David Felipe Arranz | Miércoles 05 de septiembre de 2012
Afirma Gilles Deleuze en Diferencia y repetición (1968) que “lo problemático” es una condición de la vida, un estado del mundo, pues que vivimos perpetuamente envueltos en la paradoja. Una de ellas sería la que hace convivir en las mismas coordenadas espacio-temporales dos realidades: a saber, la importancia que posee el periodismo para las sociedades democráticas y la devaluación profesional a la que éstas han sometido al noble oficio de informar al ciudadano. Si Bill Kovach y Tom Rosenstiel en Los elementos del periodismo, que acaba de publicar Aguilar, sostienen el axioma de que cuanto más democrática es la sociedad, más noticias e información suele suministrar a sus miembros… el dramático ataque social y laboral que los periodistas están sufriendo entraría dentro de esas contradicciones de las que habla Deleuze, de las paradojas del sentido, que define como “un vapor jugueteando en el límite de las cosas y las palabras”.
Sí, el elemento más importante del periodismo es su función democrática, pero muchas veces a los propios periodistas, sumergidos en el quehacer noticiero, no somos capaces de justificar la necesidad de nuestra labor. Y… si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará. En los Estados Unidos, por ejemplo, hay mayor conciencia de la función vital del periodismo en la comunidad que en Europa; allí, por ejemplo, la cabecera de los periódicos que pertenecen al grupo de publicaciones Scripps Company reza: “Dale luz al pueblo y el pueblo encontrará su propio camino”. Si a algún editor de nuestros diarios nacionales de grandilocuente nombre se le ocurriera la idea de fijar una máxima de este estilo en la primera página, los lectores pensarían que lo ha poseído una fiebre mesiánica, cuando en realidad se trata de un aserto –el del periódico estadounidense– que da una medida aproximada de la enorme importancia del newsmaking.
Una legión de community managers que lanzan todo tipo de ocurrencias al ciberespacio de las redes sociales, ingenieros informáticos que desconocen cómo funciona el sistema de medios, diseñadores de nuevas aplicaciones y desarrolladores de algoritmos que buscan situar la web que los paga en primer lugar en los motores de Google han venido poco a poco a sustituir a los periodistas. Los empresarios los valoran: no inquieren, no hacen preguntas, no investigan las tripas de los acontecimientos. Simplemente ejecutan las órdenes de sus pagadores: ellos no entienden de actualidad –que me perdonen– ni mucho menos la interpretan para ofrecérsela a la sociedad, más allá de dos o tres líneas cuajadas de clichés. Sin embargo, a ninguno les ha hecho falta acudir a las facultades de periodismo: simplemente han trasteado y explorado durante horas frente a la pantalla, en pleno autodidactismo, han sido hábiles mostrando cuán necesarios son y por fin se les recompensa generosamente por ello. El “qué, quién, cuándo, cómo, dónde y por qué” les importa, lógicamente, un rábano cibernético.
Sí, los periféricos del periodismo están más cerca de la burocracia TIC que del agudo análisis que tanta falta hace. Y según Max Weber, la burocracia es el fenómeno capital de las sociedades modernas: nada escapa a su influencia. El problema surge en la difícil –diríamos imposible– relación entre burocracia y democracia y esto Franz Kafka, que lo sabía de memoria, lo transformó en literatura –La colonia penal, La condena, El proceso, El castillo y un bendito etc.–. A Max Weber, que era un liberal que le tenía pánico a la racionalización de la existencia, le parecía que era más importante el valor humano que la eficacia. Claro que… Weber temía que el individuo desapareciera, a diferencia de lo que les ocurre a nuestros grandes empresarios y gobernantes, para los que el individuo es una cifra o un voto. En El político y el científico (1919), Weber explica que el periodista es una especie de “casta paria que la sociedad juzga siempre de acuerdo con el comportamiento de sus miembros moralmente peores” y que “una obra periodística realmente buena exige al menos tanto espíritu como cualquier otra obra intelectual, sobre todo si se piensa que hay que realizarla prisa, por encargo y para que surta efectos inmediatos”. No he leído ni escuchado recientemente a ningún filósofo ni pensador “democráticos” palabras tan lúcidas acerca del periodismo como las arriba transcritas; sí, en cambio, he comprobado la aversión que de unos años a esta parte despertamos los periodistas por culpa de unos pocos que empañan, sobre todo en la televisión, nuestro oficio. A los del papel cuché y a ellos les dedica unas agrias palabras –sin haberse inventado aún la caja tonta–, cuando todavía el escocés John L. Baird no había enfrentado los dos discos que dieron lugar a la primera experiencia prototelevisiva: “los editores y reporteros sensacionalistas tal vez hayan conseguido de este modo dinero, pero seguramente no han conseguido honra”.
Weber va más allá al afirmar incluso que “la responsabilidad del periodista es mucho mayor que la del sabio y que el sentido de la responsabilidad del periodista honrado en nada le cede al de cualquier otro intelectual”, a tal punto que “la discreción del buen periodista es mucho mayor que la de las demás personas”. Y afina con precisión el creador del concepto de carisma, que “no es ninguna bagatela la obligación de tenerse que pronunciar rápida y convincentemente sobre todos y cada uno de los asuntos que el ‘mercado’ reclama, sobre todos los problemas imaginables, eludiendo caer no sólo en la superficialidad absoluta, sino también en la indignidad del exhibicionismo”. Weber, que pensaba que la ciencia del periodismo debía tener un sentido, ya anunció que la falta de libertad del periodista venía determinada por el inaudito incremento en actualidad e intensidad de la empresa periodística. Si le hubiesen asegurado que en la centuria siguiente estos procesos tendrían lugar a golpe de clic, a buen seguro su discurso en defensa del periodismo hubiese sido aún más apasionado.
Concluye, en ese sentido, que “lo asombroso no es que haya muchos periodistas humanamente descarriados o despreciables, sino que, pese a todo, se encuentre entre ellos un número mucho mayor de lo que la gente cree de hombres valioso y realmente auténticos”. No parece la mejor de las soluciones el exterminio profesional que están llevando a cabo los empresarios y magnates de la prensa sobre los periodistas que forman parte de sus plantillas: en los últimos dos años más de 4.000 periodistas se han incorporado a las colas del desempleo. El periodismo ofrece un valor único a la sociedad: la información independiente, veraz, exacta y ecuánime que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí misma.
Una amenaza planea extendiendo su sombra sobre miles de periodistas en todo el mundo: la de la burocracia tecnológica y su sustitución por otros profesionales del intrusismo, periféricos del mundo de la comunicación, que desembarcan de la mano de las TIC, pero que son incapaces de afrontar la responsabilidad de un buen periodista. Max Weber se percató del problema al finalizar la Gran Guerra y algunas voces, como las de Kovach y Rosenstiel, definen este viejo peligro: “que el periodismo independiente quede desleído en el disolvente de la comunicación comercial y la autopromoción sinérgica”.
Si los publicistas y los ocurrentes “genios” del ornato y gurús de la novísima aplicación, –jugadores ventajistas y periféricos parasitarios del periodismo– terminan por ganarle la partida al oficio de informar… la democracia habrá muerto un poco más en todo el mundo. O, lo que es lo mismo, llevando a su contrario el viejo lema de la Scripps Company: “Quítale luz al pueblo y el pueblo jamás encontrará su propio camino”.
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