Lourdes García del Portillo | Miércoles 29 de agosto de 2012
Nos llaman la generación perdida, a nosotros, a los jóvenes de hoy, y así, con un eslogan, dan por zanjada nuestra historia. Fin. Estamos sentenciados. Que pase a escena la siguiente generación a ver si ella tiene más suerte. Pero bueno –¿esto qué es?– Tuve que pensarlo un rato hasta que entendí por qué esa denominación me causa tanto malestar y enfado; es que se empeñan en mirarnos desde el prisma utilitarista y desde él entienden que, si no tenemos éxito económico no valemos para nada y que, además, no somos más que máquinas ya programadas y como la situación se ha torcido, lo único que podemos hacer es sentarnos a esperar a que mejore la economía para poder recuperar nuestras vidas. Y lo peor de esta postura, lo que más desazón me causa, es que hasta hace relativamente poco nos consideraban como los niños bonitos, la joya de la corona, el futuro prometedor de España, y ahora, sin ni siquiera darnos el beneficio de la duda, nos roban la ilusión que depositaron en nosotros.
Pues bien, como a mí esta postura me parece una aberración determinista, yo les invito a que vean un momento la realidad de otra manera, aunque sólo sea porque todo lo que nos rodea se configura, en buena medida, a partir de la forma en que miramos al mundo y supongo que nadie encontrará deseable que nos convirtamos en náufragos históricos.
Como siempre mi relato mira a Ortega. Éste decía que cada generación tiene una particular sensibilidad vital, una intuición o sensación radical ante la existencia que es simiente de todo lo demás: de ella penden el pensamiento, la moral y la estética que, a su vez, irrigan las trasformaciones económicas y políticas. A partir de esa sensibilidad propia, cada época atiende y entiende el mundo de una manera distinta. Ahora bien, algunas generaciones no escuchan su latido íntimo y se quedan alojadas en las ideas, instituciones y placeres de sus antepasados aunque no tengan afinidad con su temperamento, lo que a la larga lleva a que se produzca una crisis histórica. Según el filósofo, en los años veinte del siglo pasado era precisamente eso lo que estaba sucediendo puesto que, aunque la sensibilidad vital había variado, sus coetáneos seguían instalados plenamente en el utilitarismo ¿Les suena todo esto a algo? ¿Cómo puede ser que nosotros sigamos todavía inmersos en la misma situación después de tanto tiempo?
El utilitarismo del siglo XIX entendía, a partir de teorías como las de Darwin o Lamark, que la vida está basada en la adaptación. Traducidas estas reflexiones a la realidad humana, la existencia debía responder a las exigencias ineludibles, a las necesidades imperiosas, por lo que en nombre de la cultura se divinizó el trabajo no cualificado, homogéneo y meramente cuantitativo. Así, el hombre se convertía en un medio para un fin: el desarrollo económico, que a su vez iría necesariamente acompañado de mejoras en el resto de la vida. Para ello, se sacrificaron muchas vidas en el altar del progreso. Con las Revoluciones industriales las máquinas dejaron de ser extensiones del hombre y éste pasó a ser el que ayudaba a las máquinas; por eso no le faltaba razón a Marx cuando alegaba que el proletario se alienaba, se cosificaba.
Ahora bien, posteriormente, la teoría de la mutación y su aliado el mendelismo demostraron que la vida dejada a su libre albedrío no busca adaptarse a las necesidades, sino que es primero una pródiga invención de posibilidades, siempre espontánea, lujosa, de intención superflua y que luego, una selección se encarga de mecanizar, entre todas aquellas explosiones de vitalidad, aquellas que se demuestran útiles. Partiendo de esta nueva perspectiva, según Ortega, para que el europeo de su época cumpliera su misión histórica, tenía que avanzar de esa cultura de medios a una de postrimerías, en la que el fin último fuera siempre la vida misma, consagrándola como un derecho y un principio. Y así, frente al trabajo mecanizado, tenía que potenciarse otro tipo de actividad que no nace de la imposición, sino del impulso libérrimo y generoso que mueve al ser humano cuando realiza aquella labor que su propia sensibilidad vital le propone. Cuando el hombre actúa movido por su vocación se entrega a manos llenas. Todas las obras verdaderamente valiosas de este mundo se han gestado a partir de este antieconómico esfuerzo: la creación científica y artística, el heroísmo político y moral; la santidad religiosa. La calidad de ese tipo de actividad logra la excelencia, no porque busque la recompensa, sino que ésta es un regalo imprevisto de esa ocupación gozosa, que se despliega con aire jovial, generoso y burlón. A este tipo de actitud, Ortega la denominaba el sentido deportivo y festival de la vida.
La primera vez que leí todo esto pensé que en España el utilitarismo no calaba más allá de los discursos formales porque nuestra vida cotidiana está saturada de ese sentido deportivo y festival. Leo los periódicos y me angustio ante un mundo que se desmonta, un paro que estrangula a tantos hogares, una crisis que parece no tener solución. A continuación pienso con inquietud en mi propia vida, que una vez proyecté fulgurante y que ahora veo en la cuerda floja. Pero luego salgo a la calle y la vida bulle; de todos los rincones se escapan, como a borbotones, la alegría, las risas y la picardía que me invitan, como con un guiño, a sacarle todo el jugo al presente, sea éste como sea. Y esa forma de ser tan nuestra me encanta, pero me pregunto también, por qué no tenemos la misma iniciativa y pasión a la hora de desarrollar un trabajo o de generarlo nosotros mismos. En las décadas anteriores a la crisis la sociedad decidía, en buena medida, nuestros proyectos de vida, lo que trajo consigo una falsa sensación de seguridad unida a una cierta apatía. Ahora, sin embargo, la realidad se ha rebelado y no nos deja encajar en ella muchas de las carreras y profesiones archiclasificadas; nos guste o no, ha llegado la hora de inventar. En realidad, tenemos ejemplos que pueden orientarnos. Uno de ellos son nuestros deportistas de elite que destacan internacionalmente gracias a que, con su tesón y comportamiento, se han convertido en el epítome del sentido festival y deportivo de la vida. Más allá de nuestras fronteras, esa actitud se abre camino en lugares como Silicon Valley, centro neurálgico de la creatividad mundial. Pero eso no es todo, esperen, no caigan de nuevo en la mirada utilitarista; ese espíritu era también el de Samia Yusuf Omar, la velocista somalí que conmovió al mundo en las olimpiadas de Pekín cuando llegó diez segundos por detrás de la ganadora y que este verano ha muerto ahogada al intentar llegar a Italia en una patera para cumplir su sueño. Y es que si uno lo piensa detenidamente, la meta última no es alcanzar el éxito económico o el reconocimiento público, sino vivir con mayor plenitud nuestra existencia humanizando nuestra actividad al dotarla de sentido. Por eso, si consiguiéramos adoptar esta perspectiva y dejar de lado el utilitarismo; si nos creciéramos ante las adversidades, entonces, no seríamos una generación perdida, sino salvadora y salvada; salvadora porque gracias a ese esfuerzo generoso conseguiríamos alcanzar mucha más excelencia; y salvada porque, aunque resulte paradójico, es la propia circunstancia la que, a base de ejercer una dura presión sobre nosotros, nos invita a librarnos de todo determinismo a la vez que nos recuerda, a cada paso, que todos tenemos madera de héroes.