Opinión

Cataluña: dos desafíos diferentes

Juan José Laborda | Domingo 16 de septiembre de 2012
La manifestación independentista y las posteriores declaraciones del presidente de la Generalitat, Artur Mas, han incrementado el pesimismo sobre nuestro futuro. Un antiguo ministro de Felipe González me recordó la opinión de Fernando Abril Martorell, vicepresidente con Adolfo Suárez, quien se refirió a ese nuestro característico pesimismo: “Cada cierto tiempo este país enloquece”. Con ello se quejaba de un problema que esta semana se convirtió en algo grave: el nacionalismo catalán se siente con fuerza para intentar la secesión.

Por seguir utilizando los tópicos, en Cataluña, abandonado “el seny”, parece haber entrado en “la rauxa”: de la “cordura” al “arrebato”. El arrebato es romántico, y “la rauxa” es la fuerza rabiosa creadora de sentimientos nacionales. El nacionalismo catalán brota de sentimientos propios de la derrota. Los catalanes han sido vencidos siempre por fuerzas poderosas, externas a Cataluña, casi siempre con engaños. El noble catalán es una víctima de su buena fe; por eso el campesino es la imagen idealizada de un pueblo siempre engañado. Según esa narración, con el 11 de septiembre de 1714 empieza una cadena de derrotas; las últimas, el fallido “Estatut” y el rechazo al propuesto “pacto fiscal”. Artur Mas sentencia otra vez (y no será la última): los catalanes fracasaron intentando que “el Estado español fuese amable y Cataluña pudiese encajar bien”; “Cataluña necesita un Estado propio”.

Lo preocupante no es el número de manifestantes, sino lo que Artur Mas manifestó al día siguiente de la Diada: no hay salidas al conflicto por él promovido: el Gobierno de la Nación no puede conceder el llamado “pacto fiscal” y entonces los nacionalistas pedirán un referéndum para lograr la independencia de Cataluña. Plantea una “aporía”; y desde el teatro clásico eso significa que se busca entrar en la “tragedia”.
Algunos analistas han sostenido que Artur Mas se encuentra arrastrado por un movimiento que se le fue de las manos. Mi opinión no coincide. El presidente de la Generalitat se comportará como un héroe romántico; su referente serán más el “conseller en Cap” (de las leyendas) Rafael Casanova (1660-1743), y el presidente republicano Lluis Companys (1882-1940); más que Francesc Cambó (1876-1947) o el presidente Jordi Pujol (mientras ocupó el cargo). Un tecnócrata que será un héroe a lo Thomas Carlyle; Artur Mas puede parecerse a Juan José Ibarretxe.

Se ha puesto en marcha la mecánica social de “la gran frustración”.

Hasta ahora sólo existe pesimismo ante las circunstancias. Entramos en la tragedia: el destino se impone a la inteligencia política.

¿Puede invertirse ese fatalismo del destino? Creo (y lo desconcertante es que nos aferremos a la fe y no a la razón) que existen medios para lograrlo. Es necesario recuperar el prestigio de la política y de los representantes elegidos. La sociedad civil –si es que todavía es capaz- tiene que hacerlo, eso sí, exigiéndoselo a los partidos políticos. ¿Quién coge la linterna de Diógenes para buscar a la persona que empezará a moverse?

Debería comenzar con un compromiso sincero con el texto y el espíritu de la Constitución de 1978. ¿Es posible creer aún en el consenso? Una vez despejada esa incógnita, no se puede ceder ante las reivindicaciones contrarias a la Constitución, que plantearán los líderes nacionalistas. La prioridad no es señalar quién tuvo la culpa de la situación actual en Cataluña. Unos porque se negaron a las reformas necesarias, que fueron tachadas de cesiones a los nacionalistas y a los terroristas; los otros porque reformaron los Estatutos sin tener en cuenta sus implicaciones para el Estado. Faltó visión general y parcial: por eso no hubo consenso desde que comenzó este siglo.

Ahora ha llegado el momento, no de discutir o negociar imposibles con los nacionalistas, sino de convencer al pueblo español que son posibles reformas de nuestra planta constitucional, las verdaderamente necesarias. Los nacionalistas querrán que el Gobierno y la Oposición se peleen por eso. Los constitucionalistas deberán evitarlo. Tendrán que convencer a este pueblo escéptico que su entendimiento recíproco, que sus acuerdos reformistas de fondo, son sinceros y posibles. Si surge ese impulso reformista, sustentado en un nuevo consenso (como requiere nuestra tradición constitucional), se encontrarán respuestas a la altura de nuestra reciente cultura democrática. Se dará una respuesta políticamente ilusionante al desafío nacionalista, ilusión movilizadora que será muy potente incluso en las Comunidades donde operan fuerzas separatistas. Y además, con esas reformas institucionales, daremos sentido a los sacrificios económicos actuales, y volveremos a merecer el crédito político (y económico) como nación fiable en el Mundo.

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