Víctor Morales Lezcano | Viernes 05 de octubre de 2012
La Asamblea General de Naciones Unidas que acaba de terminar ha sido particularmente tormentosa. Ello ha sido debido a dos concausas estrechamente relacionadas con las convulsiones provocadas por un “video llamado agente provocador” que contribuyó a desatar las iras de miles de musulmanes y el asesinato del embajador de Estados Unidos en la sede del consulado americano en Bengasi, a manos de bandas libias incontroladas. Estas concausas han contribuido, pero nada más que contribuido, al alto voltaje que recorre todo Oriente Medio desde 1967 (contencioso palestino-israelí), agravado en estos últimos años por la transformación política egipcia que ha llevado a la cofradía de los Hermanos Musulmanes al gobierno del País del Nilo; y, además, a la creciente hostilidad que enfrenta al gobierno de Netanyahu con las pretensiones nucleares de Irán. De ahí que los dramatis personae de la nueva cuestión de Oriente hayan tenido la oportunidad de producir su versión de los asuntos prioritarios en la Región desde la tribuna máxima del sistema internacional… y del precario equilibrio que éste acusa en nuestros días. No han faltado a la cita ni Morsi, ni Ahmadineyad, ni Netanyahu, ni Mahmud Abbas. Ban Ki-moon cumplió con su cometido representando impecablemente el “aviso a navegantes” en lo relacionado con el conflicto interno que atraviesa Siria desde hace año y medio, proponiendo una tregua (¡) entre las partes en contienda y, de ninguna manera, un asalto a distancia (especie de segunda edición de la guerra contra Gadafi en Libia). La consigna de Obama vendría a ser la siguiente: provocar la caída del régimen de Assad, pero evitando que a través de la atomización interna de Siria se cuele el espantajo de los salafíes. Ojalá analicen correctamente los secretarios de Defensa y de Estado la estremecedora sintomatología neo-terrorista que sacude Bagdad y otras ciudades iraquíes desde que se llevó a efecto la retirada de las tropas americanas. Podría repetirse el caos en Siria.
En el espesor de la diplomacia de pre-guerra en que han vuelto a caer las relaciones internacionales en Oriente Medio, se viene expandiendo con demasiado desenfado la idea (más que idea, opinión) consistente en pronunciar un réquiem por la Primavera Árabe, que estaría siendo adulterada por el islamismo moderado; ambos, a su vez, devendrían víctimas de la corriente radical salafí -corriente purificadora del Islam primigenio que habría amamantado una disyuntiva que proclamó en su momento el cheikh marroquí Yasin en un escrito que llevaba por título “El Islam, o el diluvio”-
Frente a la opinión que se acaba de exponer, se ha levantado una voz valiosa, que ha difundido en lenguas árabe e inglesa su percepción de que “La Primavera Árabe florece todavía”. Su autor es Moncef Marzouki, presidente de la República tunecina, demócrata combativo y defensor de un Magreb gradualmente reunificado en torno a dos o tres ejes vertebradotes: su mercado interior y su condición de pasarela cultural entre Oriente Medio y la Unión Europea.
El presidente Marzouki defiende en su artículo el carácter prematuramente descalificador de las rebeliones sociales que han abierto en Túnez y Egipto unas opciones políticas impensables hace un par de años. Cree Marzouki que en esa opinión despectiva subyace un rescoldo del orientalismo añoso, mientras que en su percepción del fenómeno en cuestión, por el contrario, pone énfasis sobre el compás y el tempo de que está necesitada la mayor parte de los países árabes envueltos en el proceso liberador y representativo que se desató a finales de 2010. Un proceso -recuérdese- que tuvo su ensayo general en el Boulevard Bourguiba de la capital de Túnez entre enero-febrero de 2011.
El Presidente Marzouki apela indirectamente al libio Mahmud Jibril, a Benkiran y a Morsi en Marruecos y Egipto para que logren desmentir -con el apoyo público que conciten- los augurios sombríos que sobre la Primavera Árabe difunden con intención malvada muchos medios de comunicación.
Túnez -que, desde su inserción en la Roma imperial, desde el florecimiento de su época cristiana con San Agustín de Hipona, hasta alcanzar la cima del pensamiento histórico árabe con Ibn Jaldun, ha sido una bóveda de convergencias mediterráneas fecundas- eleva, así, una creencia laudable a categoría de petición de crédito a favor de la aspiración liberadora que recorre el norte de África. Se impone alentar esa petición sin recelos, aunque no indiscriminada e indefinidamente.
Creemos, Sr. Marzouki, que la Primavera Árabe florece todavía. Creemos que no ha terminado su recorrido histórico; sus flaquezas no son sino resultado de la innovación política y cívica que ha introducido aquélla en las sociedades norteafricanas del siglo XXI.
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