Opinión

España desde la izquierda

Juan José Laborda | Martes 23 de octubre de 2012
Este texto es parte de otro que publiqué en mayo de 2002 (CLAVES, nº122):

“La tarea que se avizoraba necesaria cuando Habermas incitaba hace diez años a desarrollar una teoría patriótica -“entre cuyos valores centrales incluya la libertad”- no debería ser abandonada desde la izquierda política por el hecho de que la derecha política la haya adoptado. Aunque es verdad que la derecha procura hacer imposible la colaboración de los socialistas en esa y otras tareas, esto no justifica que la izquierda incurra en el error de pensar que no pierde nada si no llega a cuajar, como en otras democracias occidentales, una noción compartida de patriotismo. Lo que los historiadores están descubriendo es que un consenso duradero acerca de una idea de España, que incorporase valores liberales, no sólo fue imposible, sino que esa anomalía tiene que ver con los demasiado frecuentes fracasos de los proyectos de izquierda en España.

Para esa tarea de formular un moderno patriotismo eran muy convenientes las sugerencias de Jürgen Habermas. La idea de que la Constitución refunda la nación sobre una base de valores cívicos, por otra parte un axioma revolucionario desde Sièyes, aportaba densidad teórica a la opinión de la izquierda española acerca de que el acto constituyente había logrado la ruptura con el régimen surgido de la guerra civil, y también a su convencimiento de que la Constitución era tanto un pacto como un programa a desarrollar.

Habermas ayudaba a imaginar cómo fundar un patriotismo basado en valores comunes. Patriotismo que no debería ser un programa de partido, sino un corpus de ideas y sentimientos, éticos y políticos, compatible con concepciones ideológicas de derecha o de izquierda. Por expresarlo como un aforismo: si unos habían ido de la Constitución a la bandera, los otros podían ir de la bandera a la Constitución. Y esa necesaria convergencia supone también, entre nosotros, limpiar el exceso de historia que recubría una idea de España. Ciertamente, a diferencia de los alemanes, a nosotros no se nos puede aplicar el aserto del propio Habermas: “el único patriotismo que no nos aliena de Occidente es el constitucional.” Nuestra peor historia, la que desemboca en una guerra civil, desde luego se sitúa en un plano moral distinto del que le corresponde al holocausto. Podemos reencontrarnos con nuestra historia sin complejos, sin remordimientos, pero sabiendo también distinguir de dónde venimos. De lo que podemos sentirnos orgullosos, más que de nuestra historia toda ella, es del hecho de que en 1978 logramos algo que se nos escapó en otros momentos cruciales: consolidar un cambio político basado en la libertad.

La Constitución de 1978 anuda un acuerdo entre dos tradiciones. La primera, laica, republicana y racionalista. La otra, confesional, monárquica e historicista. Igualmente legítimas ambas. Aproximadamente, se corresponden con los dos grandes espacios políticos, a derecha e izquierda. Pero no es una correspondencia exacta. Hay laicos conservadores, como hay historicistas en la izquierda. Y en una y otra tradición existían, y existen, partidarios de la máxima descentralización, y de lo contrario.

Lo que aún no se sabe bien es si la izquierda querrá hacer ese esfuerzo. En sus prioridades defendiendo la Justicia y propugnando la validez del Estado del Bienestar, aparentemente, las preocupaciones patrióticas quedan algo apartadas. Pero sin un sentimiento compartido de asociación y de pertenencia a una “patria común”, un programa político socialdemócrata no tendrá facilidades para llegar a recibir apoyos mayoritarios. Sin sentimientos compartidos, la solidaridad (expresada en obligaciones fiscales o con las pensiones públicas), será menos movilizadora que otras apelaciones basadas en el egoísmo individual.

Sin un programa que galvanice la solidaridad de una patria de ciudadanos, y que proponga metas, sacrificios y esperanzas compartidas, el socialismo democrático tendrá estrechos cimientos sobre los que construir una apetecible casa para la mayoría. Una identificación clara con metas comunes ha de servir para dotar de coherencia a un programa socialdemócrata, en un momento en el que las ofertas programáticas influyen menos en la decantación electoral que factores emocionales. Como escribió Dominique Schnapper en 2001: “Ya subrayó Max Weber que el prestigio nacional era el único valor para quienes se encontraban en una posición inferior en términos de mercado, estatus o poder.”
A juzgar por el comportamiento electoral de los ciudadanos de los distritos tradicionales del movimiento obrero, estos parecen apreciar aquellos proyectos que contemplan el tipo de solidaridades que son posibles dentro de los estados nacionales europeos. La historia familiar de los trabajadores españoles está dibujada por la emigración, del campo a la ciudad, al menos, y frecuentemente, recorriendo mayores distancias físicas y culturales. Si un grupo humano puede entender bien lo que significa un patriotismo de lealtades múltiples ese es el de los trabajadores a los que el socialismo aspira a seguir representando.”

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