Opinión

Italia, entre el Monti-bis y el rescate

Martes 18 de septiembre de 2012
Desde que Mario Monti asumiera la Presidencia del Gobierno italiano, la suerte del país ha cambiado radicalmente así como su protagonismo dentro de la Unión Europea. Mayor credibilidad internacional, reformas económicas y recortes presupuestarios, han contribuido a mejorar la situación nacional, alejando un pasado tan cercano como nefasto. Italia cuenta con mayor protagonismo dentro de las instituciones europeas y participa activamente en las decisiones políticas europeas. Aún así, queda mucho camino y la situación económica del país sigue siendo grave, tanto que aún no puede descartar la posibilidad de pedir un rescate. Si en el caso de España el miedo al rescate parece determinado por el hecho de conllevar, posiblemente, un alto coste político-electoral, en Italia se rehúye de ello por su consecuencias psicológicas. Se considera el rescate como un drama, un funesto acontecimiento que se debe evitar a toda costa. Además, el rescate se interpreta como una pérdida de soberanía nacional a favor de la troika UE-BCE-FMI, y una mayor influencia de los organismos supranacionales.

Esta postura resulta errónea. Pedir un rescate –blando o soft, expresiones adoptadas periodísticamente para “rebajar” su gravedad- no es un drama, sino una decisión tomada en interés del país, buscando las mejores condiciones, las menos gravosas. Si Italia u otro país de la Europa mediterránea siguen en crisis y esta se agrava, la posibilidad de pedir un rescate, no puede ser una hipótesis a descartar a priori. Los gobernantes deben proponerse como objetivo el crecimiento y el saneamiento de las economías nacionales, utilizando todos los mecanismos disponibles, tomando sus decisiones en interés del país y según las necesidades del este.

Y mientras en Italia se debate sobre el rescate, se acercan las elecciones generales de la próxima primavera. Monti encabeza un gobierno de tecnócratas y, en repetidas ocasiones, ha manifestado su deseo de volver a la vida académica, descartando la hipótesis de un Monti-bis. Los Gobiernos técnicos son episódicos y limitados en el tiempo: el Presidente Napolitano acudió a Monti para dar un giro político al país. En el futuro, cabe esperar que la clase política italiana haya aprendido de sus errores y asuma sus responsabilidades tras esta etapa en la que se ha negado a pagar el coste político de gestionar la crisis, delegando en los tecnócratas la aprobación de las medidas más duras y de mayor coste electoral. Los partidos políticos, por miedo a las urnas, han apoyado cínicamente a este Gobierno, desmarcándose de sus decisiones más criticadas y apuntándose sus aciertos. No obstante, cara a las elecciones de 2013, los partidos italianos necesitan replantearse su identidad, refundar su modelo político (posiblemente mejorarlo), reflexionar y ejercer una constructiva autocrítica de los acontecimientos de los últimos años. No se trata de reavivar viejos símbolos o planteamientos antieuropeos anacrónicos, ni de caer en la tentación populista: los partidos, desde la derecha hasta la izquierda, deben reflexionar sobre los errores cometidos y planear nuevas estrategias para enfrentarse a los retos del futuro. De momento, los políticos no parecen preparados para el 2013, cuando, en teoría, Mario Monti debería terminar su mandato. Quedan unos meses para renovarse y madurar: esta juego el futuro del país y de toda Europa.

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