Pedro González-Trevijano | Martes 25 de septiembre de 2012
Hay pocos momentos históricos tan apasionantes desde un punto de vista político y constitucional, no exentos tampoco de interesantes manifestaciones artísticas, como la fundación de los Estados Unidos de América; y, en particular, la relevancia de los denominados Founding Fathers, los Padres Fundadores de la nueva y desde entonces imparable Nación americana. En momentos en que la ciudadanía, de aquí o de allí, de Europa o América, mira con resignación la pobreza intelectual y el escaso compromiso de muchos de sus políticos, produce una envidia más que justificada la grandeza de los Washington, Adams, Madison, Jefferson, Hamilton y Franklin. Un ramillete de portentosos personajes, sobresalientes por su inequívoco liderazgo, pero dotados también de un admirable bagaje intelectual, que desborda la mera acción pública: la caballerosidad y bonhomía de Washington; la retórica y el discurso jurídico de Adams; el preeminente papel de Madison en la elaboración de la Constitución de 1787; la extensa presencia de Hamilton en la vida política americana hasta su muerte violenta en un duelo con el vicepresidente Aaron Burr; la inigualable elegancia de la prosa de Jefferson; y la inventiva de Franklin. Todos merecedores del mejor juicio de los hombres de entonces y de hoy. Todos ellos merecedores del mejor recordatorio de sus obras. Es fácil entender la admiración del implacable Gore Vidal, azote de la actual sociedad americana, en La invención de una Nación.
Entre ellos destaca, quizás, como ningún otro, el hacendado y culto terrateniente virginiano de Monticello. Me refiero, como habrán adivinado, a Thomas Jefferson. Su labor fue gigantesca en aquellos años. Primero durante el agitado proceso de la independencia de las trece colonias americanas de la metrópoli británica, y, más tarde, en la constitución de la nueva Nación. De aquí el interés y la oportunidad del reciente artículo del historiador Gabriel Jackson, y su más que ingenioso y revelador título: “El Dr. Jefferson y Mr. Thomas.” Tres son sus grandes aportaciones en la vida pública americana de finales del siglo XVIII y principios del siglo XX: la redacción de la Declaración de Independencia de 4 de julio de 1776, el Estatuto de Libertad Religiosa del Estado de Virginia de 1779 y 1786 y, al menos para un universitario, la fundación de la Universidad de Virginia en 1819. No es casualidad que sean estas tres acciones las que él ordenaba recoger expresamente en la lápida de su tumba.
Pero hay otras acciones del ilustre hombre que justifican un debido recordatorio: su conocimiento de los clásicos, del pensamiento de la Ilustración y de la literatura francesa e inglesa; su eficiente acción diplomática como embajador en París; la constitución de un avanzado Partido Democrático-Republicano, que veía como el único antídoto eficaz contra las pretensiones centralistas y monárquicas de los Federalistas; su pasión por la arquitectura y el diseño, incluido el paisajístico, en su finca de Monticello; la compra del Estado de Luisiana, aprovechando las dificultades económicas de la Francia napoleónica, lo que supuso la apertura de los cauces fluviales del Misisipi y el Missouri a las nuevas tierras y asentamientos; la construcción de diversos instrumentos técnicos, ya fuera en el campo de la ciencia, como de la agricultura (nuevos arados); su exhaustivo conocimiento de la botánica y de las técnicas de explotación agrícola; su pasión por la música (era un dotado violinista); y su interés por el ejercicio físico, la nutrición y la dieta. Toda una panoplia, racionalizadora y sistematizada hasta el extremo, de las mejores virtudes públicas y privadas de un hombre culto, refinado y adelantado. En suma, la cara amable, siguiendo el título el artículo de Jackson, del Doctor Jefferson.
Pero Jefferson tenía, como todos los hombres, ¡por más que nos pese a sus admiradores!, una cara menos admirable: ideológicamente contrario a la esclavitud, mantuvo sin embargo su colonia de esclavos; pretirió el papel de las mujeres en la vida pública, a las que deseaba recluir a las labores domésticas; sus agrios enfrentamientos con Hamilton en el primer gobierno del general Washington, sus conspiraciones contra Adams y sus encontronazos con Monroe; y la vergonzosa ocultación de su relación con la esclava Sally Hemings. Esto es, la cara menos amable de Mr. Hyde. Pero quedémonos con la mejor cara. La recogida en los elegantes retratos y obras históricas del momento de los John Trumboll, Rembrandt Peale, Mather Brown, Charles Wilson y Gilbert Stuart. ¡El Doctor. Jefferson lo merece sobradamente!