Opinión

Necesitamos un pueblo comprometido

David Ortega Gutiérrez | Martes 11 de septiembre de 2012
La vida es un constante crecer y adaptación a las nuevas situaciones. Es bueno conocer los propios errores y limitaciones, para intentar paliarlos y evitarlos en la medida que se pueda. Diagnóstico y tratamiento es un procedimiento que no sólo es válido para las ciencias de la salud, a veces también puede ser muy útil para las ciencias políticas.

Considero que es poco discutible que en nuestra España actual algo falla, algo estamos haciendo mal para encontrarnos cómo nos encontramos. Vivimos en democracia desde el año 1977 en que se dieron nuestras primeras elecciones generales, después de casi cuarenta años de dictadura (1939-75) y una previa Guerra Civil (1936-39). La Constitución de 1978 ha sido nuestro marco de convivencia, resultado de una transición política que en líneas generales funcionó bastante bien, para lo que es nuestra trayectoria democrática y constitucional de los siglos XIX y XX. En resumen, el pueblo español ha tenido su oportunidad de organizarse y desarrollar su vida política en libertad. Hemos sido nosotros, básicamente -aunque vivimos en un mundo globalizado y desde 1986 pertenecemos a la Unión Europea-, quienes nos hemos conducido hasta aquí. Es lógico pensar que “alguna responsabilidad” tendremos como pueblo y sociedad civil de cómo y por qué nos encontramos en la presente situación, y sería absurdo, infantil e irresponsable pensar que toda la culpa de nuestras desgracias y dificultades viene de fuera.

El pueblo español, que en estos años ha mejorado en muchas cuestiones: estimo que somos más tolerantes, convivimos mejor entre nosotros, somos menos ideológicos y más prácticos, más plurales y abiertos, tenemos más conocimiento de las cosas; sin embargo, sigue fallando en algo vital y esencial para el buen desarrollo democrático: el concepto de lo público, de la vida en común, del interés general por encima de los particularismo o el propio interés. Estimo que a los españoles nos falta tener más en nuestra cabeza el concepto de Estado, fruto de un proyecto común en el que el interés general es más que la suma de cada uno de los intereses particulares.

Posiblemente nuestro Estado del Bienestar, que ha funcionado estos treinta años razonablemente bien, se está empezando a resentir de forma importante por qué hemos abusado de él, no hemos sido sensatos y responsables en la gestión del mismo. Nuestro gasto público ha sido desmesurado, y en muchos casos ineficaz y absurdo, en caras obras o inversiones innecesarias y difíciles de mantener (aeropuertos, tren de alta velocidad, palacios, embajadas autonómicas en el extranjero, etc.). Podríamos decir que cuando han venido los tiempos difíciles, que siempre llegan en la vida, los que peor tenían organizada su casa por dentro son los que más lo están sufriendo. Por eso toca pensar, reflexionar, analizar en qué hemos fallado para tratar de salir de esta situación y aprender la lección.

Nuestra clase política de los últimos años no ha estado especialmente acertada, decisiones importantes y trascendentales como las que afectan a nuestro sistema bancario y financiero -especialmente Cajas de Ahorro- y al desarrollo de nuestro Estado autonómico han sido profundamente equivocadas, los hechos están ahí. En nuestra democracia es vital que mejoren nuestros cuadros políticos y eso sólo puede suceder si el pueblo español actúa en consecuencia de forma madura y responsable. Si no te gusta lo que hay, habrá que cambiarlo con inteligencia y sensatez. La representación política tiene que recuperar su sentido de Estado en España. El interés general de 47 millones de personas tiene que ser siempre el último argumento de actuación política, si no es así, no iremos a mejor, todo lo contrario. Para ello el pueblo español tiene que exigir ese crecimiento y mejora a los partidos políticos, especialmente a aquellos que están en el ámbito nacional.

Todos tenemos que mejorar en nuestro sentido de Estado, para que no exista, por ejemplo, una economía sumergida de más del 20 %, esto nos lastra como país. Que nadie piense que nuestros principales problemas nos los van a solucionar desde fuera, no sólo es irreal, si no también infantil e irresponsable. Tenemos que corregir el orden interno de nuestro entramado público, mejorar la eficacia y sobre todo la eficiencia de nuestra Administración Pública, recuperar el sentido de servicio público. Cuando en España la mayor parte de los españoles sientan y estén convencidos de que lo público: nuestros hospitales, escuelas, universidades, carreteras, parques, farolas, etc., no es de nadie, sino de todos, habremos dado un paso importante, que como consecuencia inmediata nos llevará a exigir una clase política más cualificada para los nuevos tiempos que vivimos.