Los Lunes de El Imparcial

Daniel Klaidman: Kill or Capture: The War On Terror and the Soul of the Obama Presidency

CRÍTICA

Domingo 02 de septiembre de 2012
Daniel Klaidman: Kill or Capture: The War On Terror and the Soul of the Obama Presidency. Houghton Mifflin Harcourt. New York, 2012. 309 pages. 22,37 €

Barack Obama llegó a la Casa Blanca con la promesa de acabar con los aspectos más llamativos, y según sus propias palabras menos aceptables, de la política antiterrorista seguida por su predecesor en la mansión presidencial, George W. Bush. En particular, Obama incluyó entre sus promesas electorales la de cerrar la prisión de Guantánamo, la de juzgar a los terroristas ante la jurisdicción civil ordinaria, la de acabar con las prácticas de “interrogatorios reforzados”, que en el entorno de las asociaciones defensoras de los derechos humanos habían sido considerados como formas de tortura, y la de proscribir la costumbre de la “rendition”, que ponía en manos de terceros países no demasiados escrupulosos a sospechosos de terrorismo capturados por las Fuerzas Armadas o por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos. Ello llevaba aparejado la desaparición de las “cárceles secretas” de la CIA, que en varios países del mundo habían temporalmente albergado, sin juicio ni posibilidad de defensa, a varios detenidos en esas circunstancias.

Posiblemente no fueran esas promesas determinantes en el éxito electoral del primer afroamericano que llegaba a la Casa Blanca. Después de los ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001 en Nueva York, Washington y Pennsylvania, la población americana parecía haber aceptado gustosamente la limitación de sus libertades a cambio de garantizar la seguridad del conjunto y en grandes números no parecía dispuesta a considerar los detalles en que se conducían las actividades antiterroristas ni menos en mostrarse sensible a la situación personal de los imputados como consecuencia de las mismas. Sólo contaba la eficacia mostrada en la persecución de los criminales. Pero, qué duda cabe, sectores influyentes de la sociedad americana, algunos de ellos directamente relacionados con el Partido Republicano entonces en el poder, habían alzado la voz para llamar la atención sobre prácticas que, decían, bordeaban el límite de la legalidad constitucional y, en la medida en que fueron conocidos sus alcances, arrojaban sombras de descrédito internacional sobre algunas actividades de las agencias militares y de seguridad de los Estados Unidos.

La constancia gráfica del trato dispensado a los detenidos en la prisión de Abu Graib, por ejemplo, los testimonios de los detenidos por error y sometidos a la mencionada “rendition”, o las filtraciones sobre el uso del procedimiento conocido por “water boarding” para obtener confesiones de los sospechosos suscitaban condena y rechazo en parte significativa de la clientela política y mediática del Partido Demócrata. La misma administración Bush, que había defendido la calidad de sus políticas antiterroristas basándose en los resultados obtenidos por las mismas, había tenido buen cuidado en cubrirse legalmente las espaldas con una superabundancia de dictámenes jurídicos por parte del Departamento de Justicia y también con la pronta supresión de los aspectos más criticados de las políticas seguidas: cuando llegó Obama a la Casa Blanca en 2008 hacía al menos ya tres años que las “cárceles secretas” de la CIA habían sido cerradas. Posiblemente el mismo tiempo en que había dejado de practicarse el “water boarding”.

Daniel Klaidman, periodista vinculado al semanario Newsweek desde mediados de los años noventa y especializado en temas relacionados con el terrorismo y con la seguridad nacional, describe en este libro las razones por las que Obama se ha mostrado incapaz de cumplir con sus promesas: Guantánamo sigue abierto; salvo algún caso excepcional y aislado, los casos de terrorismo o no son juzgados o lo son por tribunales militares; no ha existido ninguna posibilidad de que los responsables de las supuestas torturas del pasado sean sometidos a una acción disciplinaria; y, rizando el rizo, los terroristas no sólo no son sometidos a la acción de la justicia sino que son eliminados sin más contemplaciones por la contundente y mortífera acción de los “drones”, los aviones no tripulados que bien en manos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o bien de la CIA, y siempre bajo la supervisión directa e indispensable autorización del presidente, han venido exterminando sistemáticamente centenares de terroristas islámicos -versión Al Qaida, talibán o asimilado- en Pakistán, Afganistán o incluso en el Yemen. Klaidman describe así la situación: “Cuando Obama aceptó el Premio Nobel de la Paz en diciembre de 2009, ya había autorizado más incursiones de los aviones no tripulados de los que George W. Bush había aprobado durante todo el tiempo de su presidencia. Entre 2004 y 2007 sólo se habían autorizado 9 incursiones de ese tipo en Pakistán. En 2010 se realizaron 111. Al finalizar el tercer año de su presidencia, Obama había aprobado el dar muerte al doble del número total de los sospechosos de terrorismo que habían estado alguna vez en la prisión de Guantánamo”.

Pero el periodista, que en verdad ha construido un fascinante libro, no arroja un libelo contra Obama sino una meditada descripción de las fuerzas políticas y sociales que condicionan la acción gubernamental en los Estados Unidos. En efecto, la “progresía” demócrata que apoyó a Obama querría suprimir Guantánamo -por haber sido una creación de George W. Bush- pero no ha llegado a saber cómo conducirse con los que en la prisión cubana están detenidos: no los quieren en sus territorios, no son capaces de encontrar países extranjeros que los acojan, no quieren someterles a juicio por temor a revelar las fuentes de su procesamiento ni encuentran otra salida que justificar, con retorcidos argumentos legales, el carácter indefinido de su detención por tratarse de “enemigos combatientes”. En el mejor de los casos, serían sometidos a la jurisdicción de los tribunales militares, en principio descartados por Obama, a los que se les presume mayor latitud en la consideración y en la custodia de las pruebas que a los de carácter civil. Como se podrá comprobar, cosas no muy diferentes de las que habían mantenido Bush y los miembros de su Administración. Klaidman no lo dice, pero el castizo podría concluir: ¿hacían falta estas alforjas para este viaje?

La lección, si de lección se trata, ya la sugiere el título del volumen: es más fácil matar que capturar terroristas, aunque para ello sea necesario retorcer algunos de los principios y no pocas de las convicciones de las que se alardearon en el camino a la Casa Blanca. Lo cual, a su vez, reconduce al permanente y nunca resuelto dilema de la gobernabilidad: cómo combinar ideales y pragmatismo en un mundo por esencia complejo y poco dado a las simplificaciones. Según Klaidman, y datos suficientes aporta para mantener sus tesis, Obama ha optado sin rechistar por el segundo, porque “por mucho que le gustara hablar del retorno a los principios, Obama tiene un poderosos instinto de autocorrección, y también de autopreservación” de manera que “resultaba irónico que Obama, que había criticado a George W. Bush por ignorar al Congreso en los temas de terrorismo, estaba haciendo ahora la misma cosa”.

Kill or Capture, por lo demás, es impagable en lo que contiene de descripción de personajes, conductas y relaciones en el seno de la Casa Blanca de Barack Obama. Rahm Emanuel, el actual alcalde de Chicago y durante los dos primeros años de Obama en la Casa Blanca su Jefe de Gabinete, aparece como un “comisario político del Ejército Rojo, incansablemente investigando el gobierno en búsqueda de renegados e imponiendo lealtad sin contemplaciones”. Obama, “a menudo adoptaba el camino de la menor resistencia, prefiriendo la pasividad. Vacilaba y navegaba entre sus propios consejeros, permanentemente ajustando la táctica y esperando que el tiempo, en una cada vez mas disminuida esperanza, hiciera retornar las cosas hacia el curso que él hubiera preferido”. Y entre esos consejeros, con trazos muy firmes, aparecen sobre todo Eric Holder, el secretario de Justicia, y Valerie Jarret, su consejera especial, íntima de los tiempos de Chicago y dato permanente en la evolución de los Obama, él y ella. Además del que fuera secretario de Defensa, heredado de Bush, Bob Gates, y del que lo es actualmente tras haber sido director de la CIA, Leon Panetta. Porque en estos temas centrales de vida y muerte que nadie busque en el libro, y posiblemente en la realidad, a Joe Biden, o a Hillary Clinton, o a Janet Napolitano: no los encontrará. Y no parece que sea omisión mal intencionada.

Entre la constelación que libros que en el curso de los últimos meses han aparecido en el mercado americano sobre la lucha antiterrorista y temas conexos el de Daniel Klaidman merece lugar de honor. Cuanta con una exhaustiva información, está magníficamente documentado y narrado con pulso de excelente escritor. Una bienvenida aportación a un tema central de nuestro tiempo: los limites éticos y legales en la lucha en contra del terrorismo.

Por Javier Rupérez

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