Los Lunes de El Imparcial

Antonio Bonet Correa: Los cafés históricos

CRÍTICA

Domingo 09 de septiembre de 2012
Antonio Bonet Correa: Los cafés históricos. Cátedra. Madrid, 2012. 345 páginas. 28 €

El protagonista de la novela Réquiem (1991), de Antonio Tabucchi, montado en un taxi lisboeta, tras pasar por la estación de Cais do Sodré, sube la empinada calle do Alecrim hasta el Chiado, deteniéndose en el Café La Brasileira. Es un domingo de un tórrido mes de julio. En aquel establecimiento compra una botella de champán Veuve Clicquot –una elección óptima, por cierto-, que el empleado le entrega en una bolsa de plástico en donde puede leerse, destacado en letras rojas, “Brasileira do Chiado, el café más antiguo de Lisboa”. Tabucchi nos habla de este episodio y del café en su obra Viajes y otros viajes, publicada en 2010 y traducida al español dos años después, poco antes de la muerte del genial autor italiano. No se olvida de recordarnos cuatro elementos fundamentales de la Brasileira do Chiado: se trata de uno de los más ilustres cafés literarios de la capital portuguesa, ha mantenido prácticamente intacta la decoración original, Pessoa fue un habitual –en la terraza del café se encuentra, actualmente, una estatua de bronce del escritor- y el café expreso es de óptima calidad.

La Brasileira es, precisamente, uno de los establecimientos a los que el historiador del arte Antonio Bonet Correa acaba de dedicar un precioso libro: Los cafés históricos. El autor ha escrito mucho sobre este tema. De hecho, su discurso de recepción en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, pronunciado el día 13 de diciembre de 1987, dedicado a los cafés históricos, constituye el punto de partida del trabajo que acaba de comercializarse en las librerías. Las casi trescientas cincuenta páginas a doble columna del volumen se dividen en cuatro bloques: se reproduce, en el primero, el citado discurso de Bonet Correa; la segunda parte, intitulada “Apostillas al Discurso Académico”, que es la más extensa y central (pp. 79-300), amplia todos los puntos tratados en las páginas anteriores, incorporando nuevos datos, detalles, anécdotas, comentarios y análisis sobre los cafés históricos; en la tercera se habla, aunque de forma breve y solamente esbozada, de los camareros y de la relación café-teatro –el autor nos recuerda que en el Café Gijón se instaló la capilla ardiente de Fernando Fernán Gómez-, además de reproducirse algunas máximas sobre el café y los cafés; en la parte IV puede encontrarse, finalmente, una antología poética y una amplia bibliografía sobre el tema del libro.

Los cafés, históricos tanto porque con el tiempo han adquirido esta categoría como por haber desaparecido en muchos casos, surgen en Europa a fines del siglo XVII. Historia y café caminan juntos, sostiene el autor. De los que todavía subsisten, el Procope, de París, fue inaugurado en 1702, y el Café Florián, de Venecia, en 1720. El autor dedica algunos párrafos a la historia y a la arquitectura de los cafés, antes de adentrarse en un estudio por zonas geográficas: Francia, Viena y Centroeuropa, Italia, Portugal, Europa septentrional, América del Norte, Latinoamérica y España. Esta última parte es la más importante, aunque también se dedican bastantes páginas a Francia –el ya citado Procope comparte protagonismo con Le Chat Noir, Les Deux Magots, el Flore y el Beaubourg-. Los cafés fueron lugares de encuentro y de sociabilidad, de conversación e intercambio, espacios políticos, artísticos y literarios. Hablar de cafés, en el caso español, implica hacerlo, asimismo, de tertulias, ya sean las de Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna o las todavía vivas del madrileño café Gijón o del café Novelty, de Salamanca. Un café era, en palabras de Benito Pérez Galdós, “una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano”. Gracias al libro de Bonet Correa aprendemos infinidad de cosas sobre el café, como bebida, y los cafés, como establecimientos, con sus arquitecturas y decoraciones, sus frecuentadores y todo el mundo que gira en torno a ellos. Los cafés constituyen, a fin de cuentas, un auténtico objeto de historia.

Tras la lectura, amena e interesante, del libro de Antonio Bonet Correa, quisiera destacar, muy especialmente, un par de cuestiones. Ante todo, el despliegue de erudición y conocimientos del autor, tanto al hablar, específicamente, de los cafés, como en sus referencias a la historia, el arte o la literatura. A pesar de alguna repetición y un cierto desorden expositivo, el autor nos ofrece un producto de alta calidad, en el que combina con acierto el tono profesoral con el más personal –la ocasional presencia de Monique, a la que el volumen está dedicado, contribuye a ello-.

El segundo elemento tiene que ver con los tres centenares de ilustraciones que acompañan el texto, bien seleccionadas y colocadas oportunamente: fotografías, carteles, grabados, portadas de libros, esculturas –entre ellas, la de Pessoa en la terraza de la Brasileira- y muchas pinturas de autores españoles y extranjeros. La relación entre los cafés y los artistas queda magníficamente ejemplificada: de Manet a Hopper, pasando, entre otros, por Rusiñol, Gutiérrez Solana –su cuadro La tertulia del café de Pombo, de 1920, no podía faltar- o Picasso. La parte más insatisfactoria de la obra es, desde mi punto de vista, la bibliográfica: insuficiente para los cafés europeos y claramente pírrica para los latinoamericanos (de Centroamérica, se citan dos libros sobre Guatemala, por ejemplo, pero ninguno sobre Costa Rica, en donde existe una riquísima producción universitaria sobre estas cuestiones, entre la que destaca la obra Con sabor a tertulia, de Patricia Vega). En cualquier caso, Antonio Bonet Correa nos ofrece una aproximación apasionada y apasionante a los cafés históricos, que merece realmente la pena ser leída, pero también contemplada.


Por Jordi Canal