Juan José Laborda | Domingo 07 de octubre de 2012
La triste noticia llegó: el gran historiador Eric John Ernest Hobsbawm (1917-2012) ha muerto en su querido Londres. Con Hobsbawm me ha sucedido lo mismo que con otros longevos intelectuales que han influido en mi vida: el historiador francés Pierre Vilar (1906-2003), el economista y diplomático norteamericano John K. Galbraith (1908-2006) y el creador y científico social español Francisco Ayala (1906-2009): era una alegría saber que vivían.
Efectivamente, la desaparición de Hobsbawm hace que el siglo XX
-mi siglo, su siglo- se sitúe más en el pasado. No porque su obra sobre ese siglo deje de leerse. Al contrario, sus cuatro estudios fantásticos sobre esa centuria (titulados en inglés como “The Age of…”; en español “La edad de…”) se seguirán leyendo con fruición. ¿Entonces por qué su muerte nos aleja del pasado? Porque la experiencia de Hobsbawm, de cualquier otra mente que haya vivido y reflexionado tanto tiempo como él, rompe los puentes más lejanos que teníamos con nuestro origen como sociedad.
Sin su presencia y sus obras (Hobsbawm ha dejado escrito un libro póstumo), habrá menos estímulos para conocer críticamente nuestro presente. Vuelvo a una interpretación que mis lectores podrán recordar: la Historia ha sido sustituida por las encuestas demoscópicas para diseñar proyectos políticos; y su lugar es ocupado por “la memoria histórica”.
Ambos comportamientos nos llevan al pasado; desde luego no hacia el futuro. Al hacer encuestas conocemos lo que la gente pensaba ayer. El futuro podría preverse: era el fundamento de la estadística. Ahora no siempre aciertan las encuestas. Los individuos son compelidos a cambiar rápidamente de opinión. Y como se ha perdido la costumbre intelectual de usar la Historia para proyectar el “porvenir”, entonces la sociedad carece de metas, y los líderes no pueden imaginarse otro futuro que recuperar el pasado.
Recuperar el pasado. Unos prometen a los ciudadanos, a cambio de sacrificios, volver a un tiempo con empleo abundante y alto consumo individual. Ni es cierto, ni posible. Otros son visionarios de una edad de oro que surge de un “pasado nuevo” (un oxímoron), un pasado que fue olvidado, o censurado por los poderosos de siempre. Aquí opera la “memoria histórica”. Es un recuerdo idealizado de unas historias –casi siempre- heroicas: los malos y los buenos en las guerras; los vencidos y los vencedores de todos los tiempos (aquí desde la Edad Media, como poco).
El pueblo de la memoria histórica suele ser ensalzado por los que sirven al poder contemporáneo.
Eric J. Hobsbawm metió su bisturí en las momias del pasado. En 1983, junto con T. O. Ranger, escribió y editó un ensayo que tuvo un éxito duradero: se llamó “La Invención de la Tradición”. Describía varios ejemplos de “tradiciones nacionales” que no fueron otra cosa que “inventos” creados por los nacionalistas, con un propósito claramente movilizador de los “sentimientos” populares. Un capítulo notable fue el dedicado por Hugh Trevor-Roper a las “tradiciones” escocesas: todas ellas fueron creadas por ingleses del siglo XIX, y hasta la indumentaria “tradicional” escocesa –los Kilt y Tartan de “cuadros escoceses”- fue producto de las industrias textiles inglesas.
Hobsbawm estuvo en las principales discusiones históricas del siglo veinte. Desde “la transición del feudalismo al capitalismo”, pasando por la configuración de las “revoluciones liberales y las industriales”, hasta llegar al “capitalismo” y al “imperialismo” de esta era.
Fue comunista hasta que el Partido Comunista británico dejó de existir. Pero siendo desde joven un radical –se unió a los socialistas “fabianos” antes de hacerse comunista ¡a los 15 años!-, Hobsbawm tuvo siempre el estilo (inconfundible) del “King´s College” de Cambridge. Radical, austero, congruente su vida con sus convicciones, fue también un característico profesor universitario británico. Como buen patriota, sirvió voluntariamente en la Segunda Guerra. Y como intelectual formado en Cambridge, aunque sus conceptos e hipótesis procedían de Karl Marx, su respeto por los hechos le ligaba fuertemente con el empirismo y con la libertad de pensamiento de las universidades británicas. Si verificamos quienes fueron sus amigos -y los colegas con los que participó en las grandes controversias historiográficas de su tiempo- nos damos cuenta que Hobsbawm no fue nunca un sectario. Ese rasgo, muy común entre judíos cosmopolitas como él, le granjeó las simpatías intelectuales de Isaiah Berlin y Tony Judt.
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