Sábado 25 de agosto de 2012
Finalmente, el tribunal que juzgaba en Oslo a Anders Breivik, autor de la matanza cometida el pasado 22 de julio de 2011 en la isla noruega de Ultoya, le ha sentenciado a 21 años de cárcel. La brutalidad de aquel suceso, que costó la vida a 77 personas, conmocionó al mundo entero, no sólo por el hecho en sí mismo, sino por haber sucedido en un lugar tan poco acostumbrado a sobresaltos así. Está, además, la actitud del propio Breivik, quien parece orgulloso de semejante barbaridad. El que se le haya impuesto pena de prisión en lugar de recluirle en una institución mental pone de relieve que el asesino estaba en pleno uso de sus facultades cuando hizo lo que hizo; algo, si cabe, aún más aterrador.
En este sentido, conviene reflexionar sobre la tentación de algunos a la hora de depositar una excesiva confianza en el concepto global de reinserción. Ha quedado acreditado que Breivik estaba sano; se trata, simple y llanamente, de un peligro para la sociedad y que a día de hoy debe estar fuera de ella. Quizá por ello, la aparente lenidad de la sentencia -21 años de cárcel como máximo- lleva aparejada una salvedad que habilita el sistema penal noruego, por medio de la cual si se estima que un reo sigue siendo un riesgo para la comunidad una vez cumpla su condena, podría seguir en prisión por tiempo indefinido. O lo que es lo mismo, cadena perpetua en un país tan “progresista” como Noruega. Tiene sentido. Lo contrario sería tan demagógico como irresponsable.
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