José Antonio Sentís | Miércoles 29 de agosto de 2012
Ni hay ni puede haber ninguna pega en que el conjunto del Estado aporte cinco mil millones de euros para que Cataluña (su Gobierno) afronte su delicadísima situación financiera. Ese dinero sale de los impuestos de todos, y también de los catalanes. Y la deuda catalana, como 40.000 millones de euros, es de los catalanes pero, ay, también de todos, y avalada por todos los españoles.
El problema, como siempre, es que los gobernantes catalanes viven en una bipolaridad permanente. Su región, comunidad, país o nacionalidad, que tanto da, es una parte constitucional, y yo diría constituyente, de España. Por lo tanto, lo que haga afecta a todos, sus necesidades son las de todos, sus problemas lo mismo, y sus éxitos también. Y eso lo saben los nacionalistas que ahí gobiernan.
Sin embargo, y ahí viene la esquizofrenia nacionalista, es que en su imaginario pretenden actuar como si la realidad fuera otra. Para resumirlo, como si Cataluña fuera independiente. Y como tienen que mantener esa apariencia que les da vidilla política a los nacionalistas, que alimenta su eterno discurso reivindicativo, pues tienen que gallear sin pausa.
Por eso, cuando los dirigentes catalanes piden dinero al fondo de rescate español, lo que hacen es presentarlo como si lo que piden es simplemente la devolución de lo que antes le han quitado. Es el permanente “España roba a Cataluña” que tanto ha calado entre los propios catalanes incluso, sorprendentemente en algunos que se darían por inteligentes.
Es humanamente comprensible, y políticamente lógico, que Mas y los suyos no se presenten a sus electores diciendo que piden el dinero por la terrible incompetencia en la gestión de los propios gobiernos catalanes. Y podrían decirlo los de CiU, por cierto, puesto que la apoteosis del desastre vino con el tripartito comandado por los socialistas. Pero ellos prefieren sacralizar las instituciones catalanas, como la pésima Generalitat de Montilla, antes que declarar que los catalanes también pueden gestionar mal. La clave es que Cataluña sería un paraíso si no fuera por España. Y si España ayuda no es por solidaridad (obligada) sino porque debe pagar los desmanes antiidentitarios del horrible centralismo que siempre ha impedido que Cataluña fuese Alemania, o así.
El problema del discurso bipolar del actual Gobierno catalán es que parte del oportunismo y de la mentira. Y Mas lo sabe, y por eso CiU votó a favor de la Ley de Estabilidad Presupuestaria, y por eso votó en contra del intento de recurso de inconstitucionalidad que propusieron los socialistas catalanes en su Parlamento, que demostró, por cierto, que no son más tontos porque no entrenan suficiente, porque ese recurso hubiera dejado sin los cinco mil millones del ala a los gobernantes catalanes que navegan en la miseria.
Ahora nos encontramos con que una buena parte del rescate estatal para Cataluña irá a pagar los llamados bonos patrióticos catalanes, otra campaña más de propaganda en un universo de falacias. Tan patrióticos eran, que ahora tienen que venir contribuyentes de toda la geografía nacional para rescatarlos. Lo que demuestra, una vez más, que aquí lo único patriótico es lo español (no es una opinión: lo dice la Constitución al calificar a España como “Patria común e indivisible de todos los españoles”), y no esa apoteosis de aldeanismo que les da a algunos nacionalistas cada vez más frecuentemente.
Del desmadre de gasto nacional, y de la crisis de ingresos, casi nadie se ha librado en España, y los gobernantes catalanes menos que nadie. Lo querrán o no reconocer, pero ellos se han metido en un pozo del que no pueden salir solos. Y ellos han contribuido al gran pozo en el que está España, del que tampoco puede salir sola.
Si lo saben, que lo saben, lo menos que podrían hacer es echar una mano al conjunto nacional, ya que ellos serían los primeros beneficiados, en lugar de poner permanentes palos en las ruedas con sus eternas lágrimas que correrán más que nunca en esta próxima Diada. Pero, ojo, si corren demasiado, que sepan los catalanes que una cosa es celebrar una antigua derrota, que sentar las bases para otra derrota aún mayor.
No teman los gobernantes catalanes: no habrá condiciones políticas para el rescate. Pero tampoco es cosa de que el conjunto de España viva bajo la permanente exigencia de condiciones políticas por parte de Cataluña, que es lo que hacen un día sí y otro también, entre la amenaza y la lágrima, entre el lamento y el chantaje.
España debe ayudar a cada una de sus partes, y por eso debe hacerlo con Cataluña. Como Cataluña ha contribuido grandemente a la solidaridad colectiva. Pero ahora toca a los Mas y a los menos que gobiernan el Principado un poquito de humildad, que nunca sobra. Porque alguien puede decir, como este miércoles el presidente gallego, Núñez Feijóo, uno de los pocos con los deberes hechos, que “hoy, Galicia paga y Cataluña pide”.
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