Opinión

De la “Aurora” de Jakob Böhme

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 07 de septiembre de 2012
La traducción, estudio introductorio, prólogo y comentarios a La Aurora, de Jakob Böhme (Ediciones Siruela ), del genial teólogo español Agustín Andreu, maestro de tantos estudiosos y escritores ya consagrados, uno de los hombres más cultos y honrados que he conocido en mi vida, nos sitúan a los cristianos ante un Dios amable para el cual el castigo a sus criaturas equivocadas carece de sentido y propósito en sus planes de amor infinito. “Mi Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños” ( Mat. 10, 14 ).

Lo que no se encuentre uno en sí mismo no lo encontrará en el origen del Universo en sí mismo. Böhme volvería al “todo está en todo” de Anaxágoras, y Leibniz acabaría diciendo que en el fondo del espíritu humano y de todo espíritu pasa y ha de pasar todo lo que pasa en el espíritu divino; es sólo cuestión del modo. Jakob Böhme es el primer filósofo alemán y en él aparece por primera vez en Alemania una filosofía con carácter propio. Böhme es el zapatero filósofo de la gente sencilla, amigo de la piedad interior y la libertad profunda. Nace en 1575 y muere en 1624. La generación de Böhme encaja entre las generaciones de Bacon y la de Descartes, según la tabla de generaciones del XVI y comienzos del XVII, confeccionada por Ortega. Böhme publica su Aurora en 1612, y empieza a circular manuscrita en seguida, y enseguida salta a Inglaterra, en donde es muy bien recibida. Se iniciaba la época de las grandes guerras de religión entre reformadores y contrarreformadores, y Böhme ya había visto que los reformadores oficiales erraban el camino y conducían a los pueblos en nombre de Cristo y del “verdadero” Evangelio a “la devastación y la degollina”.

Dios y el mundo están mucho más cerca de lo que parece y se necesitan el uno al otro como cuerpo y alma…Hijos de la misma época, existe una gran comunidad de espíritu entre Cervantes y Böhme. A diferencia de sus contemporáneos Bacon y Descartes, sujetos de formación académica y posición social, tanto Cervantes como Böhme son mera gente y ven la vida desde su experiencia, desde abajo, desde lo que aprenden viviendo entre la gente. Entrambos esencialmente humanistas hablan sin adornarse con citas y autoridades, sino con la autoridad del pintar y describir las cosas con propiedad.

El problema de la seriedad de Dios es el de la relación de Dios con el mal. Al crear Dios el mundo se arriesgó a crearse el infierno, porque el mundo es el infierno de Dios, todos los riesgos y modos de la sufrida alteridad divina. Dios es bueno porque se metió en ello a través del Hijo. En este mundo hay en todas las criaturas una voluntad y fuente buena y una mala: en los hombres, animales, plantas, peces y gusanos, así como en todo lo que existe: oro, plata, cinc, cobre, hierro, acero, madera, plantas, florestas y hierba; como en la tierra, en las piedras, en el agua y en todo lo que se puede investigar. Todos los seres vivimos entre el cielo y el infierno.

El mal puede llegar a envolverlo todo y puede llegar a corromper las fuerzas de que está hecho todo; pero no llega al Centro o Corazón de Dios, no prende en el más interior nacimiento de la Naturaleza, en el Corazón de Dios que es la dimensión última del centro propio de cada cosa creada: ángel o piedra, planta o estrella. Así que el infierno será excéntrico y por tanto superficial. Y lo superficial será infernal. La fe de Böhme será la fe en la renovada e incansable autorreconcialiación con el mundo y la vida a pesar de todas las formas del mal: la fe en la posibilidad de desmontar las formas del mal desde dentro, desde el centro real del ser. Dios y el Universo son el despliegue o circulación de un continuum sustancial, morfológico o “de aura” ( o tono, o transcendimiento espiritual que, al revertir, hace lazo y comunión ): una misma materia se concentra siempre siguiendo el mismo proceso, dando de sí formas radicalmente homogéneas en el cielo y en el mundo, dentro de su ilimitada e inagotable variedad, formas de las que transciende el mismo gesto de reunión y encuentro. Esta continuidad cualitativa, morfológica y espiritual es el misterio por el que Dios está en todas partes y Él mismo lo es todo. Le somos. Nos es. Es lo que viene a decir cada párrafo de Aurora.

Creó Dios de sí mismos a las criaturas, de su fuerza o sabiduría eternas. No hubo más materia que la esencia divina anterior a los tiempos del mundo. Dios se hace creatural de su esencia y en su esencia; se nace de la divina esencia y en ella. Hay creación porque Dios mismo sigue naciendo en cada alumbramiento, no sólo de cada individualidad, sino de cada latido de la vida, de cada flor o estrella, hombre o ángel. El concepto de nacimiento de Dios, que tanto impresionó a Schelling, es principal en el sistema de Böhme: Dios y el mundo…es la rueda infinita de los infinitos nacimientos. Si un autor está en una metáfora, Böhme está en ésta del alumbrar o nacer, del surgir. El ser surge, se levanta, se alza.

Agustín Andreu ha entendido siempre la filosofía, la metafísica y la teología más como herramientas o sutiles útiles terapéuticas que nos ayudan a soportar el elemento extraño de la vida, tan a menudo hirsuto, que a comprenderla o entenderla en sí misma como ente de ciencia ajeno a su destino. Al menos su original y sentido pensamiento, repartido en una treintena de libros, nace del anhelo humanista – y quizás también profundamente religioso, ardorosamente cristiano, claro – de ayudar en el camino al amigo hombre, su conservus vitalicio, que aprecia y mira siempre con simpatía. Su mirada ha gustado sobre todo detenerse en los siglos de la modernidad, XVI, XVII y XVIII. Autores como Böhme, Shaftesbury, Leibniz o Lessing, han sido profundamente estudiados y lúcida y novedosamente interpretados. Es por ello que no podemos estudiar la filosofía de la modernidad, nacida entre el fundamentalismo asesino de las reformas y contrarreformas, soslayando la extraordinaria aportación hermenéutica de Agustín Andreu a esta etapa crucial de la filosofía. Quienes nos honramos en ser sus amigos y discípulos nos hemos beneficiado con frecuencia de sus “curas” filosóficas y de su alentadora, sabia y siempre amabilísima bondad. Sus ojos de apasionado estudioso, el discípulo más dilecto de María Zambrano, también han penetrado en el sentido del lógos alejandrino, y con ello han explicado y revelado profundamente desde la filosofía los primeros y tumultuosos siglos de la teología cristiana y de la Trinidad atanasiana.

Leer a Agustín Andreu, aunque sea a veces como mero traductor exquisito, es siempre un regalo para el alma y un verdadero lujo para el espíritu.