Los Lunes de El Imparcial

Jorge Díaz: La justicia de los errantes

Reseña

Domingo 09 de septiembre de 2012
Jorge Díaz: La justicia de los errantes. Plaza y Janés. Barcelona, 2012. 464 páginas. 19,90 €

Al final de La justicia de los errantes hay incluido un epílogo donde se aclara que este no pretende ser un libro de Historia, sino una ficción. La aclaración puede ser más o menos necesaria en cuanto a que los personajes que aparecen en la historia son reales, y eso podría llevar a equívocos sobre el grado de realismo histórico que se ha utilizado en la novela. Un caso que puede complicarse aquí especialmente, puesto que se narra la historia de personajes relativamente conocidos pero sobre los cuales, por lo general, conocemos pocos detalles. Son personajes que se quedaron al borde de la historia más espectacular de España, los años previos a la Guerra Civil, a los que tan poca atención presta la narrativa -sobre todo si la comparamos con la atención que merecen los años de la contienda y sucesivos- y que, sin embargo, resultan particularmente interesantes desde el punto de vista intelectual, puesto que antes del manierismo de la Guerra Civil, España se había convertido en caldo de distintos cultivos ideológicos, mucho más complejo que las dos Españas que luego tanto empeño ha habido en fosilizar.

Naturalmente, cuando hablamos de "caldo de distintos cultivos ideológicos" no nos referimos a un escenario de debate político, sino a un escenario de puesta en práctica -por las buenas o por las malas- de una serie de principios políticos llegados de Francia, Alemania, Inglaterra y hasta Italia. Que inventen ellos.

Podríamos decir que son tres los personajes más representativos (en términos históricos, que no novelescos) de La justicia de los errantes. El primero, Buenaventura Durruti, el célebre líder anarquista de principios de siglo. El segundo, García Oliver, quizás el segundo líder anarquista más conocido a día de hoy, aunque buena parte de esa fama se deba, precisamente, a la menos anarquista de sus acciones: el tiempo que ocupó un ministerio en el gobierno que se oponía a la rebelión iniciada en África por el general Franco. El tercero es Francisco Ascaso, compañero de los dos anteriores en grupos como los "Solidarios" o "Nosotros". No resulta habitual, y seguramente no vamos a encontrarnos muchos casos en el futuro, que una novela sobre el anarquismo en los años veinte cuente con Durruti como actor secundario. Quizás sí haya casos en los que se incluya como una figura menor, cuando la trama transcurre demasiado lejos del famoso anarquista, pero, desde luego, es altamente inusual que ocupe un lugar importante, pero subordinado en la trama. Un gigante carismático es un segundón extraño.

La aclaración de Díaz de que no se trata de un libro de Historia y de que, por tanto, no se persigue una reconstrucción estricta de los hechos, es parte de lo mejor y lo peor de La justicia de los errantes. Por un lado, es innegable que el libro está sostenido por una estructura planificada y que la parte que se refiere a España está bien documentada. La decisión de convertir en protagonista a Ascaso, en lugar de Durruti, permite al autor una cierta libertad que, quizás, le habría salido más cara de utilizar a este, un personaje más conocido y, aún hoy, cargado con connotaciones de diferente signo en función del margen del espectro político en el que nos situemos. También cabe anotar en el haber de los aciertos narrativos la introducción de personajes, inoculando con especial precisión al antagonista y su mundo.

La novela, sin embargo, se ve lastrada en algunos momentos por decisiones que, da la impresión, tienen mucho que ver con el deseo de ofrecer una imagen acabada de la realidad histórica. Las apariciones de García Oliver, una vez que los "Errantes" se han separado de él en su huida, se justifican únicamente por la importancia histórica del personaje, pero no por su función dentro de la novela. Es curioso que sucede algo parecido con un personaje totalmente distinto, Valenzuela, el perseguidor de los anarquistas, un personaje que se deteriora notablemente a medida que se aleja de su función de contrapunto y que, en un momento dado, solo se justifica por el interés de dar a la narración una cierta simetría manteniendo el contrapeso del antagonista, aun a costa de forzar unas cuantas peripecias de este y el final climático de la novela.

Hay un momento de la estupenda novela de Eric Ambler La máscara de Dimitrios en el que el coronel Haki cuenta al novelista Latimer la que, considera, es una perfecta novela policíaca. Es una historia perfectamente racional y totalmente cerrada. Mientras el coronel relata su historia, cae en sus manos el expediente de una historia real que, a su juicio, sería un pésimo material de novela. Las razones de Haki son que mientras la historia que a él le gusta está perfectamente cerrada, la que cuenta a partir del expediente está llena de cabos sueltos. Naturalmente, a Lartimer le interesa más la segunda. Hay historias que casan mal con el orden.


Por Miguel Carreira