Opinión

Ecos del laberinto griego

Pepa Echanove | Viernes 24 de agosto de 2012
Marina (nombre real) es la vendedora de la tienda de souvenirs del hotel donde me hospedo en la costa norte de Creta durante las vacaciones. Originaria de Agios Nikolaos y entusiasmada de poder intercambiar unas palabras en griego conmigo (lo hablo bastante bien), mientras me envuelve la botellita de aceite de oliva en papel de regalo aceitunado y minoico, empieza a soltar cuerda: “Pues aquí en Grecia estamos fatal con la crisis. Llevo diez años trabajando en este sitio y antes ganaba mil cuatrocientos euros, ¿sabe cuánto cobro ahora?. Mil euros, y encima trabajo treinta días al mes. ¿Cómo hago yo con dos hijos, con lo mucho que cuesta todo?. No sé qué va a pasar. Ha dicho el director que en invierno nos van a poner a aprender ruso y alemán porque parece ser que nos van a comprar los rusos o los alemanes. También se dice que en Septiembre podríamos salirnos del euro. Quizá esto fuera lo mejor, ya veremos…”. Shandrinav (nombre ficticio), es un vendedor ambulante de Bangladés que se pasea, playa poniente playa levante, oteando entre las tumbonas. Con las gafas de sol como escudo, es difícil adivinar quién duerme y quién disimula. Estaba dispuesto a regalarme el reloj de imitación de marca suiza que normalmente vende por ocho euros, a cambio de una conversación. Me tentó hacer la comparación entre esta ganga y los originales (ambos muy pijos, tirando a horteras) que contemplo en las vitrinas de la Bahnhofstrasse. Sobre los pintorescos tatuajes que propone, le dije que ni gratis me pongo yo un tatuaje. La conversación me pareció poco, así que le invité a un refresco. Y hablamos: “Un día gano tres euros, otros días no gano nada pero siempre tengo de qué comer. Un buen día gano cuarenta. ¡Ah, si todos los días ganara cuarenta…!. Antes trabajaba en un restaurante cuando hacía falta y me llamaba el patrón (sin declarar, dixit); me daba cinco euros por hora. Aquí en Creta vivo bien. Llevo cinco años. Los vecinos nos traen platos de comida y si haces alguna tontería (robar, dixit) la policía te coge dos días y luego te suelta. Sí, Europa está muy bien, Grecia, España… En Arabia Saudí te cortan la mano. Tengo un amigo allí a quien fracturaron los dedos, y nunca más robó. No está bien robar. Yo no robo. En otoño me gustaría ir a Madrid. Conozco a muchos bangladesís en España y podría encontrar ‘a real job’ (yo pienso, aunque sin decírselo en voz alta para no desanimarlo, ¿pero quién tiene hoy en España ‘a real job’ ?). Para pasar con los papeles (falsos, dixit) necesito casi tres mil euros.”… Más de un millón de inmigrantes han llegado al país heleno en los últimos diez años. Las fuerzas del orden expulsaron a varios de ellos hace unos días organizando violentas redadas en los barrios atenienses donde suelen reunirse pakistaneses, irakíes o norte-africanos. Si con la misma eficacia se hubiera perseguido a los encorbatados que robaron de las arcas públicas con guante fino durante los años de los Papandreos y después, otro minotauro correría. Lo que me conmueve de Shandrinav y de Marina, acosados por la bestia de la incertidumbre, es que son personas generosas y sociables en su precariedad, valientes, sonrientes y sobretodo libres en sus sueños. ‘Kali tixi kai stous duo’. Buena suerte a los dos, ya sea con dracmas, euros o pesetas.