Demetrio Castro | Martes 11 de septiembre de 2012
La relación de la cultura de izquierdas con el juego y las industrias de ocio ha sido siempre algo extraña. Allá por el siglo XIX una de sus expresiones españolas, los partidos republicanos, incluía en sus programas la prohibición, por “inmoral y ruinoso”, del juego y la lotería, pero cuando un gobernador civil quería apretarles las tuercas mandaba a la policía a sus casinos para sorprender las timbas ilegales que en ellos solía haber. En los primeros años sesenta del siglo XX, cuando el turismo empezó a despagar como fenómeno social y sector económico boyante, los obispos contrarios a él por vehículo de relajación de costumbres encontraron un decidido aliado en el Partido Comunista. Su emisora oficial que emitía desde algún bastión de ejemplar libertad de expresión y pluralismo informativo más allá del telón de acero, prodigaba editoriales furibundos (bueno, esto es un pleonasmo: todos sus editoriales eran furibundos) contra la entrega al capital extranjero en forma de divisas de las playas, contra las costumbres degeneradas fomentadas por el capitalismo y contra la contaminación ideológica del proletariado nacional por visitantes ociosos y dispendiosos.
Cosas así vienen a la memoria ante el deliquio histérico que ha acometido a las voces más conspicuas de nuestra izquierda política y cultural (valga de nuevo el pleonasmo), al confirmarse que una empresa norteamericana del juego ha decidido instalar un gran complejo en las cercanías de Madrid. Vaya por delante que da rubor ver la actitud de lugareños de Villar del Río, el poblachón al que Berlanga puso a fantasear con la llegada de Mr. Marshal, con que otros han reaccionado. El asunto se antoja todavía muy verde respecto a qué, dónde, cómo y por quién se va financiar, pero con que su impacto económico llegase a la mitad de lo que se dice, está más que justificado el interés de que el proyecto salga adelante.
Lo que resulta curioso es el surtido de razones que esgrimen los contrarios, resumidas quizá en dos: el inversor es americano y contribuye económicamente al Partido Republicano, y lo que se proyecta tiene su modelo en Las Vegas. Ambas razones son inconsistentes; seguro que si el inversor fuese Soros, pródigo financiador de la izquierda de su país, los reparos se esfumarían. Y respecto a Las Vegas se maneja una imagen tópica tomada de caricaturas cinematográficas. Por eso, con gazmoñería puritana muy regocijante de ver en quienes habitualmente claman contra cualquier objeción en este terreno, se anuncia que lo que puede crecer junto a Madrid es una versión estragada de Sodoma y Gomorra, llena de ludópatas, hampones y putaísmo que hará de la capital una ciudad sin ley ni seguridad. Una pena, porque de todos es sabido que en Madrid ni noticia hay de qué es prostitución ni jamás se ha abierto un bingo o un casino. En Las Vegas o en North Las Vegas hay áreas dónde cualquier persona prudente no se adentraría, como en Madrid o Paris, pero no es un sitio particularmente azotado por la criminalidad. Excepto para las compañías de seguros, con ideas claras al respecto que reflejan en sus pólizas, en los Estados Unidos no es fácil establecer comparaciones en este campo porque no todos los estados ni todas las ciudades usan los mismos criterios para la cuantificación de delitos, pero Las Vegas ocupa, según los datos más fiables, los del FBI, una posición intermedia en cuanto a delitos violentos y contra la propiedad, muy lejos de las tasas de Miami, Baltimore o Detroit y una de las más bajas entre los estados del sur, sin nada que ver con las cifras de muertes violentas disparadas últimamente en la cuna política de Obama, Chicago, celosamente disimuladas por su compañero político, el alcalde Rahm Emanuel. En los hoteles y casinos de Las Vegas, en los restaurantes, los espectáculos y en las avenidas, se ve de todo, desde familias de vacaciones a parejas de recién casados, excursiones de clubs de veteranos y convenciones de empresas, también, naturalmente, gentes en busca de emociones fuertes y placeres más o menos prohibidos pero nada que se parezca a un desenfreno general ni a una ciudad peligrosa.
Como el gran argumento que hace apetecible el establecimiento de ese complejo en el que los casinos serían parte importante es el de su beneficio para el empleo, los detractores han aducido triunfales que en Las Vegas los niveles de paro son altos. Tal vez por desinformación o propensión a mentir diciendo la verdad sólo a medias se tergiversa la realidad en esto. Nevada tiene una tasa de paro unos puntos superior a la media nacional, pero ese paro se concentra especialmente en la capital, Carson City, y no tanto en Las Vegas o Reno, y sobre todo, el sector del ocio y la hostelería está por debajo de la media nacional y no pierde empleo. Nevada, “the Silver State”, es un territorio estéril en gran parte de su superficie que prosperó gracias a las minas de plata casi agotadas justo antes de la Gran Depresión. Si su economía no se colapsó fue porque descubrió dos grandes recursos: los divorcios rápidos y baratos y el ocio basado en los juegos de azar. Dos cosas moralmente controvertibles pero con amplia demanda y que razonablemente ordenadas proporcionaron y siguen proporcionando empleo y bienestar a mucha gente sin menoscabo del interés general. Cualquiera preferiría que a Madrid, o a otro lugar de España, fuesen a instalarse industrias de nanotecnología o de biotecnología pero pocos de los requisitos que demandan pueden proporcionarlos las condiciones de la economía y la sociedad que tenemos. Exaltarse con prejuicios y actitudes ludditas poniendo obstáculos a hacer algo digno, socialmente rentable y lícito es escupir al aire para que nos caiga en la cara a todos. Y ya lo dijo el clásico: que prosperen ellos, nosotros pobres pero decentes.