Jueves 06 de septiembre de 2012
El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, explicaba en un discurso televisado este pasado martes los pormenores del proceso de diálogo que va a tener lugar con las FARC. Con ello, Santos daba carta de naturaleza a algo de lo que se venía hablando desde hacía ya tiempo, y que desde ayer focaliza tanto la vida política colombiana como la de parte del continente. No en vano, la confirmación de la guerrilla se produjo desde La Habana, y es público y notorio el apoyo que también desde Venezuela -y en menor medida, Ecuador- reciben las FARC.
El paso dado por el ejecutivo colombiano es tan audaz como arriesgado. Es cierto que gran parte de la sociedad respalda este proceso, pero también lo es las reticencias que hay hacia los réditos que del mismo puedan sacar las FARC. Conviene tener muy claro que, en todo este asunto, es el gobierno de Santos quien tiene toda la razón de su lado; por el otro, los argumentos de la narcoguerrilla son los mismos desde hace décadas: secuestros, extorsiones, asesinatos y tráfico de drogas, todo ello parapetado tras una serie de lugares comunes ideológicos en los que coinciden con Hugo Chávez o Fidel Castro, entre otros. Es, por tanto, un pulso entre el estado de derecho y una banda de delincuentes, por más que haya quien quiera hacer otro tipo de consideraciones.
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