Enrique Aguilar | Miércoles 12 de septiembre de 2012
Al distinguir tres formas de gobierno posibles, la república (en sus variantes democrática y aristocrática), la monarquía y el despotismo, Montesquieu les atribuyó respectivamente una naturaleza y un principio. Por “naturaleza” entendía la estructura particular de un régimen, lo que lo hacer ser; por “principio”, aquello que lo hace obrar, las pasiones humanas que lo mueven.
De esta manera, Montesquieu sostenía que el principio de la república democrática era la virtud (definida como el amor a la patria y a las leyes), el de la república aristocrática la moderación, el de la monarquía el honor y, por último, el del régimen despótico el temor.
Precisamente porque la naturaleza del gobierno despótico “requiere de una obediencia sin límites”, el temor es necesario para mantener a todos los ánimos “abatidos” y extinguir “hasta el menor sentimiento de ambición”. Tal el sustento de un hombre “a quien sus cinco sentidos le dicen continuamente que él es todo y que los demás no son nada” y que, habituado a no encontrar resistencia alguna a su paso, “casi siempre actúa llevado por la cólera o por la venganza”.
Montequieu añade que si el principio del despotismo es el temor, su fin es la tranquilidad, pero no asimilada a la paz sino al “silencio de las ciudades”. Una construcción hecha de poder desnudo, impulsividad y sometimiento que se contrapone visiblemente a esas otras formas moderadas que, en una época todavía resignada al despotismo, se le revelaban más bien como “una obra maestra de legislación, que el azar consigue rara vez y que rara vez se deja en manos de la prudencia”.
En una reciente alocución, Cristina Férnandez de Kirchner señaló: “Sólo hay que tenerle temor a Dios y a mí, en todo caso, también un poquito”. Habría que agradecerle a la presidenta semejante exhibición de franqueza. A la luz de la tipología que acabo de recordar, creo que, sin quererlo, nos está diciendo mucho.