Opinión

Conllevar el problema catalán

Manuel Ramírez Jiménez | Jueves 18 de octubre de 2012
Tengo por acertada la afirmación de que, bajo cualquier enfrentamiento más o menos violento entre personas, grupos o territorios, hay siempre un descarado componente sentimental. Es posible que acompañado de algún matiz económico o religioso, pero por encima de estos. Y tan es así que, desparecido formalmente el conflicto, lo sentimental queda, con cualquier tipo de disfraz. Las acusaciones tardan siglos en desaparecer, siempre que a ello se llegue. A veces queda el disfraz de la convivencia fácil o difícil. Y es lo que se puede solicitar para la paz relativa.

Ha vuelto el convencionalmente denominado “problema o tema catalán”. Como muchos decenios atrás. Al advenir un nuevo régimen, siempre ha encontrado pendiente el dilema. Y así ha sido, de forma más o menos brusca, precisamente por el hecho de que el anterior régimen no ha dado con la tecla de la solución definitiva, de fondo. Todo lo más, “minisolución” para “ir tirando”. Que es algo basado en sentimientos, verdaderos o falsos, y que, por ello, han estado prestos a resucitar.

Cuando el 13 de mayo de 1932 se está discutiendo en las Cortes de la Segunda República el Estatuto catalán, la voz profunda de Ortega, en una brillantísima alocución, lanza una idea harto repetida luego, pero bien poco puesta en práctica. El problema catalán “no se puede resolver, sólo se puede conllevar, por el respeto que hay que tener a las dos partes en litigio”. Y añade: “No comprendo que nadie, en sus cabales, logre creer que un problema de tal condición pueda ser resuelto de una vez para siempre. (…) Pretenderlo sería hacerlo más insoluble”. Y otro gran padre de la Constitución, Manuel Azaña, que había sido la pieza fundamental para la redacción del Estatuto, poco después, al meditar sobre la andadura republicana, llegará a definir el tema catalán como una manifestación “aguda, muy dolorosa, de una enfermedad del pueblo español” y sin solución, sea cual fuere el régimen político que el país tuviera.

Aquí y ahora, estos párrafos bien podrían servir como puntos de meditación ante “las prisas” que parece que solamente llevan a lo peor de lo peor.

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