Opinión

La poesía y el periodismo

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 24 de agosto de 2012
Todos los atraídos por el espíritu del periodismo se sienten muy interesados por poseer el don de la síntesis, pues así, verdaderamente, cabe denominar a la facultad o genio creador de compendiar en el menor número posible de palabras temas de por sí complejos o abstractos. Si siempre fue de ese modo, en el mundo actual dicha cualidad se convierte todavía en más preciada en el ámbito mediático y aun en el de la propia literatura. Por razones diversas, se dispone cada vez de menos tiempo para la lectura provechosa y en la esfera de los modernos medios de comunicación en que la agilidad es el valor supremo, todo lo aderezado y vehiculado por el afán sintético es buscado con ansia.

¿Dote innata?; ¿atributo susceptible de aprendizaje? Como todo lo relacionado con los medios de expresión y el arte literario, es ello una materia de muy difícil dilucidación. Probablemente, el secreto estribe en la aleación de ambas circunstancias, en diversidad variable según la potencia mental y la sensibilidad estética de la envidiable persona en posesión destacada de la cualidad comentada.

Como se decía, el periodismo es oficio muy bien avenido con la síntesis. Lo requieren su método y sustancia. La noticia del acontecimiento o lance cuotidiano reseñable por su importancia e interés para el público exige una gran capacidad para resumir su esencia como sistema infalible cara a un lector normalmente apresurado para construirse una visión general de lo acaecido dentro y fuera de su país en las últimas 24 horas. En rivalidad imantadora con las muchas otras informaciones que cubren esa actualidad en las páginas del diario en cuestión, la que se ofrezca con mayor vigor sintético tendrá adelantado el camino para provocar la adhesión y el aplauso de los lectores, edificando así al paso el prestigio de la pluma redactora de la noticia o el comentario.

Solícito de los comúnmente indescifrables enigmas de re literaria, del misterio a menudo insondable que envuelve la génesis y alumbramiento de la escritura, de cualquier escritura –(siempre que no sea, desde luego, la notarial…)-, el cronista ha buceado, en su husma, en las aguas y fuentes más diversas, sin resultados –confesará- demasiado apreciables, sin duda debido a la torpeza y desmaña de la búsqueda. Como en tantas otras cuestiones trascendentes de la existencia y el pensamiento, el voluntarismo no puede reemplazar al talento o el numen.

Justamente, sin embargo, al aludir a la poesía semeja que nos adentramos en el territorio que encierra el sortilegio de la síntesis. Muchos de sus cultivadores en diferente escala axiológica pasados más tarde al uso asiduo de la prosa en sus diversas manifestaciones, se muestran no obstante contestes en afirmar los buenos servicios prestados por la primera para todos aquellos trabajos intelectuales en los que el dominio o, al menos, la familiaridad con la síntesis se ofrecen muy ocasionados cuando no exigidos. Colocada en la cumbre de la creación literaria y sin parangón posible con cualquier otra arte del universo literario, el estro poético se alimenta y demanda incesablemente el vocablo exacto, la expresión enjuta. Otra cosa, por supuesto, es la mera versificación, confundida con excesiva frecuencia, con aquella, pero desterrada de su reducido y anhelado reino…

Cuando se denuncia con gran fuerza y profusión que el ínfimo conocimiento de todas las lenguas del Estado es uno de los déficits más gravosos de nuestra deteriorada educación escolar y constituye un espectáculo habitual y estridente la oferta política y la planificación gubernamental de nuevas reformas docentes, recordar el alto valor de la síntesis en el lenguaje escrito –y también en el hablado, su humus a la vez que fuente-, es tarea cívica y académica que no podrá considerarse ociosa.