Sábado 29 de septiembre de 2012
La deriva secesionista que protagoniza últimamente el nacionalismo catalán va in cescendo cada día. En este sentido, las últimas declaraciones de Artur Mas resultan sumamente elocuentes: "no tenemos ganas de hacer las cosas fuera del marco legal, pero no se puede impedir que un pueblo que lleva mil años de historia, que tiene un proyecto de futuro y quiere luchar por su bienestar se pronuncie”. Sobre el papel, esas palabras nada tendrían de malo si no fuese por su fin, cual es el de justificar la convocatoria de un referéndum ilegal.
Por un lado, tiene razón Mas al afirmar que no puede impedirse a un pueblo que se pronuncie. Para eso precisamente están las elecciones; nacionales si afectan a todo el territorio, y autonómicas en un ámbito más local. Y Cataluña es parte de España, por lo que antes de adoptarse una decisión tan importante como es la de una eventual secesión ha de oírse no sólo al pueblo catalán, también al español en su conjunto.
Por otro, el artículo 92.2 de la Constitución dispone que “el referéndum será convocado por el Rey, mediante propuesta del Presidente del Gobierno, previamente autorizada por el Congreso de los Diputados”. Se trata, por tanto, de un recurso que Mas puede proponer, por sus pasos legales, pero no puede utilizarlo saltándoselos. Y si lo hace, incurriría en prevaricación: adoptar una resolución a sabiendas de que es injusta. Ha estado bien el Gobierno, por boca de Soraya Sáenz de Santamaría, al anunciar que tomaría todas las medidas tendentes a evitar que se vulnere la legalidad vigente, porque eso es precisamente lo que quiere hacer Artur Mas.
En todo este asunto, además, resulta muy llamativa la postura de un PSC que, aunque con sordina, parece mucho más cercano a las tesis secesionistas que al sentido común y a la legalidad vigente. El PSOE, como bien sostenía Joaquín Leguina, tiene aquí un reto de vital importancia, cual es posicionarse claramente en contra del rupturismo nacionalista y, en palabras del propio Leguina, “no hacer más el Don Tancredo”, con las consecuencias que pueden comprobarse en los lamentables resultados electorales recientes. Va siendo hora que el Partido Socialista regrese a su tradición –y fundamento filosófico- como un partido internacionalista de ciudadanos, en lugar de una sucursal del nacionalismo territorial, insolidario y reaccionario.
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