Opinión

Barthes y la mujer que remozó el Cristo de Borja

David Felipe Arranz | Jueves 23 de agosto de 2012
Arden las redes sociales en pleno estío agosteño: una octogenaria, paleta y pinceles en ristre, ha restaurado –como Dios le ha dado a entender, nunca mejor dicho– un óleo sobre pared de un Ecce Homo del siglo XIX pintado en la capilla del Santuario de la Misericordia de Borja, en Zaragoza. Y a la buena mujer, de escobilla resbaladiza y fervorosa, le ha salido un Cristo extraterrestre, desnarigado y tocado con un ushanka soviético muy trotskista, que el hijo de Dios fue, ante todo un revolucionario, según documentan Karl Kautsky y Terry Eagleton: “No penséis que he venido para traer la paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10, 34). El semiólogo Roland Barthes no hubiese dudado en calificar esta acción como una auténtica transferencia del objeto religioso, restituido como momento de un tiempo doméstico, una cirugía estética muy particular.

Paradójicamente –el arte es un ejercicio de contradicción–, a pesar del frío que hace tanto en la tundra como en el Alto Aragón –al somontano del Moncayo–, la improvisada artista ha afeitado a Nuestro Señor y, a la vez, lo ha cubierto con un pañuelo por aquello de los resfriados de cabeza, que sólo se curan con un caldo de pollo, dejando a la vista un rostro de Jesús insólito e inédito, con la mirada de una mantis… religiosa, que recuerda a los alienígenas que miraban a Christopher Walken en el filme Communion, en el que uno no sabía quién tenía más miedo: si el inquietante intérprete estadounidense o el anoréxico marciano. Pues ole sus botes de pintura, señora: si ella, en su pueblo, se imagina así al Redentor de sus pecados –que no creemos que pasen de un par de ellos–, a ver qué arzobispo le va a decir que no, pues se trata de la conjunción artística entre el más allá y el más acá.

A la mujeruca le podía haber dado por transformarlo en un pantocrátor, con toda su complejidad, fuerza y poder, su tetramorfo alegórico con los cuatro evangelistas y todo su esplendor y le hubiese salido un pokémon o un digimon con una aureola de santidad con superpoderes… y no vean la que se hubiese armado. De momento, se sabe que el autor original, un tal Elías García Martínez, del que hasta ahora no se tenían ni las más mínimas referencias, ha alcanzado merecida fama póstuma gracias al taller de pintura de su anciana vecina.

Proponemos a una de las decenas de comisiones de trabajo del Ministerio de la cosa educativa, cultural y deportiva que potencie un centro en Borja de contrafacta a lo posmoderno, bajo el lema: “suéltese el pelo y pierda miedo al arte: vd. también puede hacerlo, remoce un clásico”. John Cassavetes, que era un genio, pensaba que la obra es abierta ante todo –así lo cree Umberto Eco– y el resultado de un trabajo colectivo, de manera que en medio del rodaje de, por ejemplo, Una mujer bajo la influencia –no, no piensen en la Chacón, la Espe, la Valenciano, las Sorayas, la Botella ni en la Cospe, que también–, le pasaba la cámara a cualquiera que pasara por allí y se interesara medianamente por el rodaje de aquel grupo de locos para que filmara su punto de vista.

Porque esta historia de la abuela pintora de arte religioso la cogen los estadounidenses y montan el negocio del siglo, dicen adiós a la crisis y le añaden los frescos de las caras de Bélmez de aquellos “frescos” que pintaban los visajes de la Pava y la Pelona en el suelo de la cocina del fraude y que los parapsicólogos, que se ganan el jornal de forma más digna que la casta política, nos vendieron a todos como “teleplastias” –como los que resurgen cada día del piso de “Sálvame”, de TetaCinco– o alucinaciones fruto de la pareidolia, que es cuando uno cree ver a Zapatero si mira fijamente el rostro de Rajoy… y viceversa. Imagínense el pueblecito de Borja, atestado de turistas, con el alcalde asomándose a la barandilla y diciendo aquello, tan berlanguiano –y castizo por lo tanto– de “como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación”, puestos de merchandising en la plaza mayor con camisetas, gorras y tazas del Nazareno sideral y la octogenaria que ha montado el Cristo sin enterarse de nada, aplicándose la trompetilla a la oreja y preguntando a las autoridades que a qué viene ese revuelo: “Por nada, señora, vd. no se preocupe, pinte, pinte este santo, que estaba muy feo y se le da muy bien”, le contestaría el concejal, que lo suyo, lo de los concejales, es hacer caja.

Este inquietante Jesús soviético de los encuentros en la tercera fase que ha ejecutado la veterana pintora sobre el original –para restaurarlo, mire usted–, tenía a lo que parece una leyenda al pie que rezaba: “Éste es el resultado de dos horas de trabajo a la Virgen de la Misericordia”, que así de rápido era el maestro García Martínez en pintar eccehomos. En cambio, seguro que a la anciana le ha llevado ejecutar esta vanguardista perspectiva sus horas y sus días, en callada labor, llevando en bolsas todo el material y los aparejos, que pesan lo suyo, sin esperar ser reconocida ni mucho menos remunerada, sino con la única misión de ilustrar y fomentar la fe de sus vecinos, como los artistas de la Edad Media, y darle ese toque tremendista e irritante de pasajero de ovni y de insecto de ojos negros que lo va a atacar a uno. Los herederos de García, que era natural de Requena y profesor de la Escuela de Arte de Zaragoza, se han molestado porque una particular –sí, particular es la doña– ha actuado por cuenta propia sin encomendarse a Dios, al diablo, ni al consistorio. ¿Pues qué es el arte, maeses y mosenes, sino la libertad más absoluta en su grado primigenio? Observen si no a los niños cómo naturalmente y en pleno fervor iconoclasta se abalanzan con sus pinturas a “remozar” los mejores catálogos de arte de papá, que da gloria bendita verlos cómo cambian el significado del texto. “Dejad que los niños se acerquen a mí”; pues eso.

Algunos colegas del gremio periodístico nacional y extranjero han titulado el hecho noticioso –que vaya si lo es– y estivalero como “destrozo”, “estropicio” y “agresión”, pero se nos antoja una demasía descalificar así el resultado de los desvelos fervorosos de la mujer, que se ha encerrado en su casa al leer estos titulares amarillistas y sin compasión. Aquí lo que importa, en medio de la crisis, es que a este Jesús le pinte la vara para que convierta el agua en vino, multiplique panes y peces a tutiplén y resucite algún cadáver político que otro. De momento ha multiplicado por 40.000 y en apenas unas horas las visitas al blog del Centro de Estudios Borjanos, ateos incluidos, algo que sus responsables no dudan en calificar de milagro cibernético.

Que sepamos, los evangelios no nos aportan la más mínima descripción del Nazareno y los que tenemos la necesidad de interpretar el mundo, le ponemos cara a todo: ella, en su ilusión pictórica, ha pergeñado una glosa, que diría Barthes, una interpretación humilde del texto evangélico frente a siglos de teología. Al Jesús de Nazaret verdadero se le hubiera dado una higa el lío de la pintura de la artista espontánea, pues que su reino, acuérdense, no es de este mundo.