Jueves 18 de octubre de 2012
Los candidatos a la presidencia norteamericana, enfrascados en la lucha verbal y gestual del primer debate, se han amenazado con España. Como si España fuera una cachiporra, o mejor dicho, un proyectil arrojadizo, Romney le espetó a Obama que los EEUU de América (nación ahorradora donde las haya) iban por el mismo camino con su alto gasto estatal que España. Más de un 40% por ciento de lo recaudado se va financiar gobiernos. Poco después, uno de los capitostes de Moody’s (esa agencia de calificación de países con nombre de marca de embarcaciones de recreo o puticlub, según le dé a Google), se apresuró a declarar en respuesta a un ministro español, que España no se parecía a Uganda, sino a Enron, a la insalvable Enron. El capitoste elaboraba: España está más allá del rescate; este puede funcionar a corto plazo, pero no a medio o largo. La razón principal es que España es un país a lo Ponzi (el maestro del inefable Madoff), y que su crecimiento sostenido se basaba en una variante del timo piramidal, ese timo que, según todos los indicios, practican tan bien las constructoras y las entidades financieras. En definitiva, España da miedo.
¿Da miedo España? Sí, mucho, y no solo por su equipo de fútbol o de tenis en la Copa Davis. España da miedo por el número de parados, da miedo por las cifras de su deuda, da miedo por el número de estudiantes que abandonan los estudios, da miedo por el número de jóvenes que ni estudian ni trabajan, da miedo por la cantidad de gente prejubilada que disfruta de sueldos completos sin hacer nada, da miedo por los colectivos con privilegios de lo más variado, da miedo porque los precios no descienden (a pesar de la crisis de la construcción las viviendas no bajan lo que debieran (fenómeno paranormal)), da miedo porque los sueldos sí que bajan, da miedo porque los recortes se ceban en los enfermos (sanidad), los niños y jóvenes (guarderías y educación) y tercera edad (todos ellos los más débiles), da miedo porque los escándalos de corrupción política y financiera se repiten sin que ni siquiera se determinen responsables (no digamos que paguen por sus actos), da miedo porque nuestros presidentes siguen sin saber inglés en una España europea, da miedo porque el paisaje se sigue desertizando, roturando, pavimentando, cementando, iluminando, urbanizando, da miedo porque los veranos se llenan de botellones y los inviernos de fútbol en una suerte de embrutecimiento ritual, da miedo porque los independentismos arrecian como una forma de cainismo desesperado, da miedo porque las depuradoras se crean, se construyen, pero no funcionan (como las leyes, como los juzgados), da miedo porque los políticos cada vez son un mandarinato más alejado de la sociedad… Da mucho miedo. Pero, ¿a quién?
De entrada, a los extranjeros, a los guiris. En muy poco tiempo, diez años más o menos, España ha vuelto a abrazar los tópicos más aguerridos de su historia: país bárbaro, contradictorio, incomprensible, arrogante, inflexible, opaco, diferente. Bastó una crisis financiera en los EEUU para que las fichas hayan ido cayendo como dominós: cajas de ahorro, bancos, banco central, comunidades autónomas… Los españoles se manifiestan y las fotos de los enfrentamientos con la policía llenan las portadas de los periódicos mundiales; también las fotos de indigentes urbanos rebuscando en los cubos de basura. Mientras tanto, los periódicos nacionales se llenan de fotos de nuestro presidente fumándose un puro por las calles de Nueva York en comitiva de trajes oscuros y gafas negras, como si acabaran de salir de una corrida de toros de Pontevedra con amigos de la peña. Y los escándalos se suceden con nombres y filiaciones variopintas: Valencia, Mallorca, Bankia, Urdangarín, Pokemon…
Se puede pensar que España vuelve a sus orígenes: que de la misma forma que la sola mención de los tercios aterraba en Europa, igual que a los niños de los Páises Bajos se les nombraba el Duque de Alba como “coco” mayor, como hombre del saco más terrible, ahora los políticos internacionales se arrojan unos a otros la deuda española como “coco” político en sus debates. Se puede también suponer que los mismos presidentes de las naciones occidentales –Merkel, Hollande, Cameron, Obama, etc-- no se van a dormir en estos tiempos sin antes oír: “Y ya sabes, pórtate bien y no gastes demasiado dinero público, que si no vendrá la deuda española y te comerá”. ¡Qué miedo da España a los extranjeros! De repente, nos vuelven a mirar como cuando Jorgito Borrow se vino a vendernos Biblias en el XIX, o cuando Washington Irving se acercó a vivir a las ruinas de la Alhambra, o cuando Brenan, ya en el XX, se metió en nuestro laberinto. España, tierra sin ley, propia para aventureros del espíritu y del cuerpo, espacio de esencias primitivas en el que es posible ser empitonado por un morlaco, abofeteado por un vino áspero, aporreado por un jamón revenido o intimidado por un “picoleto” de grandes patillas (y no se sabe si pistola reglamentaria o faca de Albacete, eso queda a imaginación del amedrentado guiri).
Soy de los que piensan que este miedo repentino del extranjero es excesivo. Tras haber vivido fuera mucho tiempo, sé que los indigentes que rebuscan en las basuras existen en las grandes ciudades de los países más ricos, que las manifestaciones, cuando son de protesta contra el gobierno, suelen implicar cierta violencia, que en España sigue habiendo cosas buenas a pesar del momento oscuro. Soy de los que quieren pensar que gozamos en nuestras vidas de muy buenas cosas: la limpieza de las ciudades, los sistemas de transporte público, una sanidad muy aceptable, una educación mucho mejor de lo que los ministros (y los que piensan que el pasado siempre fue mejor) denigran con sus críticas, una juventud en general mejorada, más internacional, más abierta… Pero confieso que también tengo momentos de debilidad en los que Baroja y Pla vienen volando hasta mis oídos, como diablillos con boina a decirme que somos irreductibles, que no hay esperanza. Y cuando leo las noticias nacionales; los escándalos financieros y políticos. Cuando veo el tratamiento de todo ello por la justicia. Cuando pienso en el tremendo gasto público puramente político que no se recorta en tanto se ataca la enseñanza y la sanidad. Cuando me pregunto si la Transición no cumplió su función, dio de sí lo que dio, pero se acabó, llegó a su fin. Entonces, ocurre lo peor. Que España da miedo. Sin ser guiri.
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