Víctor Morales Lezcano | Lunes 03 de septiembre de 2012
La comprobación de que una noticia cruel, violenta, va perdiendo capacidad de impacto en los destinatarios del mensaje, llegando incluso a su banalización más absoluta, provoca repulsa en cualquier ciudadano de bien. Sin embargo, el funcionamiento de tal mecanismo mediático no deja de repetirse recurrentemente. Así sucedió en los años de la guerra americana en Vietnam, y así está pasando desde hace algo más de un decenio en otra de las guerras americanas en Asia. Nos referimos, evidentemente, al conflicto armado de los afganos insurgentes contra el gobierno de Hamid Karzai y las tropas contra-insurgentes que proceden de Estados Unidos y algunos de sus aliados -aliados que, como Francia, Italia y Alemania, han decidido retirar, definitivamente, sus contingentes militares a lo largo del próximo año-. O sea, antes de que las tropas y el dispositivo bélico consiguiente de los Aliados -con el refuerzo de la OTAN- hayan evacuado el teatro de operaciones afgano hacia finales de 2014, Deo volente. No en vano añadimos aquí la coletilla latina.
Puestos a seguir, con cierto detenimiento, el recorrido del estado de guerra en que está sumergido Asia central, los indicios evidentes -que no los que todavía no lo son- apuntan a la reproducción de la conflictiva situación del escenario bélico en aquella parte del mundo. Primero, y antes que ningún otro factor de peso, porque la resistencia talibán no ceja nunca, adaptándose a la situación cambiante que ha ido ofreciendo la guerra desde 2001.
Obsérvese lo siguiente a título de ilustración reciente -“sacada del horno”, que se diría-. Entre los días 29-30 de agosto, cinco soldados australianos perecieron en dos de los atentados de nueva factura que viene explotando al goteo el frente talibán. Consisten tales atentados en sorprender al sector nativo del ejército y la policía que adiestran los monitores estadounidenses, o pertenecientes a la OTAN, desde hace más de un par de años. Los contingentes afganos siguen las pautas contraofensivas implementadas por el mando occidental desde que la administración Obama hizo pública la decisión de evacuar Afganistán, gradualmente, a lo largo de los años 2011-2014.
Los miembros afganos incorporados a la tropa y a los cuerpos de policía al servicio del gobierno de Kabul, constituyen un blanco predilecto de la insurgencia talibán. Estos ataques “desde dentro corroen la confianza y no son fáciles de contrarrestar” ha comentado Julia Gillard, la primer ministro del gobierno de Australia.
No se ha cerrado el funesto balance veraniego de esta malhadada e impopular guerra de Afganistán. Luego de varias zozobras militares en la provincia de Kandahar durante el viernes 31 de agosto, dos nuevos atentados-suicida cometidos en las provincias de Wardak y Chazni por soldados nativos, incorporados en buena y debida forma en el ejército leal -previa introducción y adiestramiento adecuados a la guerra de guerrillas-, causaron doce bajas más el 1 de septiembre en los contingentes que la Alianza atlántica y estadounidense tiene destacados en el este y sur de Afganistán.
No obstante la alarma que ha hecho sonar Martin Dempsey, general en jefe del ejército contra-insurgente en ese país, no parece que Barack Obama y su staff -metidos hasta el pescuezo en una campaña electoral que está arrojando, por el momento, algo así como un “empate técnico” entre demócratas y republicanos- se vayan a ver muy dañados por las bajas que vienen sufriendo en aquel frente los servicios militares de nacionalidad estrictamente estadounidense.
Ahora bien, el segundo factor de consideración en este endemoniado conflicto armado que posee su epicentro en Afganistán, reside en la constatación de que medio Paquistán se sitúa veladamente en contra de esta tercera edición del Big Game anglo-ruso (1839-1880), soviético (1979-1989) y ahora americano (2001-¿2014?) en Asia central. De otra parte, la Alianza y Estados Unidos se encuentran en una situación diplomática nada fácil con todo el cerco que forman los nuevos Estados musulmanes nacidos de la descomposición de la Unión Soviética: Kirguistán, Uzbequistán, Kazajistán, y Tayiquistán. No se olvide que se trata de un cerco norte por cuyos corredores las fuerzas aliadas pueden introducir armamento -o evacuarlo- en el teatro de operaciones afgano. El departamento de Estado americano no ignora que China y Rusia constituyen, junto con Estados Unidos, la troika, clave donde la haya en cuestiones de género y naturaleza concernientes a la redefinición territorial y fronteriza en Asia centro-occidental. Los costes billonarios de esta endemoniada guerra sólo están al alcance de una potencia imperial del calibre que ostenta Estados Unidos. El riesgo de que el conflicto interno en Afganistán no concluya justo cuando se cierre la evacuación militar del país en diciembre de 2014 (¿?), y la posible internacionalización de ese conflicto por parte de las potencias vecinas del epicentro afgano, no pinta nada bien para los pueblos de tan vasta región del mundo. Ni tampoco para la trayectoria histórica que han recorrido las guerras americanas en Asia; aun reconociendo que en los frentes de Corea y Vietnam el Pentágono logró contener la comunistización de estos países con la estrategia consumada de las zonas de ocupación a partir de paralelos ficticios. Cabe preguntarse, pues, ¿logrará Estados Unidos paliar en Afganistán los efectos de arrastre rural y semi-nómada que ejercen allí los musulmanes contra-insurgentes?. Además de los muchos cómplices velados que permanecen ocultos hasta que la situación les regala oportunidades favorables a su bando.
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