Opinión

Cospedalis encomium como genitivo objetivo

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 14 de septiembre de 2012
Por fin un político, una mujer político, ha propuesto lo que el pueblo presuntamente soberano venía diciendo desde que comenzó la crisis: la reducción presupuestaria no sólo debe hacerse a costa de los funcionarios y los recortes a los derechos sociales, sino también a costa del presupuesto que disfruta la hasta ahora desvergonzada clase política española. Ella, primera responsable de esta crisis económica, debería haber sido, por mínima dignidad, la primera que sufriera la necesaria medicina del ahorro público que ella impone desaprensivamente al resto de los ciudadanos. La crisis, a través hoy de la voz de María Dolores de Cospedal, comienza a hacer distingos entre el uso y el abuso del Presupuesto público destinado a la enorme clase política. ¡Bravo por Cospedal, que manifiesta con su propuesta un mínimo de sensibilidad del que carece el resto de la tropa política! O di immortales! Ubinam gentium sumus? Quam rem publicam habemus? Los representantes del pueblo han sido durante demasiado tiempo los chulos del Estado, los propietarios de la finca pública de la que se llevaban las flores que querían como en los antiguos despotados otomanos. Pero la crisis, la presente crisis puede hacer añicos todo su nauseabundo sistema criminal de partidocracia. Y la demanda de Democracia parece incontestable. La Democracia se hace inevitable. Es cierto que la primera democracia del mundo, la Democracia Ateniense, pagaba en sus mejores épocas dos óbolos por la participación política asistiendo a la Asamblea, y que a los miembros de los jurados o dikesteria les pagaba tres óbolos, y a los bouleutaí hasta un drachma, y a los prítanos les daba alojamiento durante su gobierno de 35 días, pero todos estos emolumentos ( misthoí ) no pasaban de ser una ayuda para la alimentación ( con un óbolo sólo podías comprar kilo y medio de pan en la época de Clearco ), y no un salario como tal. Se cobraban realmente dietas, como quiere ahora instaurar la revolucionaria presidenta de Castilla-La Mancha, y no salarios impuestos por la propia codicia de los políticos. Y ya entones el hecho de aquellas pequeñas dietas fue visto como un factor de corrupción por los ciudadanos más conservadores, como el anónimo autor de la Athenaíôn Politeía.

Durante la República Romana el ejercicio de la política era lo contrario a una profesión; era un honor y, por ello, carente de salario, que a juicio de los primeros republicanos, la hubiese envilecido. Con la llegada del Imperio, los miembros del “Cursus Honorum” comienzan a cobrar grandes estipendios; es decir, cuando su poder ya era inane se les da un sueldo de rey. Su sueldo aumenta sin cesar hasta Constantino que, otorgando un “salario de soberano persa” al cónsul de Constantinopla, lo transforma por completo en una figura decorativa. Cuanto menos poder tenían los representantes del pueblo, tanto más grandes eran los sueldos y prebendas de que gozaban y con las que se corrompían y corrompían el cargo. Había que cebar bien a las antiguallas republicanas a fin de que el poder estuviese en manos de unas cuantas familias.

La Revolución Americana, que instaló la primera Democracia moderna, nunca profesionalizó la política, y los padres fundadores, como Hamilton, Adams, Madison, Jackson, Franklin o Jefferson no vivieron de la política, sino del libre comercio y el ejercicio de la abogacía.

Mª Dolores de Cospedal, al desvincular el sueldo del ejercicio de la política, está haciendo algo absolutamente revolucionario, que es abrirla a todos los ciudadanos, independientemente cuales sean sus profesiones “verdaderas” ( de salchicheros a críticos de Arte ). Y es de sentido común que en una Democracia sensu stricto los emolumentos de los que hacen política sólo pueden entregarse en forma de dietas, como los ciudadanos que forman una mesa electoral o un jurado. Y digo algo revolucionario, porque sería sencillamente instaurar la Democracia, y liberar a la cosa pública de tantos amos chulos que la tienen secuestrada. Esperemos que las palabras de Cospedal no acabe siendo un mero y hueco ejercicio de humo con el que fabricar una pantalla que nos oculte la realidad presente en su total crudeza. En sentido puramente técnico, en una Democracia no pueden existir políticos profesionales; sería un contrasentido. Un político sin profesión al margen de la política demuestra sólo que la sociedad civil ya hace tiempo que lo considera un fardo inútil, que no lo desea incorporar a ninguna de sus actividades económicas.