Opinión

Españolizar España, qué locura

José Antonio Sentís | Miércoles 10 de octubre de 2012
El Gobierno y su presidente, que no pueden ser más prudentes de lo que son ante los recientes (y anticipo que efímeros) desafíos del nacionalismo catalán, han planteado su deseo de que los niños catalanes se sientan orgullosos de ser catalanes y españoles. Naturalmente, no se ha tardado dos minutos en lloverles toda clase de improperios, a cada cual más gracioso. Me quedo con uno: esa pretensión de Rajoy es, para Irene Rigau, fina analista y consejera de la Genaralitat, “preconstitucional”.

Señora consejera: ¿eso de preconstitucional es un insulto, o una definición? Porque usted lo interpreta como insulto, pues en la jerga nacionalista se ha llegado a tal intoxicación que se cree que la Constitución Española ya no es de España, y que lo constitucional es que no haya España, lo que no deja de resultar paradójico.

Pero si lo consideramos como definición, ahí acierta de lleno la inefable consejera, aunque tal cosa no sea su intención. Por supuesto que la idea de España es preconstitucional. Lo dice la propia Constitución, en su artículo segundo: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.” Es decir, la Nación es previa a la Constitución, y lo que es un invento posterior es lo de las “nacionaliadades”, por otro lado, perfectamente constitucionales, faltaría más.

Claro que es preconstitucional la idea de España. Porque lo es su historia de muchos siglos y, en tiempos modernos, desde los quinientos años que hace que los reinos de Castilla y Aragón (con sus partes correspondientes como el Principado de Cataluña y otros Reinos subordinados) se unieron de forma fundacional para la España que a partir de ahí hemos conocido.

En ese sentido, la españolidad de Cataluña es anterior a la Constitución. Pero, a la vez, es posterior a ella. Es historia continua, aunque el torrente de ignorancia impartido en la escuela por el nacionalismo catalán haya afectado a su propio entendimiento.

Lo que plantea el Gobierno y el sentido común es poner coto a esta ignorancia supina. Recordar a los nacionalistas catalanes que España se compuso gracias a ellos y a otros, y que es razonable recuperar el orgullo común por haberlo logrado.

¿Qué hay de malo en tener algo que nos enorgullezca a todos los que tantos avatares hemos pasado juntos? ¿Por qué le molesta a los nacionalistas catalanes que un catalán se sienta orgullosos de ser compatriota de Cervantes, o de Unamuno, o de Lorca, o de Ortega, o de Ramón y Cajal, o, por ponernos más prosaicos, de Nadal, Alonso, Iniesta o Sabina (ése que canta con Serrat)?

¿Y por qué absurda razón no podemos los demás españoles sentirnos orgullosos de ser compatriotas de Gimferrer, de Verdaguer, de Albéniz, de Vives o, por ponernos igualmente prosaicos, de Pujol, de Piqué o de Serrat (ése que canta con Sabina)?

Aquí, el problema que se plantea es que ha habido una estrategia preconcebida del nacionalismo catalán por ahuyentar lo español de cuanto concierne a Cataluña. Y eso lo han considerado, por dejación de unos y abuso de otros, la normalidad. Y cuando alguien dice lo razonable, que hay que recuperar lo español en Cataluña, porque ambas cosas son la misma cosa, la Patria común, saltan ronchas como si se hubiera pronunciado una herejía.

Está el nacionalismo catalán tan expectante por si se produce un agravio “español” para dar rienda suelta al ancestral victimismo, que espera cada palabra como una posible ofensa. Queden tranquilos, y lean correctamente. Se trata de compartir el orgullo de ser catalán con el orgullo de ser español. No se ha mentado al diablo, no se ha insultado a la Cataluña redibujada por el nacionalismo. No se rechaza a Cataluña, se reivindica como lugar común, mientras igualmente se ofrece España como marco de convivencia compartido.

Pues sí, escandalizada consejera: España es preconstitucional, constitucional, y será postconstitucional. Y con toda probabilidad compartirá esos atributos con una de sus partes fundacionales más señeras, que es Cataluña. No sufra, señora consejera. Será muy bueno para los catalanes la universalidad, como no puede ser bueno el ensimismamiento; y será extraordinariamente bueno para España, que no se entendería sin Cataluña.

Lo peor de todo, es que eso lo sabe perfectamente el nacionalismo catalán y el Gobierno del señor Mas (salvo, tal vez, la eximia consejera). Y, por eso, muy probablemente girará el discurso cuando consiga su objetivo de poder electoral a base del conocido truco de envolverse en la bandera.

Por eso, asistiremos (y ya lo estamos haciendo) a una nueva formulación del irredentismo nacionalista. Pronto, el debate no girará en torno a la independencia, sino a la propia idea de la consulta popular. No sobre la decisión de una imposible separación, sino sobre el referéndum en sí mismo, conduzca o no a nada. Es decir, vamos a pasar de la épica a la retórica.

Lo que para nada quita que el Gobierno de España tenga la obligación de defender a la Nación compartida con Cataluña, y no pueda permitir que lo español sea equiparable a lo marciano en Las Ramblas. Desde la lengua hasta la Hacienda. Y el sentido práctico de muchos catalanes lo entenderá, porque sería igualmente inadmisible que se discriminara el comercio, la industria o la cultura catalana en las regiones, nacionalidades o lo que se quiera, vecinas y conformadoras de la España histórica, preconstitucional, constitucional y postconstitucional.

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