Joaquín Albaicín | Domingo 09 de septiembre de 2012
Desde hacía unas semanas, teníamos en casa una de las películas que regalan los domingos con un diario y hoy, después de cenar, la hemos visto: “Atrapado en el tiempo”, una comedia protagonizada por Bill Murray y Andie Mac Dowell. Es la historia de un meteorólogo enviado a cubrir un evento en un pueblo –el despertar anual de una marmota que predice el tiempo- y que, por razones desconocidas, y como el título de la película indica… Pues eso: se queda inexplicablemente atrapado entre los márgenes de ese día.
Cada veinticuatro horas, despierta a la misma hora que la víspera, en la misma habitación del mismo hotel, pasa por los mismos lugares de camino a la cobertura del evento, se encuentra con las mismas personas… Al día siguiente, igual, con la particularidad de que es el único en recordarlo: las demás personas, actúan convencidas de que esa jornada no ha tenido lugar antes. El meteorólogo llega a adquirir tal conocimiento de los individuos con quienes se encuentra -quienes, a su vez, regresan cada veinticuatro horas al punto en que no le conocen de nada- que, finalmente, es capaz de vivir y hacer vivir a todos el Día Perfecto. Sólo entonces, el tiempo vuelve a correr para él, justo cuando acaba de conquistar el amor de una chica.
Es una amable, bonita y yo diría que no poca profunda moraleja acerca de cómo desperdiciamos cada día el tiempo y las circunstancias que éste nos brinda: pese a que casi todos solemos pasar a diario por los mismos lugares que el día anterior, charlar con las mismas personas, afrontar los mismos problemas y ejercer las mismas actividades, no somos lo amables, sinceros, desprendidos, generosos, inteligentes y bienintencionados que podríamos y debiéramos. El resultado es que quedamos entrampados en la maraña de nuestras propias inconsistencias mentales.
Pero esa maraña, tal como la película enseña, se puede romper. Es posible escapar de ella, dejarla atrás. De hecho, los protagonistas incluso deciden quedarse a vivir en el pueblo en cuestión, lo cual significa que todo es susceptible de ser regenerado, que el mismo escenario de nuestras penalidades, frustraciones y mentiras puede servir también de soporte a nuestras ilusiones, alegrías y bondades.
Evidentemente, se trata sólo de una película… No existen marmotas que vaticinen el tiempo.
¿O sí?