Opinión

La educación y el rescate

Sábado 06 de octubre de 2012
Este año hemos vuelto todos a la universidad pidiendo el rescate. Los estudiantes --más o menos como siempre-- piden que los rescaten de profesores y rectores; los profesores que los rescaten de estudiantes y rectores; los rectores –que son pocos pero no menos quejosos--, que los salven de los estudiantes, los profesores y del gobierno de la comunidad. Las únicas que no piden el rescate son las mujeres de la limpieza, que pasean sus carros y fregonas vestidas con monos blancos y verdes de auxiliares técnicos sanitarios por los pasillos casi libres de humos (y los baños en los que empieza a haber jabón y papel higiénico), como si profesores, estudiantes, y rectores –estos últimos pocos, pero no menos conspicuos—fueran enfermos contagiosos de algún lazareto contemporáneo, intocables de una antigua casta hindú de la que quedan rémoras en la España actual. Y es que en la universidad actual, los que nos reunimos somos los leprosos que quedamos en este mundo ibérico. Aunque a veces no sepamos si nuestro mal es exactamente la lepra u otra extraña y atávica enfermedad contagiosa y, por supuesto, mortal.

La sociedad critica constantemente la educación. La critican por mala, porque no enseña, porque nuestros jóvenes son mucho peores que hace años, porque no saben nada, porque suspenden, porque los profesores son unos caraduras que enseñan unas horas y el resto del tiempo a jugar al tute, porque hay muchos parados, porque los profesores no imponen ya su autoridad a sus pupilos, porque no les exigen, porque lo que hacen es promover el caos y la falta de orden. Orden, caos, exigencia, autoridad… A veces creo que muchos españoles se sentirían reconfortados si los profesores (además de cobrar en muchos casos menos de mil euros) fuéramos a nuestras clases con un Kalashnikov al hombro, un hacha cruzada en la espalda y pintura de combate en las mejillas. No sé qué extraña fantasía relacionada con sus hijos se vería cumplida, pero que se cumpliría, de eso no tengo duda.

Lo cierto es que la relación entre la sociedad española y la educación es harto extraña. Por un lado, valga como ejemplo, un estudiante medio se pasa unos cinco años de su escolarización aprendiendo y practicando cómo y cuándo escribir tildes, eso que comúnmente llamamos “acentos”. Se repite y repite, se corrige en la selectividad, los profesores anatemizan sus ausencias o presencias indebidas en un texto… Pero luego, resulta que nuestros nombres y apellidos, los de todos los españoles, no tienen tildes (“acentos”) en nuestros DNIs, pasaportes o papeles de Hacienda; ni siquiera en las listas universitarias se hace uso de las tildes. No hace falta ser muy sagaz para suponer lo que deducirá de esto un tierno y esponjoso cerebro en proceso de formación: “¡Y una leche voy yo a aprender algo que no usa ni dios!” Porque no lo usa ni dios.

Nuestra enseñanza, como muchas actividades de la vida española, está llena de leyes, de reglas, que no se usan de forma generalizada, que se exigen en la escuela o en otro contexto de forma aislada, arbitraria, sin coherencia. Este hecho afecta de forma especial a la clase política y ha contribuido en gran medida a su último descrédito, pero ese es otro asunto en el que no vamos a entrar ahora. Uno de los datos que han hecho saltar las alarmas recientemente sobre la educación ha sido el alto número de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Los “ninis”. España a la cabeza de Europa en “ninis”. En realidad, y dado que en España la educación es obligatoria y que es un país con una tasa de paro espeluznante, lo que esa cifra refleja en realidad es la tasa de abandono escolar.

Las alarmas que se encendieron ante este dato, buscan su causa en deficiencias de la educación: no es lo bastante estricta. “Los jóvenes de ahora”, dicen, “necesitan más exámenes, más exigencia”. “Por tanto”, siguen, “hay que hacer más selectividades, hay que poner más exámenes que monitoricen (horroroso verbo) el proceso”. Y cualquier cerebro, aunque no sea ya muy esponjoso, se puede preguntar “¿De qué sirve poner más exámenes, que no hacen más que medir resultados, si no se cambian los procesos previos al examen?” Pues de poco.

En los EEUU de América, país con un sistema educativo básico bastante decente y un sistema universitario de primera división, todos los años aparecen informes en algunas revistas de tirada nacional informando sobre el ranking de las universidades. La finalidad es facilitar a los cientos de miles de estudiantes la elección de universidad. Los estudiantes eligen dónde van a estudiar por su ranking, y no por la distancia y el tiempo necesario para ir de la última clase a la mesa con la comida de mamá. Un buen estudiante quiere ir a una buena universidad, y no adonde el ministerio le diga (que conste que en los EEUU no hay ministerios). Y en esas publicaciones detallan el ranking y especifican muy claramente los criterios de clasificación, que vienen a ser a grandes rasgos: investigación, instalaciones, número de estudiantes por aula y porcentaje de abandonos. De forma que una universidad bien calificada en investigación, con buenas instalaciones, bajo número de estudiantes por aula y bajo o inexistente porcentaje de abandonos es la mejor. Y es en este indicador en el que quiero fijarme: ¡bajo o inexistente porcentaje de abandonos!

Comparémoslo con España, donde durante décadas, los estudios con mejor reputación (teleco, caminos, etc) eran los que tenían un índice de abandono mayor. Eso, que aquí se veía como signo de excelencia, en los EEUU es un signo de fracaso, de terrible fracaso. ¿Una carrera, una institución que acepta a 1000 estudiantes y solo lleva hasta el final a 300? ¿Que deja en la cuneta a un 60% o un 70%? Un auténtico fracaso, una institución que no sabe hacer su trabajo. ¿Cuáles son las consecuencias de un sistema como el norteamericano? Pues, primero, una diferencia clara en dos niveles, subgraduado y graduado; segundo, que en el nivel subgraduado no existan los suspensos de forma real. ¿Cómo se puede lograr eso? Pues con grupos reducidos, control de la asistencia y las actividades, y comprensión de que el paso por la universidad es más importante que la selección excesiva y el abandono temprano. Los que valen ya se pulirán en los programas de posgrado. Las leyes que endurecen entradas y pasos intermedios solo crearán más abandono.

Entretanto, este otoño seguimos yendo a clase a que nos rescaten. Ensimismados, sumidos en nuestras cavilaciones educativas, todos lo deseamos. Salvo las mujeres de la limpieza que nos tratan con la atenta delicadeza de quien sabe que lo suyo es cuidar al enfermo.

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