Opinión

Denver: El escenario árabe-islámico en los debates pre-electorales

Víctor Morales Lezcano | Lunes 15 de octubre de 2012
Se sabía que a efectos de la carrera por ganar la presidencia de los Estados Unidos se habían escalonado tres debates entre los candidatos de los dos “gigantes” políticos: el demócrata y el republicano. Es de esta manera como suelen rematarse los agónicos pre-finales americanos por la conquista de la Casa Blanca. El calendario que se estableció para los debates fijó su celebración los días 3, 16, y 22 de octubre. Los escenarios del duelo: Denver, New Hampstead y Florida.

Pues bien, lector, a día de hoy ya se ha celebrado el primero de los asaltos entre Barack Obama y Mitt Romney. Con un grado de sorpresa para muchos espectadores (y ciudadanos, a la larga), el actual presidente se desdibujó en su actuación ante las cámaras -¿premeditadamente?- mientras que el candidato del partido republicano se creció en su mise-en-scène. En líneas generales, la prensa y las redes sociales coinciden en que los 90 minutos de debate ni aclararon las grandes cuestiones en litigio, ni esclarecieron el meollo de una campaña que ya toca a su final.

Ahora bien, lo más inesperado del debate que se ha celebrado en Denver yace justo en el reforzamiento argumentativo que Romney confirió a la política exterior de Estados Unidos -precisamente uno de los puntos más débiles del candidato republicano, según múltiples fuentes de información y no pocos analistas políticos cualificados-. Dentro del campo de juego que eligió Romney, el día 3 de octubre, la cuestión neurálgica fue su crítica a la política que la Casa Blanca y el Departamento de Estado vienen aplicando al mundo árabe e islámico desde el inicio del mandato de Obama en el arranque de 2009.

Como se recordará, el “Discurso de El Cairo” (junio, 2009) envió un mensaje conciliador al Islam en su totalidad desde la milenaria ciudad del Nilo. Obama, en la ocasión, no sólo emitió un mensaje de conciliación entre el Islam, Occidente -¡e Israel!-, sino que anticipó cuál sería la estrategia dominante de Estados Unidos en el conflictivo escenario árabe-musulmán y judeo-israelí: dirigir desde la retaguardia la buena actuación internacional de la república imperial -como en ocasiones se ha denominado a los Estados Unidos de América-. Y, congruentemente, potenciar la evacuación final de Iraq, país todavía inmerso en el ruido y la furia de un período posbélico cuajado de disidencias sangrientas entre familias suníes (Bagdad) y chiíes (Kerbala).

Sin embargo, y no obstante el golpe certero proporcionado a la Base (Al-Qaeda) con la localización y muerte de Bin Laden, la administración americana, y su poderoso ejército combinado -y sus temibles drones (aeronaves teledirigidas) , reforzado por la OTAN y varios países aliados, no ha conseguido resolver el pandemónium que se ha formado en Afganistán desde hace diez años. Tampoco ha podido Obama coadyuvar al enderezamiento del contencioso palestino-israelí, ni parece que pueda por el momento sanear la mórbida guerra endémica que abate la nación siria. Ítem más, en Iraq y Afganistán, las perseverantes intenciones armadas de Estados Unidos and Company, no han conseguido todavía que las dictaduras, ya sultaníes (o “mubaraquistas”), ya yihadíes (o de los talibanes), sean suplantadas por élites políticas respetables. Por el contrario, los regímenes de antaño que oprimían a los pueblos con el beneplácito occidental, han sido sustituidos por cleptocracias electivas. El asesinato del embajador Stevens en Bengasi hace unas semanas no ha hecho sino echar leña a un fuego que atizan los republicanos.

Si es cierto que las argumentaciones de Romney sobre la política exterior y el campo internacional -y el árabe-islámico en particular- no han sido sólidas y, mucho menos, matizadas con esmero, sí destaca el hecho de que el escenario árabe-islámico, siendo lo complejo que es, no parece haber experimentado un saneamiento considerable en los cuatro años transcurridos desde las elecciones de 2008. Es ahí donde Romney se ha apuntado un tanto que, de cara a la muchedumbre americana, le ha hecho ganar algunos enteros; el candidato republicano no proporciona salidas convincentes, y cuando lo hace peca de elemental en sus formulaciones e, incluso, de intervencionismo “matón” en sus propuestas.

El caso, empero, es que con el factor agravante de las pretensiones nucleares que reclama el gobierno en Irán, de un lado, y, de otro, el agotamiento económico de las sociedades norteafricanas que están saliendo de su “primavera” en camino hacia ¿dónde?, el núcleo vital de la ruta del petróleo queda expuesto a ser obstaculizado por cualquier coyuntura amenazante del statu quo que pueda irrumpir; haciendo peligrar, en consecuencia, los equilibrios permanentes, pero cambiantes, a que se ve sometido el tratamiento que se viene aplicando a la segunda cuestión de Oriente (1948-2012).

¿Qué mejoras de calado puede introducir Obama en el escenario de marras, si es reelegido?. ¿No resultarán más dañinas las que intente aplicar Romney?. Menuda encrucijada a la vista, créanme. Y si no, que venga Dios, lo vea, y que, además, lo resuelva.