Opinión

Rusia en Navarra

Irina Bulgákova | Lunes 27 de agosto de 2012
Este agosto tuve la suerte de conocer una maravillosa región en el norte de España, Navarra. Antes de mi viaje, leí una frase en una de las páginas de internet dedicadas a esta tierra: “déjate seducir por su magia”; pues, fue imposible no hacerlo! Para mi, escapar para una semana del calor madrileño y visitar las tierras abundantes de paisajes montañescos, ha sido una experiencia encantadora, por varias razones.

Lo primero es que estas vacaciones las decidí pasar de una manera alternativa. Lo típico es alojarse en un hotel con amplias camas, las sábanas blancas, con el olor de café matutino inundando sus pasillos, y los servicios en la habitación. Ir así, en plan “todo está incluido”, no fue para mi (al menos, esta vez). Por eso, establecerme en un camping, en una tienda de campaña, ha sido toda una experiencia exótica. Además, llegué casi sin prepararme bien: ni saco, ni martillo para montar la tienda, ni tampoco una segunda manta (así que, la primera noche fue todo un dilema si dormir encima de la manta o cubrirme con ella). Pero el placer que tenía por recibir “las buenas noches” de una multitud incontable de las estrellas brillantes antes de irme a la “cama”, e inhalar el aire fresco, recién bajado desde las cimas montañescas para saludarme por la mañana, era enorme, y compensaban el dolor de mis costillas por dormir en tierra firme.

La naturaleza de Navarra, desde luego, posee una virtud magnífica, que me permitió aplacar la sed por la frescura de una manera encantadora. Me encontraba prácticamente hipnotizada por los paisajes de este lugar y una mezcla de colores: la intensidad del amarillo de los girasoles, la jugosidad del verde de los campos y montañas y la profundidad del azul del cielo.

Además, fue muy emocionante descubrir, que el olor de las hierbas del bosque y de los campos de Navarra era muy familiar y me recordaba a ... Rusia. Así, estando en el Parque Natural del Señorío de Bertiz o frente a una cascada en pleno bosque o montando en bicicleta por los senderos del campo, no podía contener las ganas de cerrar los ojos por unos segundos, para disfrutar aun más del aire fresco y puro, que tenía el sabor de mi patria. La similitud del verdor de los prados, los almiares, las vacas y ovejas pastando en los campos, los pequeños pueblos y el olor de la frescura, todo me hizo recordar a mi casa de campo en Rusia, situada a setecientos kilómetros de Moscú, donde yo, siendo una niña pequeña y feliz, pasaba todos los veranos con mi abuela. La comida sabrosa en el camping me sabía a la preparada en la estufa rusa, y los baños refrescantes en un pantano me recordaban a los paseos por un lago salvaje de mi pueblo. Así que, no exagero si digo que en ningúno de los lugares de España que conocí hasta ahora, sentí la presencia de mi tierra tan cerca, como lo experimenté en Navarra.

Mis conocidos madrileños siempre me decían que la gente del norte es bastante reservada y poco habladora (lo mismo, por cierto, dicen sobre los rusos). Pero, al venir a las tierras Navarricas con este cliché instalado en mi cabeza, fue toda una sorpresa descubrir que sus habitantes no sólo estaban encantados de empezar la conversación, sino de contarme las historias de su vida y su pueblo. Por ejemplo, una abuela que vive toda la vida en una tranquila aldea, me contó que los camiones que antes pasaban más frecuentemente por este pueblo solían romper el idilio, chocándose con los balcones de las bonitas y antiguas casas. Un fotógrafo que conocí en el camping, con mucho entusiasmo me indicó algunas rutas para un paseo y enseñó sus fotografías de las típicas casas de agricultores en esta región que, en la actualidad, se encuentran abandonadas y, la mayoría, en ruinas.

Ya estoy en Madrid... Han pasado varias semanas después de mi viaje, pero sigo acordándome con nostalgia de una bella y acogedora tierra en el norte de España. No me sorprende que Hemingway se quedara cautivado por su encanto y le dedicara a Navarra algunas de sus obras. Para mi, es un lugar que no sólo inspira, sino que me hace realizar un viaje trasdimensional a mi país natal. Y, al igual, que a un instrumento musical antes de tocarlo, hay que afinarlo para que se eleve un sonido claro, yo volví a Madrid con las fuerzas renovadas y feliz, ya que durante el viaje las cuerdas de mi alma se encontraban en sintonía con las tierras de Navarra, mi Navarra rusa.