Opinión

Tragedia

Alicia Huerta | Miércoles 24 de octubre de 2012
La tragedia parece aún más tragedia cuando después se escucha confesar al entorno cercano de la víctima que la misma ya se esperaba. Que se barruntaba desde hacía mucho tiempo. Y luego, la tragedia se viste con fúnebre túnica griega cuando, además, tiene lugar en una pequeña localidad, donde todos se conocen y hasta conviven con rencillas cultivadas en los mismos campos en los que crece el maíz. Escuchar a la madre de la niña asesinada en la pequeña localidad de El Salobral increpar a las puertas de la comandancia de la Guardia Civil que nunca le hicieron caso cuando acudió a denunciar las relaciones de su hija con otro vecino del pueblo, casi 30 años mayor que ella, como poco consigue que se nos hiele la sangre. En la repetida imagen se ve cómo, mientras intentan tranquilizarla, le aseguran que no se podía hacer nada porque la niña ya tenía 13 años, es decir, la edad legal en España para mantener relaciones sexuales. Pero entonces la madre protesta fuera de sí: “Ya lo denuncié también cuando tenía 12”.

Eran 11, en realidad, los años que tenía Almudena cuando, al parecer, empezó a salir con Juan Carlos Alfaro, un mecánico actualmente en paro y a punto de cumplir los 40. Desde el principio, la familia de la chica se opuso a tan desigual relación aunque Almudena siguió escapándose de casa para encontrarse con el hombre que ¿amaba? Ambas familias acabaron enfrentadas, lanzándose acusaciones y cociendo a fuego lento el monumental drama que ahora algunos vecinos afirman que se esperaba. ¿De verdad no podía hacerse nada para intentar evitarlo? Normalmente, por desgracia, lo que se hace es echar más leña al fuego. Hasta que la sinrazón prende con una inmensa llamarada y la muerte pone punto final a cualquier chispazo de sentido común. Afortunadamente, hoy en día ya nadie cree en las tragedias por amor. Simplemente, porque el amor poco tiene que ver en las tragedias de la categoría “la maté porque era mía”. ¿Amor? Ni hablar. Es obcecación, frustrado deseo, inclinación por lo vetado. Y al final, es tragedia. Vidas cruzadas que lo más probable es que se hubieran separado a causa de los vaivenes del tiempo y, sobre todo, por la diferencia de generación, pero que se han malogrado para siempre.

Y ahora, en la pedanía albaceteña en la que han ocurrido los hechos, los ánimos están, si cabe, aún más enfrentados. Mientras se enterraba a Almudena, Juan Carlos permanecía atrincherado en una finca familiar y sólo salía de allí con los pies por delante. Un tiro descerrajado en la cabeza. Otra familia destrozada. La tercera, porque en su brutal recorrido del sábado, después de asesinar a quien aseguraba amar, Juan Carlos, de paso, se había llevado por delante la vida de un vecino que acababa de salir a la puerta de su casa a fumarse en paz un cigarrillo. Paz infinita, asesinato aún más inútil y esperpéntico. “Al menos esta noche podremos dormir tranquilos”, decía a las cámaras un vecino después de que desde el sábado la mayoría optaran por seguir los consejos de la policía de quedarse encerrados en casa por si a “El Fraguel” – que así conocían en el pueblo a Juan Carlos – le daba por salir de su escondite y volver a hacer uso de sus armas. “La familia de la chica tiene la culpa”, aseguran los del bando contrario, “La madre, que está loca”. añaden. Ahora seguro que sí lo está: loca de dolor.

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