Opinión

El salto

José María Herrera | Sábado 20 de octubre de 2012
Creo que fue Suarez en sus Disputaciones Metafísicas, obra cuya lectura recomiendo a los aficionados a las experiencias extremas, quien se preguntó si una quimera que bordoneara el espacio infinito se comería o no a las segundas intenciones. La gente de hoy oye la pregunta con estupefacción, pero cuando se les explica que las quimeras son criaturas fantásticas que vomitan llamas por cada una de sus tres cabezas y las segundas intenciones entes de razón, o sea, ideas, recobran el aliento. Obviamente, esto no significa que modifiquen su opinión sobre el filósofo que la enunció. Suarez, sin embargo, no estaba tan loco como parece. En realidad, no creía en la existencia material de las quimeras y tampoco de las segundas intenciones. Se trata de una forma de hablar. En lo que sí creía, en cambio, era en el espacio infinito. A finales del siglo XVI, el Universo se concebía como algo cerrado, perfecto, separado de ese espacio extra mundano donde quizá vaguen quimeras devoradoras de ideas. La posibilidad de que el Universo estuviera creándose a sí mismo y creando al mismo tiempo el ámbito que ocupa no se le había ocurrido a nadie. Hoy sabemos, sin embargo, que posee una notable elasticidad. Su historia constituye a otra escala un proceso similar al de los seres vivos, con la diferencia de que estos vienen de un ser previo y él carece tanto de antepasados como de descendientes. El Universo lo abarca todo, incluido aquello que trata de escapar de él, pues si tal cosa ocurriera aumentaría en idéntica proporción. La expresión “situarse al borde del espacio” que usaban nuestros antepasados es hoy un contrasentido. Lo más próximo a esto, hablando en sentido metafórico, es lo que vimos el fin de semana cuando Felix Baumgarnet ascendió treinta y ocho mil metros de altura para, desde allí, dar el salto más grande que se conoce, una hazaña que metió en sus casas a millones de personas asustadas por la posibilidad de que en la calle algo sumamente veloz se les echara encima.

La ciencia siempre ha sido aficionada a arrojar cosas desde las alturas. Acuérdense de la Torre de Pisa y de Galileo. Dudo sin embargo que ese haya sido el objetivo de Baumgartner, un hombre que lleva años lanzándose desde lugares muy elevados. Lo suyo son los records y el éxito mediático. Escogiendo una altura improcedente ha logrado ambas cosas. Esto no es fácil porque el número de chiflados que aspiran a su minuto de gloria ha crecido sobremanera. En el preciso instante en que escribo esto se ha sabido que un tipo acaba de correr una maratón en chanclas. Gestas como estas revelan de qué poco sirve la evolución. Baumgartner ha tenido al menos la astucia de justificar su proeza alegando que el experimento podía reportar algún beneficio a la ciencia. Yo lo dudo. Salvo las compañías aéreas de bajo coste, nadie sabe qué partido puede extraerse de él. Otra cosa es que haya sido un increíble negocio. Los publicistas tienen aquí un ejemplo de por dónde ir en los próximos tiempos. El secreto no es hacer esto o aquello, sino hacer que la gente espere con impaciencia que suceda esto o aquello. La empresa patrocinadora del paracaidista austríaco ha logrado de hecho estar en boca de todo el mundo un montón de días. Y lo que queda.

Yo no quiero quitarle mérito a la hazaña. Reconozco que debe ser muy difícil arrojarse desde semejante altura y caer, además, en el sitio previsto. Lanzarse desde treinta y tantos mil metros de altura no es como ser vasco o catalán. Entonces uno tiene la certeza de haber caído en el lado bueno. Aquí caben otras posibilidades. Igual que se cae en la Tierra, uno puede ir a parar al Océano como Ícaro sin dejar ninguna huella. Es un decir porque a este lo recordamos y, en cambio, hemos olvidado a Ibn Firnas, el primer hombre de carne y hueso que planeó tras lanzarse desde una altura considerable con unas alas construidas por él. Firnas nació en Ronda, entonces situada en Al-Ándalus, y vivió en el siglo IX. Su aventura es una leyenda en el mundo musulmán. Aquí, la vieja y ex cristiana España, no se sabe mucho de él porque no era futbolista y tenemos graves dificultades con el asunto de la nacionalidad. A mí no me extraña porque es un orden donde reina la confusión. ¿Quién sabe, por ejemplo, si Baumgartner habría adquirido el derecho a participar en el referéndum catalán de haber caído en Cornellá?