Opinión

Ideas e ideologías

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 21 de abril de 2008
Tiene razón Mayor Oreja cuando dice que el Partido Popular está pasando la peor crisis desde la Refundación, que tuvo lugar a principios de 1989. Y podría haber añadido que esa crisis de las últimas semanas se ha producido por el olvido, por parte de algún sector de la militancia, del espíritu y de los principios de aquel viraje histórico que transformó a la vieja Alianza Popular, anclada en posiciones esencialmente conservadoras, en un dinámico partido que se convirtió desde 1990 en una creíble alternativa de gobierno. Quienes participamos en aquella compleja operación supimos desde el primer momento que la clave del éxito no podía ser otra que integrar en una única formación a los diferentes grupos que coincidían en una serie de valores y en una concepción próxima, si no idéntica, de la democracia como servicio a los ciudadanos; del respeto al contrario y de la idea de España y de su lugar en el mundo. Coincidían, además, en la necesidad de oponer al PSOE -cuya tendencia a convertirse en un PRI ibérico ya era plenamente perceptible- un partido capaz de llevar a cabo una oposición eficaz, tan eficaz que le permitiera acceder a las responsabilidades del Gobierno, en el más breve plazo posible. La tarea no fue fácil porque hubo que integrar a quienes se sentían conservadores con otros que nos identificábamos más con el pensamiento liberal; a quienes mantenían su etiqueta democristiana con los restos del naufragio de UCD y hasta con un puñado de quienes fueron denominados "azules" y con quienes "derrotaban" hacia una vaga socialdemocracia.

Desde 1960 Daniel Bell había planteado la tesis del fin de las ideologías y todavía antes (1955) Raymond Aron concluía su espléndido libro El opio de los intelectuales con una frase inolvidable: "Hagamos voto por la venida de los escépticos si con ellos se extingue el fanatismo". Aquellos maestros nos estaban diciendo algo fundamental: Ideas sí, ideologías, no. Con no poco esfuerzo los grandes partidos europeos fueron aprendiendo la lección y sustituyeron las etiquetas ideológicas por compromisos programáticos muy amplios, capaces de dirigirse a sectores muy diversos de la población. Ya lo habían hecho los partidos americanos que carecen de programas básicos y permanentes y los sustituyen por "plataformas" elaboradas ad hoc para cada consulta electoral. Este proceso fue ayudado por el cambio social que convirtió en obsoletas las añejas denominaciones "proletarios", "burgueses" y otras de parecido estilo. Todo esto llevó al moderno concepto del catch all party. Para que un partido gane tiene que conseguir votos de todos los sectores de la población. Y sólo lo puede lograr si abandona identidades ideológicas muy cerradas y pone en su frontispicio una serie de valores y principios que deben darle una identidad incluso más fuerte que las decimonónicas etiquetas ideológicas. Por ello resulta un tanto ridículo que haya todavía quienes se arrogan la función cuasisacerdotal de asignar y retirar etiquetas ideológicas, denominaciones políticas de las que ellos se consideran únicos depositarios y propietarios.

Cuando, tras la Refundación, Aznar accedió a la presidencia del PP comprendió rápida y perfectamente esto y, aunque siempre se ha sentido liberal, no etiquetó así al partido sino que ideó una fórmula tan eficaz como omnicomprensiva: "centro reformista". Todo un acierto porque incluye el objetivo principal del partido, las reformas, y le sitúa en el espectro político en un amplio centro en el que ninguno de sus miembros puede sentirse incómodo. Esa es el alma del PP; con ella ha logrado el apoyo de más de diez millones de electores y es por ahí por donde hay que perseverar. Más que debates ideológicos, son necesarios, permanentemente, debates de ideas, que elaboren propuestas de solución a partir del conocimiento de los problemas y de las expectativas de nuestros conciudadanos. Todos los grandes partidos europeos son en la actualidad muy diversos interiormente y ello no les hace perder la unidad de propósito. Nada sería más suicida que provocar vanos debates ideológicos que producen inevitablemente divisiones profundas que se convierten en impagable servicio al adversario que se dice querer derrotar. La unidad de un partido es su más preciado bien, sobre todo si está en la oposición. Esa unidad no es incompatible con un debate interno que, sin embargo, debe someterse a unas reglas no escritas de tiempo, oportunidad y circunstancias que cuando no se respetan pueden ser los heraldos del naufragio.

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