos contemplando actualmente, se elige por santo y seña la consigna de “morir matando”.

Ya dentro de los compartimentos estancos en que fue troceado el Oriente Próximo, la segunda inflexión mimética del occidentalismo político que impregnó el Oriente Próximo de Entreguerras, se materializó en la partitocracia, o dominio de las formaciones políticas de diferente jaez, aunque, con frecuencia, se habían “hidratado” en abrevaderos de naturaleza religiosa -musulmana, judaica, cristiano-bizantina y católica-. El “combinado” no podía ser más explosivo a largo plazo.

El proceso de modernización política y social en el Mediterráneo oriental, pues, no ha terminado aún; está en fase de constitución permanente. El estado de Israel, el factor energético dominante en las naciones del retropaís irano-iraquí y saudí, las intervenciones de todo género que llevan practicando en la Región británicos, primero, americanos, después, no han coadyuvado a hacer de Oriente Próximo la sede de un nuevo Edén, sino justamente lo que acabamos de comprobar en este ferragosto inclemente de 2012: un arsenal de pólvora.

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