RESEÑA
Domingo 07 de octubre de 2012
Auour Ava Ólafsdóttir: La mujer es una isla. Traducción de Elías Portela. Alfaguara. Madrid, 2012. 318 páginas. 18,50 €
“No estoy huyendo de nada, simplemente explorando mis tierras más interiores y mis terrenos desconocidos, buscando nuevas emociones… Lo más importante es no mirar atrás por encima del hombro, ser una mujer nueva en cada cama en la que despierte…”. La editorial Alfaguara dio a conocer en España a la escritora islandesa Auour Ava Ólafsdóttir (Reykjavik, 1958) el año pasado, cuando publicó Rosa cándida, una multipremiada novela, aclamada por la crítica internacional. Aparece ahora una obra anterior de la autora Rigning í nóvembe (2004), traducida al español por Elías Portela bajo el título La mujer es una isla. La historia podría calificarse como un road movie. Seguimos el recorrido vital de su protagonista a lo largo de los mil cuatrocientos kilómetros de la carretera costera que bordea Islandia, un país donde “cada habitante comparte un kilómetro cuadrado con su prójimo…”.
Como elementos propios de este género, bien que trasladado al hemisferio boreal y en versión femenina, no faltan el consabido fajo de billetes en la guantera, ni las paradas en gasolineras fantasmagóricas, ni los breves encuentros con pintorescos habitantes locales, ni las sorpresas en la cuneta o dentro del maletero. La narradora y protagonista, una treintañera doblemente abandonada por su marido y por su amante, nos mete de lleno y en primera persona en el relato de este viaje accidental y cargado de exotismo nórdico, en el cual le acompaña un inesperado compañero de ruta: un niño de cuatro años. “En esta fecha específica, el 17 del once, cuando atropello una oveja en la nacional, se mezclan toda mi vida, los azares, la decisiones, los gustos culinarios, los hábitos de sueño”. El azar, lo imprevisible, lo absurdo, los contratiempos, son el eje fundamental sobre el que se articula este relato.
Ólafsdóttir consigue reflejar una visión del mundo en el cual “la realidad se agita como un cofre lleno de culebrillas”, un universo abierto a la sorpresa, al inacabado descubrimiento de uno mismo y de los demás, del entorno y de la naturaleza. Las relaciones humanas, la maternidad y el matrimonio en particular, son abordados bajo una mirada un tanto amarga y con un lenguaje lleno de contrastes agridulces. Gracias a la aguda e inteligente sensibilidad de la autora, a sus dotes de observación y a su estilo directo y fuera de moldes, el lector se deja atrapar fácilmente por esta novela. Durante la lectura descubrimos a una mujer (¿es el reflejo de la propia escritora?) que duda de la capacidad de las palabras para evocar sentimientos, poniendo de manifiesto su propia fragilidad, otro elemento captador de empatía. “Aunque quizá sepa muchos idiomas, nunca he sido especialmente buena para expresarme con palabras… Ni siquiera para decir las palabras más necesarias como ‘ten cuidado’ o ‘te amo’. En este orden”.
Esta misma incapacidad aparece en repetidas alusiones al personaje del niño, deficiente visual y sordo, así como en la idea que ella misma tiene de la maternidad: “no estoy hecha para ser madre… No noto ese dulce sentimiento de la maternidad cuando veo bebés…, no veo más que su constante inquietud, sus encías inflamadas, el babero mojado, las mejillas pringosas”. La imperfección y la vulnerabilidad son algunos de los temas que subyacen en estas páginas, tratados con la distancia que produce lo absurdo, salpicados de humor y de fina ironía: “uno le dice adiós para siempre a su cónyuge dándole la mano y luego se lo encuentra en la panadería…, en la fila del banco, en una callejuela, en el teatro con su nueva mujer… Siempre es inevitable rozarse”. Y esta novela, sin duda, nos roza y nos arropa, como un cálido edredón nórdico.
Por Pepa Echanove