Opinión

Del buen mahoma

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 21 de septiembre de 2012
El cristiano que en sus obras creativas se burla o desprecia a Mahoma es un mal cristiano. Podrá apelar a la libertad de expresión creativa su incuestionable derecho a ofender estéticamente, pero desde luego no a su condición de cristiano, que repudiará siempre esta conducta. Máxime, cuando Mahoma ha sido el no-cristiano que más ha alabado a Cristo y a la Virgen María, y que más ha querido a estos dos grandes amores y piedras angulares de la Iglesia Católica.

Mahoma se distinguía por su belleza, don externo que raras veces desprecia nadie, excepto aquél al que le ha sido negado. En las ceremonias familiares de la vida, jamás abandonaba la cortesía grave y ceremoniosa de su país; su respetuosa atención a los ricos y poderosos se ennoblecía con su condescendencia y afabilidad con los ciudadanos más pobres de la Meca; trató con la más elegante hospitalidad árabe a los cristianos y judíos que a menudo conversaban con él en su tienda; la franqueza de sus modales elegantes, su urbanidad siempre afectuosa y su general benevolencia le convirtió muy pronto en el más encantador miembro de la tribu de los Quraysíes. Tenía una memoria amplia y capaz, un ingenio natural y adecuado al trato social, una imaginación sublime y un juicio claro, rápido y decisivo. Era valiente de pensamiento y obra y, aunque probablemente sus proyectos fueron creciendo con sus éxitos, la primera idea que albergó sobre su misión divina tiene la huella de un genio original y superior.

Aunque de siempre exquisita afabilidad en el trato, Mahoma gustaba de grandes períodos de soledad. Los necesitaba ya desde muy pequeño, como una urgencia de su naturaleza soñadora. La soledad es la insoslayable escuela del genio. Desde su temprana juventud, Mahoma era aficionado a la contemplación religiosa; cada año, durante el mes del ramadán, se retiraba del mundo y de los brazos de Jadiya; en la cueva de Hera, a cinco kilómetros de La Meca, consultaba al espíritu del fraude o del entusiasmo cuya morada no se encuentra en los cielos, sino en la mente genial del Profeta. La fe que, con el nombre de islam, predicaba a su familia, a sus amigos – incluidos árabes y no árabes -, y a su nación se compone de una verdad eterna y de la ficción necesaria: HAY UN SOLO DIOS Y MAHOMA ES EL APÓSTOL DE DIOS. El credo de Mahoma está libre de sospecha o ambigüedad, y el Corán es un testimonio glorioso de la unidad de Dios. Su entusiasmo racional confesaba y adoraba en el autor del universo a un ser infinito y eterno, sin forma ni espacio, presente en nuestros pensamientos más secretos, que existe por necesidad de su propia naturaleza y que extrae de sí mismo toda perfección moral e intelectual. La misma interpretación del bien y del mal del zapatero filósofo Jakob Böhme, que se oponía a ese dios satánico creado por Calvino, tiene mucho de Mahoma aún siendo genuinamente cristiana.

La generosidad de Mahoma concedió a sus predecesores la misma credibilidad que reclamaba para sí, y prolongó la cadena de inspiración desde la caída de Adán hasta la promulgación del Corán. A lo largo de ese período, ciento veinticuatro mil elegidos, seleccionados por su virtud y gracia, recibieron algunos rayos de luz profética; fueron enviados a trescientos trece apóstoles con el encargo especial de arrancar a su país de la idolatría y del vicio; el Espíritu Santo dictó ciento cuatro volúmenes, y seis legisladores de inteligencia trascendental anunciaron a la humanidad las seis revelaciones sucesivas de ritos diversos pero una sola religión inmutable. Éstos son Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesucristo y Mahoma. La misma historia milagrosa de Moisés aparece consagrada y embellecida en el Corán, y los judíos pueden vengarse de su cautividad con el placer de ver cómo sus dogmas han sido adoptados por naciones cuyos símbolos de fe más recientes desprecian. Esto es, los árabes que odian a los judíos odian también los sentimientos del mismo Mahoma hacia ellos.

El profeta enseñó a los mahometanos a guardar una misteriosa reverencia por el autor del cristianismo. “Sin duda Jesuscristo, hijo de la Virgen María, es el apóstol de Dios, y su palabra, que Él envió a María, y un espíritu procedente de Él: honorable y santísimo en este mundo y en el venidero, y el más cercano a la presencia de Dios”. La propia Iglesia latina no ha desdeñado tomar prestado del Corán el dogma de la inmaculada concepción de la Virgen Madre de Jesús.

Es decir, no sólo no es propio de un cristiano insultar a Mahoma, sino que es una aberración que atenta a un mínimum de cultura religiosa. Dicho esto, la estupidez de un solo cristiano – a quien un régimen de libertad debe permitir decir majaderías, so pena que los demócratas instauremos a un vigilante que distinga entre majaderías y sensateces, cosa peligrosísima de la que ya Benjamín Constant nos previno – no puede justificar la guerra a muerte que están llevando a cabo las hordas salvajes más fanáticas del mundo musulmán contra el mundo cristiano, que ayer lincharon a Gadaffi, y hoy los mismos salvajes linchan al embajador norteamericano en Libia – supongo que ya no con la complacencia interesada de los franceses -. Los intelectuales franceses no se comportaron de un modo muy intelectual cuando “justificaron” y promovieron la llegada al poder de estos salvajes. Y es que suele ocurrir que nunca hay menos inteligencia que en la “intelligentsia” orgánica y subvencionada. Y Occidente pagará en cabeza propia esa absoluta falta de inteligencia en la inteligentsia.

Para acabar, es indecente e imperdonable ridiculizar a un genio que tantos cientos de millones de seres humanos aman, pero una vez que el mismo Occidente coincide con los mismos musulmanes en el ataque contra el buen gusto que ha supuesto la película sobre Mahoma, es incomprensible – a no ser que alguien hubiese preparado conscientemente “este” escenario – y en sentirse él mismo ofendido por la nefanda película, cualquier ataque a Occidente por este hecho es un álibi mendaz y criminal.

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