Marcos Marín Amezcua | Jueves 04 de octubre de 2012
Entiendo que esto de los casinos es la mar de bueno; que los pintan como la panacea para sacar economías a flote y, faltaba más, quien acuda a jugar a ellos será muy su gusto y está en su derecho. También comprendo que el ocio tiene precio y que, aparte, puede ser llamativo abrir casinos arguyendo que significan empleos. Casi me convencen tales variopintos argumentos. Le expreso mi punto de vista sobre los planes y procederes acerca de instalar Eurovegas cerca de Madrid y los casinos en México, que ya pululan.
Hace años una profesora invitada por la Universidad Internacional de Andalucía me comentó allí, hablando del turismo en España, que a su hijo no le entusiasmaba solo trabajar de camarero unos meses, cuando repuntan los turistas, pues aspiraba, lógico y es entendible, a mejores posiciones. Quedaba claro que ni tenía nada de malo ser camarero –el trabajo digno siempre es bienvenido– ni tampoco era otra cosa. Su preocupación estribaba en que solo se apostara a esa clase de empleos temporales, por el bajo perfil del puesto que eso entrañaba y por la raquítica remuneración que les acompañaba comparativamente, sin mayores beneficios al final de cuentas.
Con los años refrendo que no solo tenía razón mi apreciada profesora (sobrina de un ex jefe de gobierno de España), puesto que no erraba si pensamos en que los políticos se equivocan al apostar al casino, entiéndase, no por el casino en sí, sino como el motor salvador de una economía sin ir más allá. Ya sea en tiempos de crisis que les viene muy bien para instalarlos o sencillamente bajo el argumento de que es lo que necesitamos para salir del hoyo. Y es fastidioso que no haya respuestas a múltiples preguntas alrededor del tema. El casino lejos está de ser el curalotodo. Luego pueden acompañarlo los nombres de políticos beneficiados. En México son los primeros que loan la actividad.
Ahora bien, debo decir que como turista, si me paso por Madrid no tendría especial interés en conocer ni dejar un céntimo ni un segundo en esa cosa llamada Eurovegas, habiendo tantísima oferta cultural y de ocio que ofrece y explota de manera magnífica España antes de llegar a Eurovegas, como nunca he tenido interés por conocer Eurodisney. Tan escasos los euros allí y aquí, no me entusiasma hacerlo, cuando que Madrid y París me esperan y faltándome tanto por conocer en ellas. Lo vería como un sacrilegio. ¿Sabe? con todo cuánto poseen y ofrendan ambas capitales del Viejo Mundo, si usted quiere, idealizadas desde ultramar en donde me encuentro, francamente me parecería un soberano desperdicio visitar sendos centros de ficción, cuando me esperan nuevos museos y las galerías y portentosos sitios auténticos de siempre en ambas metrópolis. ¿Ir a Eurovegas? no, gracias. Me suena a chorrada.
Y que quede claro y no se me malinterprete. Mi observación acre y puntillosa no se dirige a quien desee gastarse su dinero en ellos por legítimo ocio. Eso no de es de mi particular incumbencia. Mi fundada preocupación como pueden ver es de otra índole, si bien una cosa iría amarrada a la otra, casi inevitablemente.
Así, lo que me parece una necedad es que se impulsen proyectos como esos, algunos desproporcionadamente faraónicos, so pretexto de que son y representan solo divisas y empleos, lo que aparentan ser razonamientos incontestables. Sépase que Eurodisney tardó diez años en arrojar números negros. Se sostenía con latinoamericanos que no conseguían visa para ir a EE.UU. y con los europeos nada deseosos de emprender un largo viaje a través del Atlántico. Los promotores de Eurovegas, empresarios y políticos, ¿lo sabrán? deberían. Cambiar París y Madrid por aquello ¡ni en broma!
Ahora, desconozco al detalle la dinámica de los casinos en España (¿se juega mucho? ¿son buenos? ¿son malos? ¿ayudan a la economía del país? ¿existe la creencia de hacerse rico en ellos o solo son ocio puro?) pero lo que sí sé es que de ninguna manera se han visto como el gran soporte de la economía ni como los únicos grandes impulsos del turismo. Menos aún como el único salvavidas. No, en la medida en que España ha disputado por al menos veinte años, los tres primeros lugares como receptora mundial de turistas, colocándola como experta en la captación de visitantes, pudiéndonos enseñar algo en este rubro específico. No le perdemos de vista al otro lado del charco. Mi “pero” aquí consiste en que el casino por sí solo, no levanta economías.
Para el caso mexicano una ley de 1947 prohíbe los casinos. En décadas recientes, partiendo de la simulación y la torcida interpretación de la legislación, se abren detentando en sus marquesinas la palabra “casino”, infringiendo la norma o al menos, evadiéndola con algunas ficciones tales como la de efectuar apuestas de carreras solo a distancia. Se arguye que mueven la economía, que dan empleos y atraen turismo. Ninguna de las tres razones se suelen probar con cifras claras que los avalen. Bien plantados, a favor de ellos diré que no les conozco ni balaceras ni borrachos empedernidos. Gente viciosa del juego la habrá con o sin ellos. Así que por mí, que existan, pero me quedan claras dos cosas: me inquieta que aparezcan nombres de políticos interesados en su promoción desde hace años, lo que descarta que el beneficio sea para todos y mi otra observación incide en que uno detecta que los supuestos empleos se traducen en aparcacoches, porteros, cantineros, gendarmes, camareros, tahúres y conserjes. Menudos puestos, ya lo ve usted ¿Los mexicanos debemos conformarnos con semejante calidad de trabajo? ¿tanta precariedad es lo que merecemos? permítame estar en absoluto desacuerdo.
Así, ante sus triunfalistas promotores pregunto ¿qué impuestos pagarán para beneficio de todos? ¿solo ofrecen empleos precarios de bajísimo perfil? no me parece ni adecuado ni justo. Una razón más para poner el dedo en la llaga es que no se enganchan a conceptos y ofertas turísticas amplias, lo cual los coloca solo como rendimiento para sus dueños y de unos cuantos más. Incluidos algunos posibles vivales. De ser así las cosas, es dudoso que aporten más provechos, ya que nadie explica con vehemencia los beneficios sociales reales por región en que se abran, con estimados desglosados comparativos con otros países. Y sabemos la causa de tal omisión: no se plantea con ellos una política turística en forma, global, que los engarce con el resto de los muchos esfuerzos que se emprenden en la materia y entonces es un espejismo su aporte, queriéndose vender la idea de que son estupendos sin respaldarse aquello en la realidad. ¿Hay paralelismos entre ambos países?
Y conste que no clamo por el “excepcionalismo mexicano” ni para bien ni para mal. Solo considero que falta transparencia en estos proyectos. De manera que dejar mi guita en estos establecimientos allende o aquende el Atlántico no es mi máximo, en tanto prevalezcan todas esas dudas. Doy por descontado el ocio que garantizan, pero ni así cuenten conmigo. Mejor leo un libro.
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