David Ortega Gutiérrez | Martes 25 de septiembre de 2012
Estamos viviendo un tiempo raro y complejo, que precisa de un poco de reflexión para que cada cual se pueda formar su propia composición de lugar, e intentar evitar así las siempre peligrosas manipulaciones. Intentaremos centrarnos en hechos, dejando las valoraciones al lector.
Uno. España ha sido una Nación de historia política y constitucional complicada, en la que la estabilidad y el respeto al Estado de Derecho han brillado por su ausencia. Ocho textos constitucionales (el de Cádiz de 1812, Estatuto Real de 1834, C. Liberal de 1837, C. Conservadora de 1845, C. Progresista de 1869, C. de la Restauración de 1876, C. de la II República de 1931 y, por fin, Constitución de 1978), tres guerras civiles en el siglo XIX y una especialmente terrible en el siglo XX, varios golpes de Estado, diversas dictaduras militares, la de Franco de casi 40 años; así lo atestiguan. Las Jefaturas del Estado tampoco han funcionado excesivamente bien en este tiempo, salvo el reinado de Juan Carlos I, que brilla con especial luz, dados los 37 años de progreso y paz que en él hemos vivido. Los hechos y vivencias hay que ponerlas en su contexto e iter histórico para poder valorarlos en su medida. Juan Carlos I ha sido nuestro primer monarca constitucional, lo que los ingleses consiguieron a finales del siglo XVII en las personas de Guillermo y María de Orange, nosotros hemos tardado casi tres siglos. Gracias principalmente a la figura del Jefe del Estado y de la Constitución de 1978, España ha logrado un desarrollo político, económico y social sin precedentes en nuestra historia contemporánea. Este, y no otro, es el contexto histórico y actual.
Dos. En la Transición Política se buscó el consenso y las cesiones de los particularismos en favor del interés general y el bien común, no podíamos cosechar un nuevo fracaso histórico. La tolerancia, la grandeza de miras, la aceptación del pluralismo y el respeto a las normas de convivencia fueron los puntos de referencia para avanzar por el camino democrático y constitucional, con algunos decenios -en algún caso siglos- de retraso, todo hay que decirlo, respecto de otros países como Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania o Italia.
Tres. Los nacionalismos y sus líderes políticos están dispuestos a romper todos esos logros con la única finalidad de lograr su independencia. Ya lo intento el PNV con el Plan Ibarretxe, ahorra lo hace Mas con su reto independentista. Volvemos a nuestro pasado, a la ruptura de las normas de convivencia, al siglo XIX y al nacionalismo allí imperante donde la Causa Nacionalista, todo lo justifica, todo lo permite. Manuel García Pelayo, primer presidente de nuestro Tribunal Constitucional, distinguía en su conocido Manual de Derecho Constitucional comparado tres conceptos de Constitución: el racional-normativo, el histórico tradicional y el sociológico. De los tres, el único que respetaba el Estado de Derecho y el desarrollo de una verdadera democracia era el primero, los otros dos no dejaban de ser ataques al naciente Estado democrático liberal desde posiciones, o conservadoras, o revolucionarias. Pues bien, es un hecho que el nacionalismo ataca permanentemente los pilares de nuestro Estado Constitucional y democrático, rompiendo la Norma básica de convivencia que, con mucho esfuerzo nos hemos dado los españoles, después de dos siglos de continuos fracasos.
Cuarto. La clase política catalana, que no el pueblo catalán, deben de abandonar el siglo XIX y sus inercias rupturistas para asumir la democracia y el Estado de Derecho del presente siglo XXI. Hay que respetar las normas, todas, pero especialmente el pacto de convivencia democrático que nos dimos en 1978, el único que realmente ha funcionado en dos siglos y que, parece quiere cierta clase política volver a torpedear. En democracia, la lucha por el poder tienen sus cauces y procedimientos, pero hay ciertas líneas rojas que no se deben pasar. Especialmente grave me parece que se aproveche un momento delicado en la vida económica y política de la Nación española para bombardear ahora los acuerdos claves y esenciales de convivencia de 1978.
Termino. Sin Estado de Derecho, no hay verdadera democracia. Lo he repetido mil veces. El nacionalismo, catalán o vasco, no puede estar por encima de la democracia que todos nos hemos dado, los acuerdos se respetan y también los procedimientos en él regulados. Si rompemos los principios y valores de la Constitución de 1978, volvemos dos siglos atrás, la fracasada historia de siempre. Muchos españoles, catalanes y vascos incluidos, estamos orgullosos de nuestra Transición Política, de nuestra Constitución de 1978 y de los cerca de cuarenta años de paz, libertad y progreso que hemos vivido. No permitiremos que cierta clase política irresponsable y manirrota nos vuelva a llevar al frio que siempre hay fuera del Estado de Derecho.