Opinión

"Lexatín" para Rajoy

Joaquín Albaicín | Lunes 27 de agosto de 2012
El fantasma, la coletilla, el engañabobos y el matarile de la “crisis económica” resulta inseparable de las tramoyas eufemísticas y los retruécanos de sofista con que reboza su verbo la clase política. Quizá por eso, desde que se empezó a parlotear sin freno acerca de la crisis, me viene con recurrencia a la cabeza aquel anhelo, expresado en voz alta, por un estrecho colaborador de Gandhi, cuando dijo:

-A ver si echamos ya a los ingleses y conseguimos de una vez la independencia, porque nos está costando una fortuna todo este tinglado de mantener a Gandhi en la pobreza.

Continúo persuadido de que sólo se avistan en el nubarroso horizonte dos soluciones a corto plazo para la crisis financiera. La primera, la proclamación del Jubileo, es decir: la condonación o perdón de todas las deudas públicas y privadas superiores a los veinte mil duros. Y digo de todas: las de los pobres y de las de los ricos. La segunda, el incremento de la media en el consumo de “Lexatín” y demás tranquilizantes con prescripción médica o, de no haber galeno a mano, autorización del presidente de la comunidad de vecinos. Aparte, claro, de un notable descenso en el precio de los cigarrillos. Tiesos, vale. Pero tiesos y con Baile de San Vito, la cosa cambia mucho.

Quizá estas apreciaciones se antojen, a algunos oídos, tan frívolas como pegajosas y cansinas resuenan en los míos las bravatas de los “indignados” y su oposición indolora, diseñada y organizada en los más baratos “castings” de figurantes del “establishment”.
De cualquier modo, queden tranquilos tanto indignados como paniaguados, figuras –por cierto- que a menudo se confunden en este mundo de espejos dobles, pues no aprecio síntoma alguno de que Mariano Rajoy vaya a tirar por esa diáfana ruta de salvación que -gratis y con la mejor voluntad- me he permitido marcarle. Todo indica que sigue en negociaciones con los bancos, de aquí o de allá, cuando las cosas son mucho más sencillas de lo que se dice. ¿Tal banco carece de liquidez? Pues que cierre. ¿No cierran las fruterías, las papelerías, los restaurantes, las peluquerías, las tiendas de ropa y las empresas de construcción… sin que nadie acuda en su auxilio?

Pues, el banco que no disponga en sus sótanos de liquidez real y palpable, que chape y ya está. Para empezar, desaparecerán al instante los problemas de miles y miles de familias. Y no se me salga con que la cuestión es “mucho más compleja”. Todos cuantos así se expresan, viven –y muy bien- de la presunta “complejidad” de las irreales crisis por ellos argumentadas con esa santurronería dialéctica propia del devoto gandhiano y propagadas por los medios de comunicación a su servicio. Pero, a la inmensa mayoría de los ciudadanos, esa “complejidad” que a los ejecutivos les da para yates, “escorts” de lujo y casas de ensueño, les supone una pesadísima carga sobre las espaldas y el terrorífico horizonte de una vida hipotecada para siempre.

Así, pues, banco que carezca de liquidez… Que cierre, y punto. Y, si los miembros de su consejo de administración quieren seguir dando vueltas al socorrido latiguillo de la “complejidad”, que lean a Heidegger (mismamente). Y todos contentos.

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