Juan José Laborda | Domingo 09 de septiembre de 2012
Esta semana se presentará en Madrid un libro sobre el pensamiento político de Mario Onaindía (1948-2003), una personalidad que representa bastante bien la generación que hizo posible el éxito de España en aquella época. Su autor, Fernando Molina Aparicio, es un historiador académico que ha hecho un minucioso –y acertado- estudio sobre las influencias intelectuales de Onaindía. Lo titula “Biografía patria” (Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012), y con ese rótulo, Fernando Molina quiere resumir cómo “la idea de la nación” condicionó la biografía personal de Mario Onaindía: él estuvo dispuesto a dar su vida por la “Patria Vasca” (cuando fue condenado en Burgos a morir fusilado), y al final de su vida, corrió parecida suerte cuando fue amenazado por ETA por defender la patria clásica, que encontró en la Constitución Española de 1978.
Yo tendré el placer y el honor de presentar ese libro, junto con Esozi Leturiondo, la viuda de Mario, Ramón Jáuregui, también testigo de su vida, y con el autor del mismo.
Al leerlo, en estas circunstancias poco esperanzadoras, se me han producido algunas comparaciones inevitables. Aunque entonces tuvo muchos componentes de horror y de maldición –“Onaindía justificó el terrorismo hasta 1980”-, la política fue la causa de su salvación moral. Y digo bien: “su salvación moral”, pues Mario Onaindía siempre tuvo un fondo mesiánico, que primero le llevó al seminario mercedario, luego a ETA, y después a su transformación radical como representante electo en el Parlamento Vasco y en el Senado, respetuoso de la ley y del pluralismo democrático.
La política no tuvo nada de frívolo en aquellos años. Surgía, en muchos casos como el de Onaindía, de lo más autentico de la humanidad de cada individuo, desde lo más miserable, hasta lo más sublime. En política –yo lo solía repetir a menudo-, no hay términos medios; los ejemplares humanos son los que definió José Ortega y Gasset: “o monstruos o estúpidos”.
La vocación política se alimentaba de ideas. Hubo siempre una concepción visionaria del futuro político que se apoyaba en “la Historia”, mientras que después lo hizo apoyándose en las “Encuestas de Opinión”. Esas visiones fueron, en muchos casos, erróneas (y Onaindía fue un crítico de sus propios errores), pero como procedían de su sinceridad intelectual, pudieron corregirse en muchos casos.
¿Cuál es la diferencia entre corregir errores en las ideas y errores derivados de las encuestas demoscópicas? Tiene que ver con la vocación política y con la sinceridad personal del político: cuando se corrigen errores ideológicos -errores que afectan a los principios fundamentales-, el que lo lleva a cabo se transforma moralmente, casi siempre a mejor.
Esa es la aventura de la política, la que nos ayuda a comprender que esa actividad, desde Aristóteles, es la más humana, la más elevada de unos seres racionales que sólo pueden vivir en sociedad. También tiene que ver con otra sinceridad. La que nos remite a Sócrates y a Kant: conciencia de que la verdad cambia con el tiempo, y que por eso, el respeto al adversario es siempre necesario.
Esto último nos sitúa en la política de este verano. ¿Por qué no es posible una colaboración entre los dos partidos gubernamentales? La canciller Merkel ha manifestado hace unos días que Alemania hizo duras reformas hará diez años. Cierto. ¿Cuál fue el comportamiento de los grandes partidos alemanes? Hicieron una coalición gubernamental. Hoy el sistema de partidos tiene allí una salud buena y su modelo constitucional goza de gran credibilidad en la sociedad alemana.
Aquí en España nos encontramos con que esa falta de colaboración partidaria ha llevado a unas elecciones anticipadas en el País Vasco y en Galicia. En Galicia, el resultado, desde el punto de vista de la estabilidad futura, no será mucho mejor que ahora. En el País Vasco –y esta será la última mención al ejemplo de Onaindía- los pronósticos son: o que el PNV forme gobierno con algún partido constitucionalista, o que nos encontremos con los amigos de ETA en el poder. ¿No se dieron cuenta el PSOE y el PP vascos que su ruptura conducía a ese dilema nefasto? La vocación política se alimentaba de ideas. Eso fue en el pasado.