Miércoles 19 de septiembre de 2012
El incendio que ha provocado en el mundo islámico la proyección de parte de una película donde supuestamente se habla mal de Mahoma parece muy difícil de extinguir. Ayer lo avivaba el jefe del grupo chiita libanés Hezbolá, Hasán Nasralá, en una sorprendente aparición pública donde criticaba a Estados Unidos por la emisión de dicha película y les amenazaba con las consecuencias. No obstante, el jeque Nasralá equivocaba el objetivo de su ira; algo, por lo demás, consustancial al fundamentalismo islámico.
No es Estados Unidos -ni como país ni como gobierno- el responsable de todo este embrollo, sino el autor del filme en cuestión. Ha podido subirlo a la red igual que los islamistas suben sus soflamas. De hecho, hoy cualquiera puede colgar en internet lo que le parezca oportuno. Es un hecho que, si estuviera en su mano, Obama habría impedido que el vídeo en cuestión viese la luz. Ocurre que Estados Unidos es un país democrático donde no hay censores dedicados a investigar lo que piensa cada uno. Hay también leyes que persiguen quienes atentan contra el sentimiento religioso, sea el que sea. Y si los autores del filme son encontrados culpables en un proceso con todas las garantías, habrán de responder por ello. Eso sí es justicia, y no quemar embajadas ni asesinar a gente inocente, como ha pasado estos días en Egipto y Yemen.
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