Opinión

El Mar de Alborán, ¿Nido de inmigrantes?

Víctor Morales Lezcano | Viernes 21 de septiembre de 2012
En un pasaje de su introducción geográfica al mundo mediterráneo, Braudel describió como sigue la Mancha del Mediterráneo, o angostamiento progresivo de las cuencas litorales de este mar a partir de Orán y Almería. Léase, a continuación, cómo el maestro de la Historia anotó el hecho:

El extremo del Mediterráneo occidental es un espacio autónomo, angosto, aprisionado entre tierras y, por tanto, más propicio a la apropiación humana: es el “canal” mediterráneo que va desde el estrecho de Gibraltar, al oeste, a esa línea que se puede trazar a grandes rasgos de Valencia a Argel. Esta “Mancha” alargada que va de este a oeste es relativamente fácil de franquear en dirección norte-sur. No es una barrera líquida que se levanta entre la masa continental del mundo ibérico y la del mundo norafricano, sino un río que une más que separa, y hace del África del Norte y de Iberia un solo mundo, un “bicontinente”.

De esta manera, el estrechamiento del Mediterráneo en su extremidad occidental conduce el cauce de este mar al estrecho de Gibraltar, hendidura líquida que parte dos continentes y hace de embocadura al Atlántico. Precisamente, en el centro de la “Mancha”, se sitúa el mar de Alborán, a 35 grados norte y a 3 grados de longitud este aproximadamente. Se trata de un mar profundo en sus inicios, tutelado por los cabos de Gata (tan en boga turística últimamente) y Tres Forcas (ya en la costa rifeña de Marruecos) y que alberga en su seno algunas islas, peñascos y rocas que han constituido puntos de referencia náuticos para navegantes de todas las épocas.

En la Antigüedad, el mar de Alborán y su “cuello de botella”, el Estrecho, fue celebrado inveteradamente, según cuenta la leyenda, como sede del dios Hércules, donde luego de vencer a los tres Geriones, delimitaría el marco de actuación histórica con un apodíctico lema: Non plus ultra.

Cuando emergemos del mundo de los tiempos antiguos y nos instalamos en el siglo XV, el pulso ofensivo-defensivo entre el Islam y la Cristiandad nos hace descender a la frontera hispano-berberisca en las aguas y el litoral de Alborán, punteado por motas insignificantes. Primero, encontramos el peñón de Vélez de la Gomera (hoy “peninsulita”), que fue capturado por una escuadra española en 1508; luego el de Alhucemas, y finalmente, el mini-archipiélago de las Islas Chafarinas. Todos fueron pasando a manos de destacamentos militares españoles, lo que en nada puede extrañar cuenta tenida del propósito regio de fijar una frontera cristiana versus las incursiones de navíos otomanos y berberiscos en aguas de Alborán durante los siglos XVI-XVIII.

Así, sucedió que en 1560 el sultán Muley Abdalá (dinastía saadí) entregó el peñón de Alhucemas a Felipe II para facilitarle la contraofensiva anti-otomana, tan temida en los reinos de España como en los de Fez, Marraques y Tarudante. Hubo momentos en que la población de Alhucemas superó los 300 habitantes. Fue penal y destino desolador para desterrados. Así lo recoge Madoz en su célebre Diccionario. Actualmente es sede permanente de algunas fuerzas militares españolas, adscritas a un regimiento de artilleros.

En cuanto al micro-archipiélago de las Chafarinas (topónimo, a lo que parece, procedente de la lengua árabe Al Y´far, que significa ladrón) cabe recordar que fueron ocupadas en enero de 1848 en un golpe de mano que capitaneó el general Serrano, luego Duque de la Torre. Fue así como aquella tierra de nadie pasó a ser sede de una extra-vagante guarnición de tropas regulares. Se impone consignar aquí que, debido a la fauna y las especies avícolas que habitan este archipiélago, Chafarinas se ha ganado la mención de Lugar de Importancia Comunitaria-Red Natura 2000.

Al doblar la península de Ceuta, en el eje divisorio entre el Mediterráneo y el Atlántico que marcan esta ciudad autónoma española y la roca de los ingleses (Gibraltar), se halla situada otra isla deshabitada, de soberanía política sub iudice, y que dio mucho que hablar entre 11-21 de julio de 2001. Su nombre en castellano es Perejil, cuya etimología aparece a veces relacionada con Pérez Gil. Los marroquíes la llaman Laila y a veces Tura.

El sencillo cuadro físico, natural, que se ha trazado antes, sólo pretende situar con claridad al ajetreado ciudadano de nuestros días en el marco marítimo y territorial de Alborán.

Flash de actualidad: obedeciendo a la ley del recurso permanente a la evasión, 89 inmigrantes subsaharianos ocuparon dos peñascos deshabitados, próximos a Alhucemas, en la semana del 29 de agosto al 2 de septiembre. El entendimiento entre las autoridades marroquíes y españolas facilitó el desalojo de los “intrusos”, que fueron trasladados a Melilla y, ulteriormente, abandonados a su suerte desde la ciudad fronteriza de Ujda hacia los territorios de soberanía argelina. (Se sospecha que los inmigrantes partieron originariamente desde Argelia en dirección al mar de Alborán). La devolución de estos desafortunados a la provincia del oriente marroquí no es sino un “revés” de raqueta que ha ejecutado Rabat. Han circulado, en múltiples publicaciones periódicas, ecos de censura con respecto a la probidad jurídica de las medidas adoptadas por los ministerios de Interior en Madrid y Rabat, con los inmigrantes que se aposentaron brevemente en los peñascos de Isla de Tierra, e Isla de Agua. Más allá del enfoque jurídico y humanitario que reclama el hecho de marras, no ha faltado quien se ha planteado aquello de qué utilidad estratégica sirven los micro-accidentes territoriales que flotan en el mar de Alborán.

Como puede comprobarse en el campo de juego hispano-marroquí, una vez más, le es muy aplicable el estrambote que todos aprendimos de escolares: “cuando no son pitos, flautas; cuando no son flautas, pitos”.