De cara a la convención republicana de Tampa, varios periódicos internacionales se preguntan sobre el programa electoral, concretamente en materia económica, el hombre que se enfrentará a Obama en las próximas presidenciales, Mitt Romney.
Mitt Romney será el hombre que se enfrente a
Barack Obama para la presidencia de los Estados Unidos. Es lo poco que se sabe del republicano, que centra en estas horas las miradas de medio mundo. Su trayectoria política es confusa, cambiante, y no ofrece una idea clara de lo que haría desde el Despacho Oval, más allá de ocuparlo.
El semanario británico socialdemócrata
The Economist se ha hecho la misma pregunta en su último número. Le dedica su artículo principal, una suerte de editorial, titulado algo así como “
Entonces, Mitt, ¿qué es lo que crees en realidad?”. Y recoge cómo ha pasado de defender el aborto, el control de armas, el control de la economía para taimar el calentamiento global y diseñar un plan de sanidad universal a rechazar todo ello. Hasta cierto punto, el cambio en sí no es condenable. Pues se puede evolucionar en las ideas y hacerlo puede ser muestra de una curiosidad insatisfecha, de una honradez capaz de deshechar las posiciones que ahora se consideran erróneas. El problema con Mitt Romney es que aunque está claro de dónde viene, no lo está dónde ha llegado.
Hasta el momento esa indefinición se podía achacar a una estrategia electoral prefijada: Como un vulgar
Mariano Rajoy, habría esperado a que la crisis económica devorase las posibilidades electorales de su rival en el gobierno. Pero dentro de que todos los electorados son dignos de los políticos que eligen, el estadounidense es algo más exigente que el español. Quizás la razón sea que aquélla democracia es más auténtica, o auténtica a secas. Quizás el hecho de que lleven más de dos siglos y medio con ella. Pero es así. Y en el momento del voto, el elector estadounidense quiere saber qué se va a hacer desde el poder. El argumento de que el otro es malo no es suficiente si tú no aseguras que no eres peor.
De hecho, esa estrategia electoral estaba fallando. Crecen las dudas sobre la marcha de la economía estadounidense, pero no la intención de voto de Romney. Esto ha cambiado ligeramente tras la elección del hombre que formará ticket (pareja electoral) con él. Se trata de
Paul Ryan. Un hombre que navega en el mar de palabras y cifras de los presupuestos de aquél país como si fuera un
Álvaro de Bazán. Ryan, eso es innegable, tiene un plan. Dos, en realidad. Un presupuesto alternativo al de Barack Obama, que fue aprobado por la Cámara de Representantes, a la que él pertenece, pero que fue rechazado por el Senado, de mayoría demócrata. También ha presentado un programa de reforma de medicare, el sistema de sanidad pública para jubilados. La idea no es privatizarlo, sino introducir un sistema de bonos, como el bono (o cheque) escolar, que facilite la capacidad de elección de los mayores de 65 años. Los electores han empezado a premiar a Romney con su elección de Ryan, y ya vuelve a alcanzar a Obama.
Pero el supuesto plan económico republicano tiene un auténtico problema. Cada una de las promesas es atractiva para su electorado, pero en conjunto forman un amasijo contradictorio. Va a rebajar los impuestos directos, con un máximo que pasaría del 35 al 28 por ciento, una cifra que es un guiño a la época de
Ronald Reagan. Pero promete rebajar el abultadísimo déficit público. ¿Piensa que la rebaja de impuestos favorecerá la recuperación y con ella los ingresos? Que explique cómo. ¿Piensa que los ingresos bajarán pero hará un sacrificio mayor en el gasto? Esto, en cualquier caso, no está nada claro. Porque piensa dar un impulso al gasto en defensa de dimensiones reaganianas. El 40º presidente de los Estados Unidos dejó una economía en marcha, pero sólo pudo rebajar el déficit
del 3 por ciento del PIB en 1989. Si Romney dice que él controlará el déficit y la deuda, como lo hizo de gobernador de Massachusetts, tendrá que reducir drásticamente otras partidas de gasto. Y hay gasto que se puede recortar para todo un ejército de Paul Ryans. El problema es que el propio Ryan sólo promete aumentar el gasto a un ritmo menos acelerado.
El
Wall Street Journal tiene las mismas inquietudes. En un editorial titulado A
Grand Old Growth Party señala que “sobre todo, los electores quieren escuchar cómo piensa restaurar la prosperidad el partido republicano”. Y hace una fuerte y razonada apuesta por la economía de la oferta, es decir, por la idea de que las rebajas impositivas favorecerán el crecimiento. Y señala que es “el déficit de crecimiento, no el déficit público” el verdadero problema de aquél país.
Con todo, señala el WSJ, lo que necesitan los Estados Unidos es también reducir el gasto público.
Si los ingresos no alcanzan el 16 por ciento del PIB es por la falta de crecimiento. Pero los gastos, en los últimos años de Bush y en los de Obama, se mueve entre el 24 y el 25 por ciento del PIB. De modo que, como muestra el editorial del diario neoyorkino, es fundamental recortar el gasto. Romney ha prometido retornarlo al 20 por ciento del PIB de 2007. Pero con el baby boom empezando a jubilarse será muy difícil si no es con un plan detallado y creíble.
Y eso es lo que se espera de los discursos de Paul Ryan y Mitt Romney en la convención republicana de Tampa.