Octavio Ruiz-Manjón | Lunes 21 de abril de 2008
No deben ser escasos los ciudadanos a los que no les molestaría ser eurodiputado, aunque haya quien opine que Estrasburgo es una de las ciudades más aburridas de Europa y no parece que el Parlamento que opera en esa ciudad sea una institución demasiado eficaz. De hecho, para decirlo todo, tal vez haya eurodiputados que incluso no sepan muy bien para qué sirve.
De todas formas, existe la opinión de que la buena gente merece que se le eche una mano y Rosa Díez, según la opinión de algunos, podría pertenecer a ese grupo. Su resultado en las pasadas elecciones le ha permitido obtener un escaño en el Parlamento y ahora anda ajetreadísima haciendo frente, en solitario, al proyecto de nuevo régimen político que encarna el Gobierno recién formado. Ella sí que está sola, pero no parece importarle mucho. Se siente reconfortada por las más de trescientas mil personas que dieron el voto a su partido.
Pero tiene un problema, que se le viene encima, y tal vez haya muchas personas dispuestas a acudir en su ayuda.
Pudiera ser que, a la vista de algunas cosas que vienen ocurriendo, el electorado no se comporte tan fielmente como algunas direcciones de partido pretenden y a algunos ciudadanos se les pase por la cabeza que las elecciones europeas, que parecen ser las menos atractivas de las convocatorias electorales a las que asisten los españoles -un 54% de abstención en las del 2004-, son una ocasión estupenda para ajustar cuentas con las maquinarias de sus propios partidos.
El partido que lidera Rosa Díez es joven y parece de reducida implantación. En cualquier caso, cuenta con personas de mucha calidad y no parece que le vaya a resultar muy difícil presentar medio centenar largo de nombres para comparecer en esos comicios del próximo año.
En todo caso, tampoco sería raro que la política vasca hubiese ya empezado a oír la conocida frase:
- Oye, Rosa, me lo pido.
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